Alejandra Araya, actriz: «Los animales están siempre para uno»
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Alejandra Araya, actriz: «Los animales están siempre para uno»
Por Marietta Santi

Alejandra Araya es matea, cercana y muy conectada con la realidad.  Ser rostro de televisión no ha cambiado su vida, que comparte con dos grandes amores: sus perros Mia y Bruno.


Todos y todas la recordamos como la malvada Isabel Quiroga, aplaudido personaje antagónico de la teleserie Perdona nuestros pecados. Isabel la llevó a la popularidad y reveló a una mujer sencilla, matea y con los pies bien puestos en la tierra. Ahora, con 31 años, Alejandra Araya forma parte del elenco de Demente, la apuesta nocturna de Mega, y tiene entre manos un bello proyecto de animación 2D para niños llamado Operación Pacífico. A su vida profesional suma el cuidado de Mia Florencia y Bruno Antonio, dos perros de gran tamaño, mestizos, que decidió adoptar responsablemente junto a su pareja.


«La Mia tiene ocho años y viene de Dichato, la escogí porque era la más loca de la camada. Hace dos años quería un hermanito para ella, para que pudiera jugar y liberar energía. Buscamos en las redes y en Puente Alto una familia estaba dando en adopción la camada de su perrita. Vi a Bruno y me encantó, me gustan los perros grandes», cuenta la actriz con entusiasmo.


Mia es mestiza pastor alemán, atigrada y amante de su pelota sonora, y Bruno es un grandote de pelaje casi amarillo que ama socializar con otros perros. Hace un año que Alejandra dejó la casa familiar, pero se cambió a un departamento a 5 minutos de distancia para seguir haciéndose cargo de sus peludos: «Son mis guaguas. Le digo a mi mamá que son sus nietos. No me los puedo traer al departamento porque son enormes y están acostumbrados a tener un patio, correr y ser libres. Pero voy todos los días a verlos, y si un día yo no puedo va mi pololo; siempre estamos ahí, llamando para saber si está todo bien».


¿Qué es lo que has descubierto de la relación con los animales?


Creo que ha sido un proceso de aprendizaje superlindo porque, lo primero, su amor es libre e incondicional, nunca varía, a diferencia del humano. Lo segundo, es la importancia del lazo afectivo, porque uno es su educador, uno le enseña cómo relacionarse, ellos dependen absolutamente de uno en todo sentido. Después es la transcendencia en el tiempo, ya que por más mayor que uno sea, la relación va a seguir estando, trasciende conflicto, lugares, separaciones. Los animales están siempre para uno, se dan cuenta de cuando estás triste, te abrazan. Tienen esa intuición que a veces los humanos, por estar en esta máquina diaria, olvidamos.


¿Tienen roles distintos tú y tu pareja en su relación con Bruno y Mia?


Yo soy como la mamá bruja, que los reta y los educa, y él asume la parte más lúdica. Además, la Mia es mucho más parecida a mí y el Bruno más parecido a mi pololo. Por ejemplo, Mia es mucho más observadora, no se da al tiro, es más guardiana, seria, le encanta el deporte. En cambio, Bruno se da al tiro, ama a todo el mundo, es como fofito, por él estuviera todo el día echado.


Alejandra ha sido cercana a los animales no humanos desde niña, sobre todo a los perros. «La primera perrita fue Daisy, yo era chiquitita, de siete u ocho años, y ella llegó a alegrar a la familia. Después vino Chuleta, que murió de viejito, y después una generación de gatitos», enumera. Y luego cierra: «Mis recuerdos de niña y adolescente están asociados a ellos».


Teatro por siempre


Tenía solo once años cuando Alejandra supo que quería ser actriz. «Cuando era pequeña, hasta como los diez años, iba los fines de semana al Bafochi. Allí supe que el escenario me hacía sentir feliz. A los once tomé mi primer taller de teatro en el colegio y, cuando conocí el escenario actuando, supe que apropiarme de un personaje me hacía sentir plena. Nunca más dejé de tomar talleres, el preuniversitario teatral en el Teatro Camino y después la carrera de teatro…».


En ese camino, ¿dudaste alguna vez?


Solo en tercero medio, como era ratón de laboratorio y me iba bien, los profesores decían que no estudiara teatro porque me iba a perder. Entonces me metí en el electivo científico. Estaba en una clase de química y de repente miro a este grupo y me empezó a dar angustia. ¿Qué estoy haciendo acá?, me pregunté. Me escondí detrás de la cortina, cual película o teleserie, pegada a la ventana, respirando y tratando de calmarme. Y volví al electivo humanista al año siguiente.


En 2007 salió del colegio y postuló a teatro en la Universidad Católica. Quedó en las pruebas especiales, pero por PSU ocupo el cuarto lugar en la lista de espera. Escuchó hablar del Club de Teatro de Fernando González, donde estudió el 2008. Al año siguiente volvió a probar en la UC y quedó, pero igual dio las pruebas en el club de Fernando, donde finalmente estudió.


Matea como es, partió trabajando en segundo año de la carrera en diversas compañías, incluso con el Aleph, en el teatro de Tito Noguera. Ya egresada, se licenció en la Universidad Mayor para tener un título y se ofreció para cualquier labor en el teatro de la Comunidad Ecológica. «Me llamaron para el área de capacitación, en docencia, en producción, mientras yo trabajaba en una corporación de teatro y generaba mis propios proyectos. Muchos fracasaron, por supuesto, pero es una carrera que requiere de resiliencia y de perseverancia».


¿Cómo apareció la televisión?


Quería abrir la puerta al mundo audiovisual en general, empecé a estudiar y a grabar cositas como Lo que callamos las mujeres o Directo al corazón, del matinal de Canal 13. Durante un año y medio le mandé mis cosas a la Moira Miller, que estaba haciendo un taller para actores en TVN. Un día la pillé en el Teatro Camino y le hablé. Fui a su casting y quedé para el taller. Me fue bien, pero nada seguro. A fines de 2016 me llamaron a un casting para Perdona nuestros pecados. Dos semanas después me llaman a otro y quedé en el rol de Isabel.


Fue un papel muy comentado, difícil para una debutante en la televisión, ¿cómo lo viviste?


A Isabel la tengo en un lugar especial del corazón, porque más allá de que haya sido mi primera experiencia televisiva, todo fue un proceso de aprendizaje. Me costó muchísimo aprender lo que significa hacer un personaje en una teleserie con compañeros como Álvaro Rudolphy y Patricia Rivadeneira, que eran mis padres. Además, la cámara es muy delatora, si estás nerviosa se ve, si no estás conectada se ve, pero la verdad es que los colegas y el equipo técnico me ayudaron muchísimo a entender lo que era este mundo. Tuve la suerte de que este proyecto se fue escribiendo a medida que salía en pantalla, entonces, de ser un personaje absolutamente secundario terminó siendo un rol supercomentado.


¿Qué pasó con la exposición? Empezaste a ser conocida, te empezaron a pedir autógrafos, fotos. ¿Cómo lo has vivido?


Es loco, porque el teatro no tiene esa exposición y esa masividad que tiene la tele. Salía a la calle o de repente estaba en la feria y la gente me pedía la foto. Hay que tener una psicología más o menos fortalecida, porque o te vas a negro y te da una depresión gigante o se te sube el ego hasta las nubes.


¿Tienes un cable a tierra que te haya servido en este camino?


Es que soy muy capricornio, supertierra, racional, observadora. También a mis amigos y mi familia les dije: «Si en algún momento ustedes sienten que cambié, por más mínimo que sea, por favor, háganmelo saber». Yo no quiero dejar de ser lo que soy, para mí la tele es igual de importante que una obra de teatro. Por eso sigo viviendo en San Miguel, mi comuna de siempre.