Canino
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Canino
Por Gervasio Navío Flores. Escúchalo en La Gran Evasión.
Hermann Hesse nos susurraba desde Siddhartha que «lo blando es más fuerte que lo duro, que el agua es más potente que la roca, que el amor es más vigoroso que la violencia». Parece que en los pliegues de la andrajosa túnica de un Sramana se puede seguir el curso de la vida; una historia vivida desde lo más insignificante, hasta conectarse con lo inmensurable. 


¿Qué ocurre si lo que creíamos nuestro mundo es falso? ¿Qué ocurre si nos han educado y adoctrinado en un recinto acotado, de espaldas a la universalidad, hasta reducir nuestra existencia a la mínima expresión? 


Yorgos Lanthimos (1973) golpeó al mundo en 2009 con Canino, una historia con una carga moral tan venenosa como atrayente. Una película que se disuelve entre comedia negra, drama y terror no deja a nadie indiferente. Divertida, excéntrica, perversa y turbadora, una provocación para los espectadores; convivimos con personajes reprimidos y aislados, quién sabe si reflejo de nosotros mismos. 


Una familia normal en un espacio confinado; como siempre, la realidad ha superado incluso a las ensoñaciones y proyecciones más alocadas. En estos días de oscuridad, hemos asistido en primera línea a esta hipótesis. 


El mundo se ha encerrado, la libertad ha sido cercenada, el universo se ha visto reducido precisamente por estar hiperconectado. Por muchas comodidades que tengamos en casa, la presión arterial sucumbe al hecho de no poder salir del recinto y nos topamos de bruces con una realidad absoluta: el instinto animal del hombre, el libre albedrío, la libertad. 


Canino se convierte en un documental, en un estudio psicológico de la familia, de la educación familiar, del paso de la adolescencia a la edad adulta. Te invita, prácticamente te agarra por las solapas, y te insta a reflexionar. 


La cotidianidad de una familia de clase media alta, un matrimonio maduro, tres hijos que están dejando atrás la adolescencia, pero que viven bajo la directriz de una manada de perros. Tenemos a un líder y a sus subordinados. 


La primera impresión de esta familia, donde el padre tiene a sus hijos aislados del mundo, es que asistimos a un adiestramiento. Se encuentran alejados de la vida en sociedad y bajo la educación y la instrucción de unos padres que no sabemos si intentan proteger a sus hijos del mundo real o si están realmente perturbados por un trauma anterior. 


Los protagonistas no tienen nombres como tales, solo su papel, su rol en la manada; en este experimento sociológico hay trazas de inmoralidad, de estoicismo, mensajes muy potentes y directos que transponen la vida en familia a la vida en una jauría.


 Juegan con el lenguaje para dar significados distintos a las palabras y a las necesidades físicas y emotivas: la vagina es teclado, el teléfono se llama salero, autopista es un viento muy fuerte, carabina es un pájaro blanco precioso, excursión es el material con el que se fabrica el suelo, zombi es una pequeña flor amarilla, coño es una lámpara grande… 


Un clan con premios y castigos, lametones y actitudes de sumisión para conseguir objetivos. Solo podrán abandonar la casa en coche, de forma segura, y podrán irse definitivamente cuando se les caiga el canino. Otra alegoría más: el canino es el diente más largo y poderoso que tenemos, el que desgarra la carne. Es prácticamente imposible salir. 


Canino es una obra muy buñuelesca, parece una de las pesadillas de David Lynch, una mezcla con Lars von Trier, con el Pasolini más cáustico, con la frialdad y el horror intrínseco del ser humano, que también sabe contar Haneke. 


Incomoda e inclasificable, te sorprendes riéndote por algo que no debería ser gracioso. Es perturbador cómo se enfrentan estos chicos al sexo, a la amistad, a la relación de respeto y amor, a la curiosidad propia del ser humano. 


Su único vínculo con el exterior es la empleada de seguridad que trabaja en la empresa del padre y que presta servicios sexuales para satisfacer las «necesidades» del hijo. Aquí tenemos un primer conflicto moral: solo el hijo puede desahogar sus instintos sexuales. 


Una de las reflexiones de la peli es que ese contacto con el exterior no se puede controlar. En cuanto irrumpe alguien de fuera, se contamina ese laboratorio supuestamente aséptico. Y por esta vía entrará en la familia un virus, un agente exterior que hace cuestionarse la vida a esas mentes censuradas. 


Es un aire de libertad y curiosidad. Es un contagio que explicita Lanthimos a través del cine, otro guiño a la riqueza y a la necesidad del cine. La chica mayor entra en contacto con el mundo exterior a través de la ficción de dos cintas de video: Rocky y Tiburón. 


Un gato como el peligroso depredador, un avión de juguete como símil de los que sobrevuelan los cielos y caen en su jardín, un canino como límite para sentir de verdad el mundo que nos espera ahí fuera, para vivir una vida completa, la nuestra. 


Podemos hacer miles de análisis con la historia que nos plantea Lanthimos: desde la pureza racial a un mundo controlado, el ejercicio físico diario, los videos caseros, ese amor fraternal, el incesto sobrevolando. Un aislamiento para no mezclarse con la chusma y criar seres puros. Un micromundo opresivo donde los impulsos de libertad triunfan; quizás esa sea la mayor reflexión de la película, que el espíritu del ser humano es inquebrantable, su búsqueda de libertad y conocimiento no se pueden delimitar ni controlar. 


Mientras se graban a fuego en nuestras conciencias las imágenes de Canino y mientras calculamos cuánto aire hay en el maletero del coche, es inevitable preguntarse: ¿quiénes somos en torno a la eternidad? 


Cerremos el círculo. 


Hermann Hesse: «El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar».