Atreverse a mirar la violencia Juan Calamares

Hoy en día, Internet es una extensión de la actividad social, donde se crean filias y fobias. Es, también, un mundo terriblemente reglamentado donde las palabras deben ser medidas so pena de censura. Resulta paradójico que un medio donde los contenidos son infinitos, sea al mismo tiempo, un espacio represivo donde la corrección política evita el dialogo y muchos testimonios son tildadas de "violentos", el adjetivo más usado de la web. Tu comentario me violenta, tu imagen me violenta, son frases recurrentes que esconden un grado de mediocridad y a veces la forma de defenderse de una falta. Lo anterior sirva de introducción para referirme a los documentales sobre el maltrato animal. Documentales de alta crudeza que circulan por la web y muestran realidades que muchos espectadores consideran incómodas. Tal es el caso de Death On A Factory Farm , documental del año 2009 que denuncia el maltrato de los cerdos en las granjas de rendimiento norteamericanas. El documental es crudo, despiadado, muestra gráficamente el sadismo de los matarifes. A los lechones se los arroja desde un camión a un tarro, uno sobre otro, apilados, a veces rebotan y se fracturan. A las madres enfermas de las deja morir sin asistencia veterinaria y mucho menos con dignidad; son insultadas, vejadas, pateadas, se las escupe y por diversión son ahorcadas con una cadena desde una grúa. Es un trato salvaje recogido por una cámara oculta que demuestra un sadismo que no tiene nada que envidiar al de un asesino serial. Esta gente realiza un trabajo que consiste en matar y lo hace alegremente, todos los días y sin ninguna duda moral. Death On A Factory Farm tampoco deja de lado la podredumbre de la industria ganadera. Una industria perversa, que no se condice con la existencia humana ni animal, una industria que explota, asesina y convierte la vida en moneda de cambio por un máximo rendimiento industrial. . El documental es crudo, directo, de una gran tristeza. Un testimonio del dolor y la injusticia, con mayúsculas. Y uno podría preguntarse ¿para qué exhibir tanto dolor, por qué no mesurarlo? ¿Es justo violentar nuestra mirada apacible, nuestra comodidad sin sobresaltos? Pues sí, porque documentales como Death On A Factory Farm no se recrean en el morbo, denuncian iniquidades que en otros casos seguirían en la sombra y cuando tocan la fibra del espectador representan un cambio, un despertar de la consciencia, como fue mi caso. Yo quería a los animales, los quería mucho, pero sólo tras ver Death On A Factory Farm, hace casi diez años, es que no volví a comer cerdo o vacuno, pues supe que tras cada bocado se escondía un inmenso dolor, un tormento sobre seres inocentes que merecían una vida plena. Esto vale para todo tipo de denuncias, para el atropello a los niños, los ancianos, para quien sea que sufra un acto de violencia. Muchas veces conviene salir de nuestro espacio de confort para entender el dolor ajeno en toda su dimensión y dejarse arrastrar por la crudeza de las imágenes para comprenderlo a cabalidad. Puede que sea un gatillo emocional para muchas mentes dormidas que rabean al sentir sus ojos son violentados. No siempre hay que darle al botón de denuncia. Hay mucha violencia allá afuera. A veces conviene mirarla.