La consciencia de la muerte de los animales. La gata de Colette

Entendemos la conciencia como la capacidad de reconocer la propia existencia, como un rasgo propio del ser humano, otorgado mediante un largo proceso evolutivo de aciertos y errores y con unas características relacionadas con nuestro cortex cerebral, el más grande en proporción del reino animal. Según esto, los animales funcionarían en base a un instinto primario que los conmina a sobrevivir. No serían más que una especie de autómatas incapaces de expresar y percibir emociones, a los que la filosofía otorga como mucho una consciencia de especie. Este prevalecer del humano frente a los animales, fue un hecho hasta el año 2012, cuando se redactó el Manifiesto de Cambridge, firmado por cientos de neorocientíficos que confirmaron que todos los mamíferos, algunos pájaros y los pulpos tienes las capacidades neuronales que propician la consciencia. Consciencia que permite las emociones, los sentimientos, el comportamiento ético y en el caso de ciertos animales, la capacidad de reconocerse en un espejo; confirmación de un grado de consciencia mayor que el humano desarrolla sólo después de la primera infancia. Esta comprobación empírica que no viene dada por prejuicios filosóficos, religiosos o jurídicos tira por tierra toda una historia de menosprecio hacia el reino animal y confirma lo que muchos ya sabíamos: Que los animales sienten, razonan y manifiestan un comportamiento ético, según sus grado de comprensión del mundo. Los que compartimos con animales estábamos avisados y la ciencia sólo vino a reafirmar que aquellas características eran dadas por la naturaleza y aquellas virtudes que creíamos tan refinadas, tan propias no son más que un vehículo para la existencia que la evolución legó a todos los seres vivos. Luego de este cable a tierra que nos arroja la ciencia queda hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué nos hace diferentes como especie, qué nos hace únicos? La respuesta sería la consciencia de la muerte, el hecho irrefutable de saber que algún día moriremos, aquel quiebre metafísico que trastorna nuestras ansias de trascender esta corta vida, aquel fin en el camino que nos puso nuestro espíritu para saber que no iremos más lejos. Pero, ¿acaso los animales no son conscientes de la idea de la muerte? ¿Acaso no sabemos de animales que recurren al suicidio, en casos extremos de desesperación para acabar con aquel sufrimiento que les resulta insoportable? ¿Acaso la consciencia de la muerte no será parte de aquel instinto de conservación dado a los seres vivos, una idea parecida al dolor cuyo fin es evitar la propia destrucción? Es bastante probable y es seguro que la ciencia nos dará muchas sorpresas en este sentido y nos pondrá en nuestro sitio. En un lugar de igualdad absoluta donde tendremos que revaluar nuestros logros. Finamente, todos estas disquisiciones son vanas dada nuestra imposibilidad de dialogar con un animal. Todas estas cuestiones filosóficas se aclararán el día en que podamos hablar de tú a tu con un ser de otra especie y preguntarle si sabe que existe algo como la muerte. Es bien posible que lo sepa. El tema se resolvería fácilmente. Mientras tanto, sólo queda ser humildes.