Cuando el santo se enfrentó al lobo
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Cuando el santo se enfrentó al lobo
Por Pablo Rumel Espinoza

Por Pablo Rumel Espinoza


Mito y Milagro


Séneca decía que los árboles solo se fortalecían con el azote de los vientos, precisamente para referirse al carácter de los individuos. Corría el año 1202 de la era cristiana: fue dentro de una fría y oscura mazmorra, sin condiciones higiénicas mínimas, en la que un joven llamado Francisco, tras ser apresado en la guerra de Asís contra Perugia, sufrió graves enfermedades que mellaron su constitución física: la vida del mundo militar se le escapaba. Sus ansias no quedaron ahí; una vez liberado, se embarcó en la Quinta Cruzada hacia Egipto, pero la enfermedad volvió a minar su ya debilitada constitución. Esta vez se trató de una infección ocular causada por la malaria, la cual lo obligó a recluirse en el monasterio de San Damián, ya que el tratamiento principal consistía en permanecer a oscuras pues cualquier luz, incluso la más baja, le provocaba dolores insoportables.


Los hermanos del monasterio montaron en un caballo a Francisco como pudieron, le vendaron los ojos y le taparon el rostro con capucha: fue así como llegó hasta un cirujano que alivió su enfermedad. Fue en uno de estos viajes cuando se encuentra con leprosos errantes, personas laceradas y abandonadas a su suerte, sin ninguna esperanza, caminando por los pedregosos valles del mundo hacia la muerte. Aquella desoladora visión fue clave para su transformación; lo primero que piensa es en la caridad: vende su caballo y sus escasas pertenencias, pero eso no basta, pues se fija como meta reconstruir el ruinoso templo de San Damián. Aprovechando la buena situación económica de su padre, vende las costosas telas de su mercado. Las crónicas relatan que fue un escándalo mayúsculo: su padre lo humilló en público por utilizar medios de su negocio para financiar la reconstrucción del templo y pidiendo que lo juzguen, lo deshereda. Francisco enfrenta a su padre en la plaza pública, se despoja de sus ropas y, desafiante, le dice: «Ahora puedo decir, “Padre nuestro que estás en los cielos”».


Desnudo, delante de los habitantes de Asís, recoge del piso ropa andrajosa y comienza a vivir como pordiosero. ¿Se ha vuelto loco? Después de diez años de llevar una vida mendicante, su indumentaria de mendigo pasó a ser el uniforme de cinco mil hermanos, que unidos por la fe, dieron inicio a la orden franciscana. ¿Cómo Francisco llegó a hasta ese punto?


Es durante su etapa de mendicidad cuando la historia del hombre mundano, amante de las fiestas, las mujeres, la buena bebida y la guerra, se convierte en leyenda. El núcleo de la santidad para el catolicismo es la imitación de Cristo (o de María), el cual implica un viaje de renuncia, entrega, penitencia y manifestaciones milagrosas, lo que en términos laicos nos remite al monomito del viaje del héroe, un viaje que incluye salir del anonimato, pruebas físicas o de destreza, ayuda inesperada, caída al abismo, transformación, expiación y regreso. El viaje del santo siempre guarda una estrecha relación con lo heroico: requiere pruebas y sacrificios, y la recompensa final, no cuantificable en riquezas materiales, sino espirituales, es la entrada triunfal al Reino del Señor y el reconocimiento póstumo entre los fieles.


Pero tanto los héroes como los santos necesitan un testimonio: no sirven de nada proezas o milagros que nadie pueda ver u oír, por eso se escriben, o permanecen en la tradición oral por generaciones. Fue en 1228, dos años después de la muerte de Francisco, que el papa Gregorio IX lo canonizó, y si bien el santo contó con al menos cuatro biografías de su vida en los primeros decenios, es dos siglos más tarde cuando apareció la primera obra de carácter ficcional que habla de la vida milagrosa del santo: Las florecillas de San Francisco, obra anónima que bebió de abundantes fuentes orales y pasó por muchas manos que se encargaron de estudiar y analizar sus pasajes, hasta su versión final.


San Francisco es una rara avis al interior del canon católico. ¿Cómo es posible que este italiano, apegado a la fe católica y a las enseñanzas de Cristo, tuviera una visión más cercana a la de los antiguos paganos o a los budistas, que a la de los serios doctores de la iglesia? San Francisco no centra su preocupación solo en los seres humanos, rebasa la compasión de sus semejantes y la traslada a las plantas, a los árboles, al sol y a la luna: habla del hermano asno, de la hermana nube, del hermano bosque; ve a todas las cosas vivas y unidas por un solo soplido, por una sola llama, y no como un mero decorado para la simple admiración y explotación del hombre, como bien resume en su Cántico de las criaturas. Chesterton, uno de sus mejores biógrafos, se atreve a plantear la tesis de que a Francisco, ni pagano ni orientalista, en realidad lo impulsaba un totemismo atávico, resabios de toda niñez en la que antes de desarrollar un pensamiento crítico, se cree que los conejos, los perros o los pájaros pueden hablar (y para hacer la prueba habría que preguntarle, seriamente, a cualquier niño de cuatro o cinco años).


La lucha contra el lobo


En las hagiografías es común encontrar a santos en batallas físicas contra monstruos: san Antonio luchando en una tumba olvidada contra serpientes y toros poseídos por el demonio; santa Bárbara combatiendo en alta mar a una ballena negra, o san Leonardo peleando a espadazo limpio al interior de un bosque contra un dragón. Con san Francisco, pese a su pasado guerrero, es diferente, como bien lo ilustra la historia con el lobo: de paso por la ciudad de Gubbio, al norte de Roma y cercana al monte Ingino, mientras nuestro santo predicaba la palabra del Señor, se aparece un enorme lobo que atemorizaba a los ciudadanos, al punto de ser incapaces de enfrentarlo por el gran terror que provocaba. Francisco, sin más demora, se envalentona y haciendo la señal de la cruz sale a campo traviesa para enfrentarse al animal, pese a que todas las personas del pueblo lloran y le suplican que no lo haga. Entonces acá viene lo increíble: acercándose con palabras de calma, san Francisco le pide al hermano lobo -así se dirige al animal, como un frater- que termine su destrucción, que la gente lo quiere linchar, pero que intercederá por la paz; a cambio le promete que la comunidad de ahí en adelante lo alimentará, sellando así un conflicto que podría haber terminado fatal.


El cuento es sencillo, no guarda alegorías y pareciera que no esconde las mismas honduras que las parábolas de Jesús, pero no hay que engañarse, pues lo sencillo también puede ser complejo. En la anécdota, la figura del lobo no es baladí, pues en muchos lugares de Europa, sobre todo en épocas precristianas, se le consideraba un enemigo, una figura vesánica que encarnaba al mal. Y no es de extrañarse, pues en los pueblos agrícolas y ganaderos, especialmente en el pastoreo de ovejas, el lobo significaba un grave enemigo para la integridad de la comunidad y su economía. No obstante, los símbolos se pueden interpretar de manera dual; el lobo a su vez también tenía un aspecto sagrado, como bien atestiguan las ruinas de Tarragona en la antigua España, donde se encontraron joyas del siglo III antes de Cristo donde figuraban antiguos platos funerarios utilizados en cultos con la figura del lobo, como manifestación de poder y aristocracia. Y ni siquiera hemos mencionado al mito fundacional de nuestra civilización con la Roma de Rómulo y Remo, ambos amamantados por una loba.


Si consideramos a la figura del lobo en su múltiple dimensión con lo terrenal, no deja de ser proverbial la cita atribuida a Plauto la cual dice: «El hombre es el lobo del hombre»; o el refranero popular: “Es un lobo con piel de oveja”; o en el mundo cristiano —que es el que nos interesa—, donde es referenciado en muchos pasajes de la Biblia como el animal capaz de ahuyentar a las ovejas (los fieles) del rebaño. Y en esto mismo podría residir la potencia del mensaje franciscano: el lobo es un catalizador al representar nuestro lado oscuro, la sombra, que en términos jungianos es todo aquello que no emerge, la totalidad del inconsciente, la parte inferior de nosotros.


En su acto de domesticar a la bestia, san Francisco hace operar el auténtico milagro, menos espectacular que abrir las aguas, que multiplicar los panes o sanar a los enfermos, pero más duradero y con un efecto más catalizador, porque no involucra a un solo individuo, sino que a toda la comunidad: obliga a la colectividad a reconocer a la sombra (el lobo), y a la sombra que se integre en la luz, casi como en la figura del yin y el yang. Es en ese pacto dual que san Francisco consigue que la conciencia simbolizada por la comunidad lo asimile dentro de su seno. Pero al parecer, en los últimos mil años, los fieles no han escuchado al santo, pues se siguen depredando —más que nunca— las aguas, los bosques y los animales, utilizados como meros fines en industrias depredadoras.


En una etapa en que la Iglesia agoniza y ya casi nadie presta oídos a los santos, ¿volveremos a tratar como hermano a cada criatura viviente? Mientras no aceptemos a nuestro lobo interno, las posibilidades se ven lejanas.