FERNANDO VALLEJO Y LA CAUSA DE LOS ANIMALES. Por Juan Calamares

Fernando Vallejo llama a la Iglesia católica La Puta de Babilonia, tal como la bautizaron los cátaros exterminados por Roma en el siglo XIII. Así se llama uno de sus libros más célebres, donde "viene a ajustar cuentas con la iglesia". La acusa de consentir y perpetuar el asesinato de millones de animales y seres humanos. Ha dicho que en toda la Biblia, incluido el Nuevo testamento no hay una sola mención al sufrimiento de los animales, ninguna muestra de compasión y que Jesús no se enteraba de nada. A San Francisco lo define como un invento, un fanático, un histérico como todos los "mal llamados santos", que no merece el título de Patrono de los animales. No hay medias tintas en las palabras de Vallejo para definir el dolor de los animales, su explotación y su martirio. Si se le consulta sobre la felicidad responde que lo es medianamente pero que las imágenes de ballenas destripadas le causan un profundo dolor; también el dolor de los perros asesinados en las perreras, el dolor de las vacas acuchilladas, el dolor de los pollos condenados a vivir sin ver la luz, con el pico cortado, el dolor de los gatos, de los animales inocentes que pasan frío en las calles; el dolor de los seres que considera su próximo, los animales, con quienes compartimos un sistema nervioso capaz de sentir dolor, ojos y hemoglobina en la sangre. “Los humanos que se jodan, a mí los que me duelen son los animales”, afirma. Vallejo se desangra en sus palabras, acusa y conoce a fondo aquello que critica. El hombre, dice, debiera evolucionar a Homo miséricors, hombre misericordioso. Pero para Vallejo el humano es malo por esencia, ricos y pobres, sobre todo los gobernantes y los detentores de la moral de las tres religiones semíticas que han infundido el miedo y la muerte. "No son religiones", acusa, "son fanatismos". Para Vallejo, sólo el jainismo, que renunció a matar animales, 500 años antes AC, podría merecer aquella calificación. La venda moral que a Vallejo le impuso la iglesia, al autorizarlo a comer carne, se la quitó hace años. Ya no come carne, todo aquel que no coma carne pasa a ser de alguna manera uno de los suyos, pues "el hombre debería comer hierbas". Vallejo es consecuente, en cada ocasión que se le presenta se refiere al maltrato animal y ha donado miles de dólares de premios literarios y derechos de autor a organizaciones de protección animal. Por cierto, ha sido criticado. En una entrevista en El espectador se le consultó si no le parecía demasiado dinero para los perros, habiendo tanta gente necesitada; a lo que Vallejo respondió: "Esa es una cretinada. ¿Usted cuántos niños ha recogido y cuánto de su sueldo les da a los pobres?". Es una buena respuesta y, como bien se sabe, la solidaridad no es excluyente y el que ayuda a un animal indefenso, "el más pobre de los pobres", como afirma Vallejo, seguro ayudará a un niño indefenso. Vallejo no sólo recibe críticas por su apoyo a a la causa animal, también lo recibe por haberse expatriado voluntariamente de su país y por sus acusaciones a diestra y siniestra contra las Farc, los políticos del partido que sean, la oligarquía, Juan Pablo II, Ratzinguer, Francisco, y todos los papas del pasado. Es acusado de maricón, de polémico y hasta de pederasta, y se le exigen propuestas de solución a sus criticas. Pero su labor es señalar la maldad y defender su causa, la más importante para este brillante escritor, la causa que está por encima de cualquier otra, política o social, la causa de los animales.