Animales asesinados en nombre del arte . Por Juan Calamares

En el año 2007 el artista costarricense Guillermo Vargas, expuso una obra muy controvertida que consistió en amarrar a un perro callejero enfermo y desnutrido junto a un plato de comida que no podía alcanzar. La obra llevaba por título "Eres lo que lees", y según el Vargas era un homenaje a una mujer muerta por perros rotweiller. El caso es que (según trascendió) al perro, hambriento y famélico, se lo dejó morir de hambre bajo la indiferente mirada de los espectadores a la exposición y los organizadores de la muestra. Vargas explicó que su performances, además de homenajear a la ya citada mujer, buscaba reflejar la hipocresía de una sociedad que deja a sus semejantes morir de hambre. Pero para el perro aquello no fue ningún consuelo. Casos como este hay por montones. Asesinatos de vacas y cerdos a martillazos en galerías de arte, artistas desnudos bañados en la sangre de animales recién masacrados, público enfervorecido regodeándose con las tripas de animales destrozados y pollitos vivos arrojados desde el escenario para que los espectadores los descuartizaran. Desde la segunda mitad del sigo 20 ese tipo de crueldad ha sido habitual y aunque hoy en día esté más en desuso, cada cierto tiempo vemos como museos, galerías o incluso, edificios estatales dan cabida a este tipo de manifestaciones. Todo esto se puede entender como el summun de la deriva del arte que comenzó a principio del siglo 20 con las vanguardias, donde muchos aspirantes a artistas apoyaron sus obras sin sentido estético en obtusos manifiestos que los hacían pasar por pensadores. A Guillermo Vargas, El teatro pánico o los Accionistas vieneses se suma a una larga lista de ignominiosos realizadores que buscaron el escándalo fácil y a sublimación de su ego narcisista. Artistas apoyados por una industria comercial que validó sus atrocidades basándose en la "libertad del arte" y de espectadores que, en defensa de estos actos barbáricos, relativizaron el arte robándole todo su significado primigenio. Hoy en día, cuando se prohíbe algún acto de este tipo, se lo atribuye una censura que protege la sensibilidad de los animalistas. Pero es falso, los animalistas no defienden su sensibilidad, sino la vida de unos animales que no merecen ser salvajemente asesinados para el disfrute de un grupo de snobs. El arte debe ser duro, combativo, ir a la contra, al artista debiera exijírsele renegar del compromiso político y desconfiar de todo lo que implique casarse con un sistema de valores caduco. Pero muchos artistas, a lo largo del tiempo, han malentendido esta idea de libertad llevándola a la destrucción por la destrucción, la destrucción de los seres vivos, incluso. Poner un pez en una licuadora para que el espectador, con una mano en la barbilla, decida triturarlo o no, no es arte, es despreciable. Y todos los artistas, que con fines crematísticos, han aniquilando en vivo a seres indefensos son despreciables y sus acólitos y marchantes también. Son en gran parte responsables del relativismo imperante que supone que nada merece respeto, que todo es una construcción social, el sufrimiento, el dolor y la vida.