El rodeo no es una fiesta nacional Por Juan Calamares

Decir que el rodeo es una fiesta que hunde sus raíces en lo profundo de la actividad campesina a lo largo de todo Chile, es falso. Si nos remontamos a la colonia encontraremos la actividad de rodear al ganado, labor puramente práctica cuya función es que el ganado no se pierda. En este contexto histórico el huaso, que es un mestizo sin posesiones ni derechos, "rodea" un ganado que no es suyo. Es del patrón, del terrateniente que siglos más tarde evocará esta actividad como germen y justificación de aquella "fiesta de la chilenidad. El rodeo, como celebración organizada, lejos de ser una herencia ancestral, es una creación reciente con fines políticos, institucionalizada por la oligarquía, que en el marco de la reforma agraria, busca identificarse con el campesinado para crear una idea de identidad nacional. Es en esta coyuntura cuando el patrón decide vestirse de huaso y tirar de su influencia comunicacional para que esta nueva tradición conforme parte del ideario nacional, en circunstancias que las fiestas tradicionales nunca han sido patrocinadas por los organismos oficiales. Valga decir que el rodeo ha sido promovido por todos los gobiernos, a partir de los años sesenta, o incluso antes, si consideramos que Carlos Ibañez del campo lo dejó bajo la tulela del Ejército de Chile. Muchos de estos argumentos se pueden escuchar por boca de Salazar y Villalobos, historiadores con ideas bien diferentes, pero que coinciden en lo medular, que es la vaguedad de las fuentes históricas en relación a lo que hoy en día entendemos como rodeo. Una actividad, por otro lado, bastante mediocre, si la comparamos con el rodeo norteamericano, argentino o incluso, si ya estamos, con la tauromaquia, en donde el torero pone en riesgo su vida desafiando a un animal que lo triplica en tamaño. El huaso chileno, el patrón generalmente, se enfrenta, sin embargo, a un animal en desarrollo, montado en un caballo entrenado para tales fines y es muy difícil que llegue a lesionarse. Los defensores del rodeo aducen unas normas bien estrictas en las que el maltrato al novillo es tomado como una infracción. Esta actitud de fair play , que a su juicio equipara el rodeo con cualquier deporte tradicional, desconoce el hecho fundamental de que el novillo no quiere competir en un partido donde el único perdedor será él. Un "deporte" donde el novillo será atrincado, golpeado y puesto en forma para diversión de unos pocos aficionados. Y es que hoy por hoy el rodeo es una actividad bastante marginal, acotada a la zona central , que sin embargo, recibe importantes aportes estalatales. Aportes que lo convierten en un genuino negocio, aunque su popularidad vaya a la baja, pese a lo que digan las cifras de la Federación nacional de rodeo, curiosamente la misma entidad encargada de presentar los informes sobre lesiones en novillos. El rodeo es una actividad que probablemente se extinguirá en la misma medida que crece la consciencia sobre los derechos de los animales. Se extinguirá como muchas otras tradiciones absurdas, tomando en cuenta, sobre todo, lo difuso de sus orígenes. Se extinguirá sin remedio. Como última reflexión decir que el trato degradante que reciben los novillos en el rodeo es el mismo que reciben durante su vida útil. Los novillos son arreados con picanas eléctricas, se le tuerce la cola, se les patea, golpea y abofetea para subirlos al camión que los llevará al matadero, donde les espera un destino bastante peor que la media luna. Dicho esto, conviene criticar al rodeo. Pero también el consumo de carne.