Cuéntame cómo se ve un atardecer
Home » Derecho Animal  »  Cuéntame cómo se ve un atardecer
Cuéntame cómo se ve un atardecer
Por Isabel Collao

Cuéntame cómo se ve un atardecer

Tengo ahora mismo —aquí, junto a mi laptop— un libro muy esperado por mí. Se lanzó hace tres años, ni siquiera está aún en español y me llega justo cuando va en camino a ser película. ¿La estrella? Una cerda. Esther es su nombre. Su rosada nariz eclipsa con gracia cualquier detalle importante de la portada.

Conozco a Esther desde hace años por lo especial de su historia y por el mundo que se ha construido alrededor de ella en Instagram, donde puede atribuírsele sin reparos el epíteto de influencer. 


Una pequeña cerda llega a las vidas de Derek y Steve en Canadá, y el nuevo miembro de la familia, que promete ser un mini-pig, transformarse en un «perro más» y no superar los 32 kilos , cumple 18 meses de vida alcanzando casi los doscientos.


Aquí vino el punto de quiebre, cuando la pareja de padres, en lugar de deshacerse de Esther por las dificultades o la falta de espacio —cómo tantos harán y han hecho con perros y gatos que han sido «regalos de Navidad»—, adecuaron su rutina para hacerla parte de sus vidas.


Esther hizo lo que muchos animales de su especie harían si les diéramos una pequeñísima oportunidad: mostró su inteligencia, abrazó a ese par de desconocidos y los reconoció como su familia; les demostró cariño, les enseñó sus manías y encontró maneras de expresarles cuánto les importa. Lo que un animal «de consumo» puede hacer cuando a su alrededor reina la paz y se siente cómodo y capaz de mostrarse tal y cómo es, nos sorprendería a todos. Es –quizás— la única endeble barrera que sostiene la idea de que son animales que existen para ser comidos.


Derek y Steve se mudaron a una granja, dejaron de comer carne y crearon un santuario dónde animales rescatados de un pasado de explotación pasan sus días reconociendo su nuevo entorno, felices y tranquilos. ¿El nombre del hogar? Happily Ever Esther, en honor a ella.


Abro el libro y veo una pequeña fotografía de la cerdita bebé junto a un gato con la cita «La idea de que algunas vidas importan menos que otras, es la raíz de todo lo que está mal en el mundo.»


La pienso en sus fotos, con sus dos mejores amigos –un perro llamado Phill y un pavo llamado Corno—, mientras recorren la granja durante las tardes de verano o a primeras horas de la mañana después de la primera nevazón de la temporada. Esther pasa sus días en una habitación amplia e iluminada que durante estos meses está llena de luces, juguetes y un árbol de Navidad. La misma con una cama enorme y confortable dónde come helado las noches de viernes con sus padres, con Phill y con Corno. La misma dónde cientos de fotos retratan la expresión de relajo que casi se traduce en sonrisa mientras duerme a la luz del sol.


Hace unos días, una de sus fotos decía: «Fui a dar una vuelta para ver el atardecer, así cuando veo a mamá en mis sueños puedo contarle cómo es que se ve.» La frase es desgarradora, precisamente, porque es muy seguro que la madre de Esther no haya visto jamás la luz del sol ni el mundo fuera de un galpón. Y cuando admiramos el potencial de la libertad en animales como ella, gozando la vida y jactándose sin miedo de su imponente presencia, es imposible no sentir el peso de todos aquellos que jamás podrán disfrutarlo.


De cualquier manera, creo que Esther estaría tan esperanzada como yo mirando al futuro. Después de todo, su historia es ejemplo por excelencia de las maravillas que podremos crear a través de la empatía y la compasión.