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CINE


EL LUCHADOR (THE WRESTLER) LA ÚLTIMA EMBESTIDA DEL CARNERO

Por Gervasio Navío Flores. Escúchalo en La Gran Evasión


Nacemos entre heces, sangre y orina; morimos prácticamente igual, aunque, a veces, es posible elegir el modo y así dignificar toda una vida.
      Dentro del ring y bajo los focos, se oye el griterío ensordecedor de los fans, de sus fans, pese a que es un podrido trozo de carne, un viejo medio sordo, embotado de gloria olvidada y de soledad, una más que merecida soledad. Las arterias se contraen, el pulso se dispara, todo vale para representar el enésimo combate entre el bien y el mal, el teatro de marionetas callejero, el espectáculo televisivo para americanos inocentes. Un luchador envejecido que solo siente y respira encima del cuadrilátero, embutido en unas mallas ridículas; los músculos en tensión, el rostro sonriente, el sudor y el aceite perlando un cuerpo abotargado, esculpido en el gimnasio. Su compañero de fatigas espera el golpe final, el salto desde el poste del ring, desde la gloria y la muerte, el haz y el envés de la misma moneda, girando y girando sin parar desde el origen de los tiempos. La última embestida del Carnero, Randy «The Ram» Robinson, la redención del actor Philip Andre Michael Rourke Jr., conocido artísticamente como Mickey Rourke.
      No hay una vida fuera del círculo de fuego, bien lo ha podido comprobar Randy, demasiado bien lo sabe Mickey; se funden el actor y el personaje, por eso es tan sincera y tan pura El luchador. En 2008, su director, Darren Aronofsky (1969), hurgaba en las cenizas de un ídolo caído para expiar al hombre y redimir al actor, bajo el emocionante guion de Robert Siegel. Nicolas Cage era el actor elegido por el estudio, pero el director no tenía ninguna duda sobre quién sería Randy «The Ram» Robinson, solo podría darle vida Mickey Rourke. Así nació The Wrestler, con una soberbia dirección de Aronofsky, que se mueve entre ese submundo de la lucha libre americana y los perdedores anónimos de los suburbios que, con una soltura sorprendente, la sustentan. Ayudado por un par de actores en estado de gracia, porque la actuación de Rourke es simplemente extraordinaria y la química con Marisa Tomei —otra actriz apaleada por la vida y la profesión— fabulosa. Las cicatrices de Rourke cuentan la historia de Randy y viceversa.
      La fama y la fortuna se cambiaban con él en el vestuario, lo acompañaban al ring, dormían y despertaban a su lado cada mañana. El mundo le perteneció en los ochenta, un campeón mundial de lucha libre, el Madison Square Garden a rebosar: The Ram contra The Ayatollah. Chicas y reconocimiento a cada paso, un juego en Nintendo, un fogonazo de luz... extinguida.
      Ahora... ahora está absolutamente solo, vive en una casa rodante, trabaja en un supermercado, sufre las humillaciones del encargado, un tipo diez años más joven que él, un pajillero que disfruta apretándole las tuercas. Los días de gloria pasaron, la realidad es fría y cruel.
      ¿Qué cojones le ha pasado a Randy? ¿Qué fue de la vida de Mickey?
      Sobrevive, como tantos otros, día a día. Los fines de semana se desahoga con combates de poca monta, por apenas unos pavos, en garitos de mala muerte, en ferias de tercera categoría, pero merecen la pena esos shows decadentes. El gusto del público ha cambiado, quiere más dolor, mucho más dolor, la sangre real se

mezcla con la coreografía, pero los golpes, los cortes, las cicatrices, son reales; el dolor es real. Lo soporta porque continúa sintiendo el cosquilleo en las tripas antes de recorrer los cincuenta pasos que lo conducen al círculo de fuego, al ring, aunque el aforo sea completado por paletos empapados de cerveza y fracaso, tan cerca de él que podría ser uno de ellos... El dolor es siempre compensado por la Gloria.
      No todo está perdido. Él sigue en la brecha. Un luchador, eso es lo que es, en los días buenos. Randy «The Ram» Robinson. La cámara lo sigue, inquieta, por las andanzas de tipo grande y fuerte, podrido por dentro, con un alma anegada en soledad.
      No hay familia, apenas hay amigos, solo los colegas del gimnasio, los viejos conocidos de la lucha libre. Un chaval que juega en la calle hace las veces de hijo perdido, pasa un rato con él y la Nintendo, un juego desfasado, una vida obsoleta. Las noches son aún peor, va al garito de estriptís de rigor. Allí también está rodeado de fracaso y decadencia, unas mujeres contoneándose sobre una pringosa barra de acero, unos tipos con expresiones muertas metiendo sucios billetes en las caderas de las chicas.
      Su nombre es Cassidy (Marisa Tomei). Ella también está en un rincón, es una perdedora, otra alma descarriada sobreviviendo entre las sobras de la miseria. Se hace vieja, sí, se hace vieja para ese jodido trabajo; la existencia de su hijo hace que ella soporte esa mierda cada noche; por el futuro de él es capaz de tragar toda la ponzoña de los Estados Unidos, por lo único bueno que ha hecho en su perra vida. «Se llama James, mira qué fotos...». Lástima que ella no quiera —ni pueda— mezclar realidad y club. En ese trasiego de rutina, donde la niebla de los recuerdos se filtra, transcurren los días de Randy. Un golpe de suerte y quizás cambie de nuevo el rumbo. Se cumplen veinte años del combate contra The Ayatollah. Un promotor, como todos los agentes, ve la posibilidad de unos dólares fáciles; al rescoldo de la nostalgia, piensa reeditar el enfrentamiento. El Carnero podrá embestir de nuevo a lo grande.



        La memoria de los días pasados lo llena de ilusión y sus ojos vuelven a brillar, pero... siempre hay un «pero». Ahora es el del inevitable precio a pagar por la felicidad. El dolor llama a las puertas de su corazón, un músculo atrofiado; como tantos otros de su cuerpo, se resiente y gime. Grita por los viejos excesos, por las nuevas sustancias, por todos y cada uno de los esfuerzos sobrehumanos del Carnero. No hay deuda que no se pague, ni plazo que no se cumpla. La vida viene por lo que es suyo, el corazón se vuelve a quejar. Se marea un poco, vomita, cae desplomado. Vaya escena.
        El hospital es otro golpe de dolorosa realidad, aparte de que un jovencito con bata blanca le dice lo que él ya sabe. Se acabaron los sueños de volver al ring, hay que dejar los aditivos. Lo que realmente duele, lo que lo destroza es tomar conciencia de que está absolutamente solo, nadie acude en su ayuda. La factura es lo de menos, nadie lo visita, nadie lo espera, nadie sabe que ha sufrido un infarto. Sale del hospital con paso torpe, indefenso. Un taxi hasta un aparcamiento olvidado, donde su casa, su hogar, lo espera entre el óxido y el cielo gris. Vaya metáfora.
        El miedo a la enfermedad, a la vejez, a pasar los últimos días rememorando sus proezas entre hermanos lisiados por dentro y por fuera que, como él, esperan la muerte o, simplemente, un instante de lucidez y calor en su cansado corazón al ver una vieja foto, lo incitan a buscar a esa niña de coletas y sonrisa clara que lo mira desde la puerta de la nevera: su hija. Otra bruma del pasado, quizás lo único bueno que hizo y que, como siempre, dejó atrás, abandonada.
        Las escenas de Randy con Stephanie (Evan Rachel Wood), su hija, son lo más grande de la película, quizás lo más hermoso que haya rodado nunca Aronofsky. El encuentro humillante y torpe de un padre patético y su niña pequeña, una niña que ya es una mujer, es absolutamente abrasador. Sus paseos por una playa gris, sintiendo el frío de los años perdidos, explorando los rincones del olvido en un escenario abandonado muestran, sin duda, el calado de esta historia. El parlamento, la confesión de Randy, de un Mickey Rourke excepcional, encuadrado en el marco de una ventana, con la grisácea postal de la soledad al fondo, es lo más sentido y profundo que jamás haya interpretado este actor, correspondido por la mirada furiosa y herida de esa joven distante, un momento que galvaniza una vida, una escena antológica.
         El luchador estaba nominada a los Premios Óscar a mejor actor principal y a mejor actriz de reparto. Ese año se lo llevó Sean Penn por Milk y a Marisa Tomei se lo arrebató Kate Winslet por El lector. Grandes interpretaciones, pero nada que ver con la verdad que desprende Mickey Rourke.
        Sí, ya sé que Rourke se estaba interpretando a sí mismo; sí, ya lo sé. Doble mérito por ello. Lo jodidamente difícil es mostrarse tal cual se es, desnudarse ante el mundo y dejar ver las cicatrices, la cara inflada por bótox y desesperación;



lo realmente difícil es exponer las entrañas palpitantes, las lágrimas —sinceras y temblorosas lágrimas— que imploran un asalto más a la vida, otra oportunidad, mientras los ojos no dejan de mirar a la niña que fue, a la mujer que es: «Soy un viejo trozo de carne podrida y estoy solo y me merezco estar solo. Solamente quiero que no me odies».
        Recorremos cada asalto con Randy, su ilusión por recuperar a su hija, aceptar la derrota en el ring y aferrarse a una vida sencilla. Convertirse en ese héroe cotidiano que puebla los suburbios estadounidenses, tipos con trabajos de mierda que sobreviven no se sabe muy bien cómo. Cuando parece que tocas la orilla es cuando te ahogas. Randy lo sabe, pero vuelve una y otra vez a girar en la misma rueda, como un ratón enjaulado.
        Una copa para calmar los nervios. Parece que Cassidy pueda compartir su vida con él, pero no es así. Una juerga para mitigar otro fracaso, otro error en una vida repleta de cagadas. La última. Ya no le puede fallar más a esa niña cansada de esperar que su padre acuda a su cita, ya no puede engañarse más.
        La banda sonora ruge con los vítores a Randy. Rock duro ochentero a todo volumen para honrar al Carnero. El jefe, Bruce Springsteen, contribuye con otra de sus obras memorables, una canción que describe la senda del payaso en la oscuridad, una composición llamada «El luchador»: «Si has visto un perro cojo bajando por la calle, entonces me has visto a mí, siempre me voy con menos de lo que tenía antes; apuesto a que sonríes cuando mi sangre cae al suelo, si alguna vez has visto un espantapájaros relleno de polvo y paja, entonces, me has visto a mí, todo lo que me consuela lo he dejado marchar...».
        Una historia triste, como la vida. Un vistazo al amor, a una relación aniquilada entre una niña y su padre, al dolor que transita libremente por nuestras calles. Una redención imposible.
        Para mí, Randy, Mickey, estás perdonado, lo intentaste hasta el final, tal y como dijo mi maestro:

«Si vas a intentarlo,
ve hasta el final.
De lo contrario no empieces siquiera.
[...]
No existe una sensación igual.
Estarás solo con los dioses
y las noches arderán en llamas.»


Charles Bukowski.


        Unas líneas que relucen entre las manchas de vino y ceniza de esta olvidada libreta mía que acompaña mis noches de insomnio. Mientras Randy «The Ram» Robinson embiste al destino, solo una estriptisera desgastada corre en su búsqueda.

  • Revista Mayo 2019

    Cine de culto

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