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LITERATURA


Déjame entrar, entre vampiros y gatos

Por Juan Calamares

En el año 2004, el escritor sueco John Ajvide Lindqvist (1968) publicó la novela Déjame entrar, clásico contemporáneo de terror que le brindó al autor el honor de ser llamado «el Stephen King sueco», comparación no del todo justa, pese a que la obra contenga ciertas similitudes con las del maestro de Maine.
Déjame entrar aborda el tema del vampirismo a través de Eli, una niña vampiro, y su relación con Oskar, un adolescente víctima del bullying que colecciona recortes de crónica roja y juega a acuchillar a sus maltratadores escolares. Oskar, que tiene problemas de incontinencia urinaria y que debido a sus tremendas aficiones resulta demasiado excéntrico para ser encantador, conoce a Eli cuando esta se muda a la casa de al lado. Muy pronto entablarán una relación muy especial, que puede resumirse como la experiencia del primer amor con tintes de amour fou, que a la postre se volverá malsano, pues intuimos que el niño pasará a realizar las labores de servidumbre que todo vampiro requiere, a la usanza del Renfield del Drácula de Bram Stoker.
La novela transcurre en parajes gélidos, en un pueblo perdido de la Suecia de principios de los ochenta, donde aparentemente no pasa nada. Es con la llegada de Eli que se iniciará la tragedia, la sucesión de hechos grotescos que sacarán a la luz las miserias de aquella comunidad abandonada y que llenarán las páginas de esta estupenda novela, que trasciende el género de terror.
Eli, que en realidad es un ser sobrenatural con más de doscientos años de edad, como se nos revela en uno de los pasajes más intensos del libro, que nos narra su terrible conversión de niña a vampiro, llega al pueblo en compañía de un pedófilo que la provee de sangre que consigue a través de complicados asesinatos. Este hombre, cuyo pasado se explica con cierto detalle, parece ser el verdadero eje del mal de esta historia, pues el daño que ejerce no solo es repugnante, sino que existe en el mundo real. Este personaje de tintes siniestros, siente pasión por Eli (la que no deja que se le acerque, acaso por repulsión) y está dispuesto a morir por ella, tanto así que al ser descubierto en una de sus tropelías intenta inmolarse para que no puedan dar con su ama. No lo consigue y ese acto fallido da lugar al momento más terrorífico de toda la novela, escena que sus dos adaptaciones cinematográficas, sueca y norteamericana, supieron representar en todo su nivel de crueldad gráfica.
Una de las virtudes de la novela es que nos muestra horrores cotidianos como la drogadicción y el alcoholismo, este último representado de forma sui generis, pues los seres que encarnan la labor de cazavampiros son los borrachines del pueblo, los más inferiores habitantes de aquella zona deprimida por la nieve y la soledad, que en cualquier otra obra de este tipo estarían encarnados por sabios o aventureros.

De una de ellas, A medida que transcurre el relato, Eli parece recobrar esa inocencia de niña que le fue arrebatada durante su transformación. Todo gracias a la sinceridad de Oskar, aquel niño que ve en ella un ángel, una tabla de salvación para sobrevivir en aquel mundo cruel de la adolescencia, donde corrió la mala suerte de jugar el papel víctima. La relación de los niños resiste toda prueba externa, todo prejuicio, y a pesar de la crueldad subyacente en el relato, su amistad resulta conmovedora; sin embargo, no debemos olvidar que el destino final será trágico, como ocurre en toda historia vampírica, pues pese a que Déjame entrar está protagonizada por jóvenes, dista mucho de ser Crepúsculo.
El libro abunda en representaciones clásicas del mito del vampiro: se queman con el sol, pueden volar, son fuertes y solo pueden ingresar a un hogar si han sido debidamente invitados, de ahí el nombre de la novela. En este sentido, lo más interesante quizás sea la conexión con nuestros queridos gatos.
Una de las escenas más recordadas del libro y de sus versiones cinematográficas, es aquella en la que una mujer de nombre Virginia, luego de ser mordida por Eli, visita a uno de sus amigos, que comparte su hogar con una docena de gatos. Apenas pisa el departamento, los gatos detectan su maldad, se ponen nerviosos, se engrifan, le enseñan los dientes, sacan las garras y uno a uno le saltan encima para expulsarla de la casa de su humano, pues como bien nos indican las tradiciones esotéricas, los gatos ahuyentan los malos espíritus, son los protectores del hogar, los guardianes de las energías positivas y nuestros defensores de los seres de la noche.

  • REVISTA MAYO 2019

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