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CINE


PET SEMATARY

Por el Reverendo Wilson. Escúchalo en El calabozo del Reverendo Wilson

No cabe ninguna duda de que Stephen King (1947) se ha ganado el honor de ser una de las grandes figuras del terror en su máxima expresión, ya aupado bajo un peso (contra)cultural equiparable al de otros ídolos literarios generacionales del calado de Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft. Esto es especialmente latente en la actualidad, donde el genio de Maine vive una segunda juventud coronada por una retahíla de traslaciones cinematográficas de muchas de sus novelas, una época revivida tras la primera ola de adaptaciones que disfrutó durante las décadas de los setenta y los ochenta.
      Quizá este comeback actual en el séptimo arte se deba a una incesante reivindicación, o irremediable coronación, del también llamado el rey del Terror. Con un agudo sentido para rescatar los miedos interiores, una mitología propia en sus mecanismos para el horror y una narrativa que incide en los más sentimentales efluvios del género, la obra de Stephen King es todo un legado en la cultura mundial. Y como acto colateral a la nueva moda que están viviendo sus traslaciones a la gran pantalla, es agradecido ver cómo la novela Cementerio de mascotas (1983) vuelve a la actualidad gracias a la nueva versión que se ha llevado al cine (Cementerio maldito, Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, 2019), directamente inspirada en las texturas cinematográficas de la primera adaptación dirigida en 1989 por Mary Lambert (1951).
      La novela de King aprovecha las evocadoras aristas de sus líneas genéricas para trazar un retrato sobre los miedos interiores, el sentimiento de culpa y las más hondas frustraciones cotidianas, enfundado en una historia centrada en la figura de un médico que se traslada con su familia a un domicilio rural que guarda dos particularidades intrínsecamente relacionadas: una carretera anexada por la que circulan multitud de camiones y un terreno cercano que se trata, en realidad, de un lugar de tanto respeto como un camposanto. La singularidad es que el cementerio es un longevo paraje en el que los habitantes del lugar rinden respeto a los animales (principalmente gatos y perros) atropellados en tan peligrosa carretera.
      Por una parte, tenemos a un King adelantándose a uno de sus mayores miedos (sería atropellado gravemente en el año 1999 por una furgoneta), característica intrínseca de su obra y, por otra, un acto de tanta admiración y respeto como es el de aplicar tributo a los animales fallecidos en tan siniestras circunstancias. Esto, una deferencia y equiparación hacia el animal en torno a un costumbrismo posmortem tan solo asimilado por la sociedad hacia la especie humana, que es algo perfectamente practicado en aquellos que compartimos nuestros días rodeados de animales y que en esta ocasión se nutre dentro de unas lecturas hacia el terror, que une inexorablemente un animalismo sutil con las más cruentas emanaciones del terror de Stephen King, se corona en el respeto y se apoya únicamente en la especie animal bajo el encanto de su fisonomía.

Aquí, de manera predominante y paseándose en algunos de los vestigios más importantes de la película, tenemos a un felino llamado Churchill (en efecto, en honor al antiguo político británico), que vuelve a la vida tras visitar, lamentablemente para él, ese cementerio de animales que da título al film. Una nueva unión de la figura del minino en plena ebullición del horror, en esta oportunidad en el ocaso de la década de los ochenta, que supone otro capítulo reivindicable del paseo de nuestros queridos felinos dentro del cine de terror.
      Aunque impuesta por la tonalidad heredada de King desde el relato, la confluencia de conceptos sobre los terrores interiores que Mary Lambert repesca se ve algo mermada por las aristas estéticas vividas en una época de gran simbolismo por el terror, pero decadente por los derroteros en los que la Serie B se asimilaba a sí misma como una vertiente tan intransigente como minoritaria (el modelo del entertainment americano sucumbía ante una mercadotecnia en busca del éxito rápido), encontrándonos, sin embargo, ante una película consecuente con sus limitaciones a la hora de abordar una imaginería tan excelsa como la de King, y equilibrada en concatenar un puñado de imágenes, reminiscentes sobre esa ponderación tan de su época como el terror visual, con un discurso sobre el terror que se convierte en incisivo en un elemento ya extraído de las intenciones literarias del genio de Maine: recuperar los miedos interiores para edificar el andamiaje perfecto de una perfecta historia de terror. Además, tenemos aquí, implementado en pantalla con las luminosas habituales de los camposantos, ese cementerio de animales como enorme símbolo de respeto. Así que, lamentablemente, cabe contradecir a los Ramones en el estribillo de la canción que compusieron, bajo petición de King, fan confeso de la banda, para la película: «No quiero ser enterrado en un cementerio de animales», aunque el cuarteto de Nueva York, con constantes alusiones a la imaginería de la película, relataban en su letra muchos de los lugares clásicos del horror como género y cuna del reverso más ancestral de la cultura popular.

  • Revista Mayo 2019

    Cine de culto

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