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CINE


¿A DÓNDE VAN LOS PATOS DEL CENTRAL PARK CUANDO SE CONGELA EL LAGO?

Por Gervasio Navío Flores. Escúchalo en La Gran Evasión

        Una mano temblorosa intenta sostener el lápiz; una mente prisionera intenta expresar la angustia; el papel en blanco no es capaz de contener, de explicar, lo inexplicable. Un sanatorio mental, muchachos mutilados por fuera y arrasados por dentro; una generación atravesada por la guerra; jóvenes soldados norteamericanos anónimos, como anónimo es el dolor indescriptible de presenciar el lado más oscuro de los hombres. El horror de la Segunda Guerra Mundial.
        Un hombre aniquilado que intenta recordar quién era antes del conflicto: un joven contradictorio, introvertido y charlatán, un chico de clase media alta, un jovenzuelo sarcástico y divertido. Pedante para los profesores de las escuelas más exquisitas de Nueva York; insoportable para sus compañeros; un diamante sin impurezas para su madre; un enigma sin resolver para su padre; un sabelotodo insufrible para su hermana. Una voz interior con tanta fuerza y tantas preguntas que su legado ha quedado grabado a fuego en la literatura universal.
        Este chico atlético, de mirada triste, profunda y misteriosa, es Sonny, es Jerry, es el autor J. D. Salinger, nacido en Manhattan, Nueva York, el uno de enero de 1919 y fallecido en Cornish, New Hampshire, el veintisiete de enero del 2010. Inmortal, como su obra. A J. D. Salinger le costó volver del infierno; su purgatorio particular fue recomponerse, pedazo a pedazo, día a día, de sus traumas con esfuerzos sobrehumanos. Pensó que al publicar su novela El guardián entre el centeno (1951), su dolor cesaría. Pero ese segundo de paz fue devastado al instante siguiente por las consecuencias que para su maltrecha conciencia tendrían la fama mundial y el impacto de ese pequeño volumen.
        Es un libro que cambió, cambia y cambiará la vida de todo aquel que se acerque a sus páginas, de todo aquel que quiera conocer a Holden Caulfield, de todo aquel que no encaje en este mundo, que se sienta diferente, que se emocione con la música que desprende un tiovivo y con las risas de unos niños que juegan abstraídos de todo aquel al que la inocencia abrume.
        Un enigma dentro de un jeroglífico. Un búnker perdido en las montañas. Un autor oculto en una austera habitación: un catre, un altar, unos pocos libros. Una vida frugal, saciada con una mesa y una vieja máquina de escribir que escupe palabras, día tras día, para calmar un corazón traicionado por el mundo, para recomponer un alma descosida.
        Una figura llena de mitos y especulaciones que Kenneth Slawenski intentó ordenar en su fabuloso libro J. D. Salinger. Una vida oculta (2010) y que junto al director norteamericano Danny Strong llevaron a la gran pantalla en Rebelde entre el centeno, estrenada en 2017. Imprescindible si eres un lector de Salinger.
        Es una tarea inabordable dar respuesta y explicar al escritor más grande del siglo XX, casi tanto como explicar y definir a cualquiera de nosotros; al final no somos más que hombres llenos de contradicciones, de miedos, de traumas y de virtudes. Esta película perfila la silueta del genio literario, centrándose en un período crucial en la vida de Salinger, justo antes de partir a la Segunda Guerra Mundial y a su regreso al mundo, el regreso de una persona diferente, como todos los que retornaron del combate, un regreso a un mundo que también había cambiado. Un tipo que desistió de la sociedad, de las distracciones cotidianas y se enclaustró en el paraíso, en una finca perdida en medio del bosque de New Hampshire. Su recorrido, sus vivencias en apenas unos años, dan cuerpo y luz a su figura.
    La obra cinematográfica de Strong es un encomiable esfuerzo por conocer y entender al genio, unas imágenes que sirven para respetar al hombre y para no dejar de dar gracias infinitas al escritor por sus palabras, porque J. D. Salinger fue, sobre todas las cosas, y a pesar de todo, un creador.
        El sacrifico que hizo por esa profesión, fue el más grande que todos los aspirantes a escritor nunca jamás llegaron a imaginar: no publicar nunca más. La fama, el ego y el reconocimiento literario quedan atrás; la meditación trascendental, que acompasa sus dedos furiosos golpeando las teclas, es lo único que necesita, nada más, aunque nadie vuelva a leer sus palabras. El precio por su paz interior es incalculable.
        La película de Danny Strong está realizada desde el respeto al hombre y el amor por el escritor. Eso se nota. Una historia que Hollywood ha perseguido desde que Holden cobró vida en las páginas de El guardián entre el centeno y que hasta la muerte del autor no ha podido llevarse a los cines por decisión de este. Salinger siempre había protegido su obra con celo infinito, porque también intentaba proteger, así, su intimidad. Pero ese misterio no ha hecho sino aumentar la obsesión por el escritor. Miles de peregrinos, unos más locos que otros, siguen recorriendo cada día, tras las huellas de Holden, los parajes de la novela, un hecho que superaba a Salinger, porque su obra y su propia persona no se podían disociar.
        En una jugada cruel del destino, la película de Strong llegó a los cines envuelta en la polémica del #MeToo, el movimiento iniciado por las denuncias en contra del productor Harvey Weinstein. El movimiento afectó de refilón a Rebelde entre el centeno porque contaba con la participación de Kevin Spacey —un actor también afectado por las denuncias de abuso— en el papel de Whit Burnett. Es cruel, como digo, que la película y el fantástico trabajo, tanto de Spacey, encarnando al profesor Burnett, como de Nicholas Hoult, dando vida a un excepcional Salinger, no tuvieran más repercusión en los medios. Seguro que el viejo soltaría una de sus medias sonrisas ante este varapalo del destino.
        Rebelde entre el centeno es una oportunidad ineludible para todo amante de Salinger, para ver, disfrutar, incluso decepcionarse por algunos momentos demasiado explicativos, pero compensados de sobra, al reconocer en la pantalla su obra literaria. Al infiltrarse por las escenas, se reconocen los instantes en que nacieron tanto Holden Caulfield como «Un día perfecto para el pez plátano» y la familia Glass, esa obra maestra en forma de cuento, todos extraordinarios relatos de un genio absoluto. Se es testigo de cómo adquirieron conciencia, cómo tomaron vida los personajes de Salinger, esos que viajan con cada uno de sus lectores.
        El desarraigo del escritor, Jerry para sus amigos, Sonny para sus padres, se hace presente en las imágenes de Strong con momentos bellos y terribles al tiempo.

Plagada de detalles inolvidables como lo importante que fueron los calcetines que su madre le enviaba regularmente cuando él estaba en la guerra o lo qué significaba un filete en los campamentos militares. Años después, Jerry ya no podrá llevarse un trozo de carne a la boca porque, inevitablemente, su mente viajaría a ese desembarco, a la muerte y al caos. Al igual que sucedía con el olor a carne quemada, o con las pesadillas a plena luz del día, o con la insoportable culpa por haber sobrevivido, o con el shock que supuso la liberación de los campos de la muerte. Piezas inconexas, sutiles, que dan forma al puzle de una mente descompuesta. En los bosques alemanes, un frío abisal se le metió en sus huesos, un frío que nunca más dejó de sentir. Ahora la nieve invade la noche. La vemos desde arriba, en un magistral plano cenital. Cae sin misericordia sobre una trinchera, sobre una tumba, en medio de la oscuridad.
        El recorrido por los primeros pasos de Salinger en la literatura dejan ver a ese chico inseguro y atormentado que se ocultaba tras el sarcasmo y la ironía, que necesitaba contar lo que le desagradaba del mundo. Vemos retazos de una vida familiar distante, en clave freudiana. Se desliza la conexión con su madre, Miriam (interpretada por Hope Davies), y la distancia con su padre, Sol (Victor Garber), un hombre hermético que veía en su hijo el heredero de su imperio de importación de quesos y carnes europeas. Jerry no sería el rey del tocino, eso lo tenemos bien claro.
        Su primera decepción quizás fuera su padre: lo calificaba de farsante. La segunda quizás su romance con Oona O’Neill (Zoey Deutch en la película), quien encarnaba su obsesión más profunda: una mujer-niña frágil, bella hasta cortar la respiración, interesante, culta, inaccesible. Una inspiración infinita. Una traición imperdonable el que ella se casara con Charles Chaplin, mientras él, Salinger, aún estaba luchando en la Segunda Guerra Mundial.
        Exquisita la relación con Whit Burnett, una persona fundamental en la carrera de Jerry, su acicate para ser un verdadero escritor. Magnífica la escena en la que se describe la necesidad de que la voz del escritor no solape la historia que intenta contar. Aquí otra decepción imperdonable. En este caso, de amistad: Jerry confiaba en su profesor, en su amigo, y resultó ser como todos los demás.
        Mientras el jazz y los clubes de los años cuarenta aislaban a esa generación, antes de ser mancillados por la vida, su agente literario, Dorothy Olding (perfecta Sarah Paulson), ya nos anticipa la decisión que Jerry deberá tomar.
        Todo un acierto usar la cámara de forma casi furtiva, con planos a hurtadillas, desde lejos, oculta, por momentos, entre coches y ventanas. Así logra Strong que los espectadores nos sintamos como intrusos, tal cual veía Salinger a los demás. Así entendemos su refugio en la religión budista, su rencor por la traición, por la mentira, por la falsedad de este podrido mundo.
        El guardián entre el centeno es un libro enigmático y profundo de un escritor en guerra contra su dolor, de uno que encontró la paz aislándose del mundo, que no quiso, o no pudo, dar respuesta a todas esas preguntas que sus personajes inspiraron a millones de lectores. La película está a su altura.
        Yo lo leo, más o menos, cada verano. Sigo viendo a Holden con su gorra roja de caza mirándose en el espejo del baño. Fiel a sus hábitos, él continúa aplacando con whisky y cigarrillos su miedo existencial adolescente.
        Respetuoso con ese chaval dentro de mí que leyó El Guardián entre el centeno por primera vez hace una vida, apaciguo mi pavor particular sumergiéndolo en tragos profundos y cadenciosos de whisky de malta. Más o menos cada verano, sigo preguntándome adónde irán los patos del Central Park cuando se hiela el lago y sigo sufriendo una epifanía al contemplar un tiovivo repleto de niños riendo sin parar mientras el carrusel gira, mientras la música suena.

Nada en la voz
de la cigarra
indica cuán pronto
ha de morir.

Matsuo Bashō.

        Dice un poeta que Dios creó la tristeza una tarde de invierno muy fría. Pues J. D. Salinger le dio marchamo a la melancolía, a la desazón existencial, a la picazón interna de saberse fuera de lugar en todas partes, a todas horas. Salinger sabía. Nosotros lo sabemos. La neurastenia no se cura, sino que se disfraza, se arropa, se vive en soledad, pero no se cura. Te acompaña para y por siempre en la poesía que nos susurra al oído el silencio.

  • Revista Abril 2019

    Cine Tradicional

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