Bartolomé Leal – Entrevista N24
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Bartolomé Leal – Entrevista N24
Por Natalia Vivar
Bartolomé Leal, escritor:

«Kenia es el país de la vida animal salvaje»

Bartolomé Leal (74) es un escritor policial chileno dueño de una prosa rápida y contundente, desplegada en una decena de títulos que reúne novelas y cuentos. Ingeniero por la Universidad de Chile, durante los últimos tres decenios trabajó en organismos internacionales que lo llevaron a varios puntos del mundo como Francia, España, Kenia o Kosovo, experiencia que se refleja en sus libros, como en Linchamiento de negro (1994) donde presenta a su detective privado Tim Tutts (que como todo sabueso literario que se precie, reaparecerá en otras obras), en una trama ambientada en Nairobi, y que describe sin empacho las turbias relaciones entre poder y dinero. En Femicidios a la Carta (2020) nos pone en la piel de un psicópata que poco a poco cae en el vertiginoso mundo delictual, enfrentándose a sus fantasmas y a su creciente conducta patológica. Tampoco le hace el quite a la actualidad, y es así como en su colección de relatos La epopeya de los encapuchados (2020) levanta una hipótesis de qué pudo haber ocurrido para el estallido social del 18O, realizando un cruce entre el mundo de los videojuegos, la cultura narco y el anarquismo. En la actualidad dirige la Editorial Espora, destacándose su naciente colección La Otra Oscuridad, que reunirá a diversos escritores en torno al crimen y al horror.


En la literatura no existen muchos escritores con formación de ingeniero. En su caso, ¿influyó su formación a la hora de crear?

—Soy ingeniero por obligación y escritor por afición. Yo venía leyendo literatura desde mucho antes, en casa y el colegio. Creo que los estudios de ingeniería me inclinaron hacia la ciencia ficción gracias a un profesor, Arturo Aldunate Phillips (ingeniero y Premio Nacional de Literatura), que era fanático del género. Era tema de sus clases, sobre todo tratándose de robótica, cibernética y los misterios del cosmos. Ray Bradbury, Isaac Asimov, Fred Hoyle, Theodore Sturgeon y muchos otros empezaron a serme familiares. ¡Vaya orgías de lectura que me pegué! Aparte de eso, lo ingeniero afloró en el libro de mini relatos El arte de la parábola (2014), donde hago en el prólogo un símil entre la parábola evangélica y la parábola matemática.


Usted afirma que entró a la literatura para transmitir sus experiencias, y vaya que las ha tenido, por ejemplo, en África. ¿Hubo alguna que lo impactara en este continente y que le haya servido como material literario?

—No diría que para transmitir mis experiencias, sino más bien porque no tengo otras cosas que contar. Por eso mi primera novela fue Linchamiento de negro (1994), surgida de una situación que viví en Kenia y que después vi reaparecer en la prensa, en pinturas murales, en mitos. Hablo de la justicia popular. Me asombró y de allí salió esa novela, donde procuro mostrar que incluso aquello tiene una raigambre social y política. Además, Kenia es el país de la vida animal salvaje, no podía salirme de eso, ya que cualquier paseo fuera de Nairobi llevaba a encuentros con jirafas, elefantes, monos, cebras y rinocerontes, cuando no con cocodrilos, serpientes, hienas y buitres. Maravilloso. Bello. De todos modos, para mí lo crucial fue descubrir la vida urbana en África, la formación de la nacionalidad en una sociedad tribal, con múltiples idiomas, religiones y costumbres. ¿Material literario? Todavía me dura después de tantos años. Señalo que años después despaché la problemática chilena con mi novela satírica (no policial) El hombre nuevo (2015).


Como muchos escritores, usted mantiene diarios. ¿Qué registra en ellos?

—Por puro interés en la literatura, fui por años columnista en un periódico boliviano. Una de mis columnas semanales se titulaba «Memorialistas y viajeros», donde iba revisando obras y autores de esos géneros que me encantan como lectura. No quiero parecer pedante, pero por causa de mis estudios (en Francia) y de mi trabajo (en varios países), leo en francés e inglés, de modo que la paso muy bien accediendo a tales subgéneros narrativos. En Chile hay muy pocos cultores. Como sea, mis diarios de vida no tienen nada que ver con literatura y pongo cualquier huevonada, los uso para borronear artículos y relatos, rescatar pesadillas, pegar estampillas y fotos, anotar libros y películas que me interesan, quejarme de mí mismo y de las mujeres, planear, sacar cuentas, inventar entrevistas… ¡Pula mielda! como dice un chino perverso en algún relato mío.


Usted fue un lector temprano de autores policiales, ahora clásicos, como Agatha Christie, S.S. Van Dine o Conan Doyle. ¿Hubo una obra en particular que lo marcó?

—Los que mencionas ya eran clásicos cuando empecé a leerlos en los años cincuenta. No soy tan viejo. Mi madre, tíos y amigos, luego en el colegio con los profes y compañeros, en librerías y bibliotecas, fui descubriendo obras y autores, sin que por ello se me pasara por la mente llegar a ser escritor. No lo soy en realidad, nadie me toma bastante en serio. Todos me gustan y saco algo de ellos. No de los chilenos, lo reconozco. Por acá el género es aún embrionario en cantidad y calidad. Ahora, hablando más en serio, como el azar me condujo a vivir en África, Panamá y Bolivia, a frecuentar el Perú, Ecuador, Haití y México, más temporadas en los Balcanes, Nueva York, París y Ginebra, me interesó una corriente que se suele llamar el «policial etnológico», que busca explorar en los pueblos colonizados y esclavizados, donde se da la difícil convivencia entre el colonizador y el subyugado; y cuyos autores principales son el australiano Arthur Upfield y el estadounidense Tony Hillerman. También están Chester Himes y James McClure, entre mis modelos admirados. Aquí entra a jugar por cierto mi etnólogo favorito: Claude Lévi-Strauss. Y Bruce Chatwin, Paul Theroux y Anthony Bourdain entre los más interesantes escritores viajeros.


¿Qué rasgos tiene la literatura policial hispanoamericana que no tiene la tradición de autores en inglés?

—A mi juicio hay una corriente un tanto trucha que han bautizado el «neopolicial latinoamericano», que es más bien un rebrote de la literatura social (léase progresista), mezclada con el uso de cierta mecánica salida de la tradición anglosajona y francesa del género policial. No creo que aporte mucho, tiene un interés anecdótico y oportunista, no ha revolucionado ni a la masa lectora mundial ni a la industria editorial. Aunque de allí han salido algunas buenas novelas. Por otra parte, el policial español ha tenido un despertar extraordinario, que podemos asociar más al «destape» político y sexual de fines de los años setenta tras la muerte del dictador Franco, que a la influencia de la verborrea izquierdista latinoamericana. No puedo dejar de mencionar la enorme riqueza del género en Argentina, con esa noble tradición que les viene de Borges y Bioy Casares. Hoy en día es imposible nombrar a los máximos autores y autoras de por allá sin cometer injusticias, y a todo riesgo menciono a Juan Sasturain, Claudia Piñeiro, María Inés Krimer, Mariana Enríquez, Guillermo Orsi, Fernando López y tantos otros y otras.


Y fuera del mundo hispano y anglosajón ¿qué autores o corrientes destaca?

—No sé si llamarla corriente o movimiento, pero destaco la figura colosal del italiano Giorgio Scerbanenco, con su investigador el doctor Duca Lamberti, expulsado de la orden por un caso de eutanasia y colaborador de la policía como ginecólogo en el oscuro mundo prostibulario. Los suecos, o en un espacio más amplio los escandinavos, también han generado una corriente, o una moda, o un mercado, donde hay mucho y muy bueno para leer, con escritores tan sólidos como Henning Mankell, Åsa Larsson o Joe Nesbø, entre una pléyade de nombres acogidos con jolgorio por los sellos editoriales en decenas de idiomas.


A una persona que jamás ha tomado un libro policial en sus manos ¿por dónde le recomendaría empezar?

—Por los clásicos. Yo empecé por los que tú mencionas en la primera pregunta, y me gustaron tanto que pedía más y seguí avanzando con Georges Simenon, Ellery Queen, Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Patricia Highsmith, Ed McBain, Jean-Patrick Manchette, Sara Paretzky, Mickey Spillane, Rubem Fonseca, Ellis Peters, Andrea Camilleri, Manuel Vázquez Montalbán y un largo larguísimo etcétera.


Hay escritores que han viajado muy poco, usted, al contrario, ha viajado mucho. Cervantes decía: «El que lee mucho y viaja mucho, ve mucho y sabe mucho». ¿Qué le puede aportar a un escritor el viajar mucho?

—Es cierto que la pandemia ha pulverizado el ansia de viajar. Una pena. Pero de todas maneras yo había notado desde antes una baja en el interés de los más jóvenes por hacerlo. Como suelo dictar clases en la universidad, siempre pregunto a mis alumnos si conocen tal o cual lugar, incluso dentro del país, y es poca la gente que lo ha hecho. Ni piensa hacerlo. Creo que una causa puede ser el telefonito, la realidad virtual es más cómoda y variada. Es como andar con una tele/cámara/espejo a cuestas. La gente de mi generación era más viajera. Yo mochileaba desde la adolescencia y me conozco casi todo el país gracias a eso. ¿Me sirvieron los viajes para dedicarme a la escritura? Tal vez no, pero de todas maneras lo pasé bien. He comido sal de gusanos en Oaxaca; me han asaltado en Central Park y catado whiskies en Aberdeen; he navegado por el Nilo y enfermado de malaria en Mombasa; he visto a Zeus en la cima del monte Olimpo y a Nuréyev en el Partenón; he enloquecido de amor por una bailarina en Bali... Tal vez de todo eso puede salir uno que otro relato, sí.


En un artículo usted afirmó que prefiere a los autores que juegan de lleno con los códigos narrativos policiales, a los que lo hacen en plan paródico o experimental. ¿Hay oportunismo en estos últimos autores? ¿Si se experimenta mucho el género se diluye? ¿Cuáles son las barreras infranqueables (si piensa que existen) en el género policial?

—Si dije eso, ahora reniego totalmente. Bueno, parcialmente. Lo mejor es jugar con los códigos (lo he hecho en todos los libros del género que he escrito), pero no descarto la posibilidad de experimentar. Lo he aplicado en novelas que incluyen hablantes diversos, alternan primera, segunda y tercera persona, se dejan seducir por lo fantástico; o incluyen un guion de película porno, admiten informes de prensa, rompen el relato para dar información al lector… Bien, regular o mal, eso es un poco arriesgar dentro de los códigos. ¿Confuso? No sé. Quiero decir que la escritura puede llamar a la experimentación como recurso necesario y no al revés. Si un escritor se sale del género y se despeña en el abismo de la lata, es cosa suya. Nadie lo va a llorar.


En la actualidad ha ido publicando diversos autores nacionales a través de la Editorial Espora en la colección La otra oscuridad. ¿Qué le gustaría recalcar de ese trabajo?

—Cuando con Eduardo Soto Díaz proyectamos esa colección lo hicimos pensando en la crisis de lectores que estaba sufriendo el país, antes incluso de la escalada de protestas y la pandemia. Casi nadie lee, los libros son caros, la literatura no responde a los gustos de la gente: son las quejas habituales y recurrentes. Pero como somos escritores, para bien o para mal, veamos cómo hacerlo. E ideamos como solución estos libros breves, baratos y bonitos. Libros oscuros, audaces, truculentos, entretenidos, diferentes dentro de los cánones del noir. Con generosidad y apertura de mente, decidimos abrir el juego. Así es como nació la colección La otra oscuridad. Tuvimos magnífica respuesta de parte de los autores y autoras. No hay un corte generacional ni machismos ni feminismos a ultranza. No representamos a capillas ni mafias. No somos regalones de ninguna editorial trasnacional. De allí que hayamos podido armar un catálogo interesante, con seis títulos publicados (Néstor Ponce, Julián Avaria, Eduardo Contreras y Cecilia Aravena, Raúl Bustos, Eduardo Soto Díaz y yo). En camino vienen novelas de Julia Guzmán Watine, Pablo Rumel, Ignacio Fritz, Antonio Rojas Gómez, Cesar Biernay, Helios Murialdo y otras más. Todos escritores serios y comprometidos. Han aportado a las letras nacionales y esperamos que lo sigan haciendo. Solo nos dolemos de las demoras en nuestra planificación por las causas conocidas.


Recomiéndenos un libro que trate sobre animales.

—Mi recomendación es la novela Le capitaine Pamphile, de Alexandre Dumas, un libro poco conocido, una obra maestra secreta, que metería en mi arca de Noé de novelas juveniles predilectas. La divertida vida de ciertas mascotas, el maltrato animal y la masacre de especies exóticas, la esclavitud, la expoliación de los indígenas de Norteamérica, más otros temas profundos, son tratados por Dumas como una grandiosa y desopilante aventura.


Finalmente, ¿tiene algún animal de compañía?

—No tengo uno propio, pero en mi hogar, donde convivimos cuatro personas haciendo trabajo remoto, tenemos una gata de querencia colectiva. Responde al nombre de Yoko. Pequeña, blanca con manchas negras, cazadora, tenaz, sobre todo en el jardín, y más bien arisca, aunque sociable a su pinta. Tiene su puesto en la mesa familiar y se amurra si se lo ocupan.

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