El horror de los animales. Por Juan Calamares

El animal pierde, siempre pierde. Perdió en la gran batalla por la superviviencia que dio como resultado la civilización y entregó su dolor, su sacrificio y su descendencia para beneficio de una especie que nunca le dio una palabra de reconocimiento. Perdió desde el principio, cuando el hombre recibió la palabra de un Dios que firmaba su sentencia de muerte. Desde aquel día el animal perdió su atributo espiritual y se convirtió en un bien a destripar. En aquel contrato el animal entregó su carne y toda su progenie en beneficio de una especie sádica que se valió de su inocencia para crecer.
El animal ha sido masacrado para alimentar a los miles de millones de seres humanos que han diezmado el planeta. Lo ha sostenido en abundancia y en catástrofe pero nunca se benefició de la economía que sostuvo con su carne. El animal ha sido un bien y su extinción solo se lamenta en tanto es un bien menos para la humanidad. Hoy en día, cuando el hombre inventa métodos que alargan su vida, tortura y masacra millones de animales en mataderos que son el epítome del horror y el sadismo. El animal pierde, siempre pierde y hoy en día también. Lo hace incluso en la catástrofe y en el fuego. Es el más afectado porque es el más pobre, el más desamparado.
Una manera de evitar la tragedia de los animales sería reconocerles una vida independiente de la humana, una existencia que no es meramente utilitaria como la historia nos hace creer. Así pues, sería importante cuidarse a la hora de contabilizar las cabezas de ganado perdidas durante los incendios. Sería importante no lamentarse de las enormes pérdidas que estas cabezas significan en la ganadería nacional, si no reconocer las pérdidas de vidas de seres muy próximos a nosotros, con emociones, sangre, ojos y piel. Es muy triste ver como el fuego se alimenta de las casas de la gente, es triste ver como aniquila sus vidas, pero también es triste ver la desaparición de individuos animales, no "especies animales" cuya función es embellecer el bosque o sostener una cadena ecológica sin la cual no podríamos sobrevivir.
Es molesto escuchar en boca de agnósticos aquella visión salvífica del hombre como un ser de carácter divino. Si aceptamos aquella superstición también deberíamos reconocérsela a los animales. No hay mucha diferencia entre ellos y nosotros. Nosotros hacemos casas pero ellos fabrican madrigueras. Nosotros fabricamos edificios pero ellos construyeron represas mucho antes que aprendiéramos a caminar en dos pies. Nos jactamos de amar nuestros hijos pero, ¿acaso las vacas no llama a gritos a los terneros que les arrebatan en las granjas ganaderas? Sería bueno que reconociéramos que atributos como el amor, la generosidad, son muy parecidos al instinto de los animales y quizás solo sean eso. No somos especiales.
Ante todo el horror sufrido da gusto ver que las personas se organizan en ayuda de los animales. Da gusto ver que bomberos arriesguen su vida para salvar a seres que en un pasado muy cercano se juzgaban insignificantes. Da gusto ver aquellos pequeños cambios, cambios que esperemos transformen la consciencia de los niños en cuyas manos está la salvación. Pero yo soy pesimista y espero equivocarme al decir que una vez extinguidas a las llamas los animales volverán a ser víctimas invisibles.
Hoy los animales sufren por las llamas, se extinguen, se retuercen ante la crueldad de la naturaleza o las manos malintencionadas. Pero su horror es doble, pues vienen de una vida de atropellos. Son una estadística más y no hay organización gubernamental que los incluya en las listas de pérdidas vitales que cada tanto manchan las páginas de la historia. Han vivido una existencia sangrienta y esperemos que, una vez acabado el horror, sean, de una vez por todas, objeto de respeto. Se los debemos luego de siglos de masacrarlos y vestirnos con sus pieles. Se los debemos luego de confinarlos en prisiones donde son triturados vivos y donde mansamente se resignan ante la muerte. El horror de los animales no solo es el horror del fuego. Su horror es ancestral y su clamor debe ser satisfecho.