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EDITORIAL


EDITORIAL

El cuento de hadas es antiguo. Podemos rastrear su origen hasta el cuento de la hoguera, aquel cuento iniciático que buscaba transmitir conocimientos esenciales y explicaciones de los fenómenos naturales; aunque, en su forma concreta, habría llegado a Europa desde Asia, a través de los árabes, adquiriendo popularidad en la Edad Media. Se asoció a los niños recién en 1697, cuando Charles Perrault (1628-1703) compiló una serie de estas narraciones, incluyendo «Caperucita roja». Su adaptación tiene solo una página y acaba abruptamente cuando el lobo se come a Caperucita. Fueron los hermanos Grimm quienes, casi dos siglos más tarde, se vieron en la necesidad de incluir al cazador y el corolario feliz. Sin embargo, la moraleja ya estaba en Perrault. Carl Gustav Jung (1875-1961) observa que el cuento de hadas relata la experiencia general de toda la humanidad y enfatiza la necesidad de unificar los arquetipos opuestos. En este orden de cosas, la princesa simboliza la energía femenina, que al reunirse con el príncipe se consolida como totalidad. En «Blancanieves», el príncipe completa a la princesa con un beso; en «La bella y la Bestia» es la mujer quien descubre la bondad interior del príncipe. J. R. R. Tolkien (1892-1973) refiere que los cuentos de hadas pueden tener o no hadas, sin embargo, siempre debe estar presente la magia. Por eso, los seres que habitan sus páginas son de naturaleza feérica. Los enanos son los gnomos que viven en el mundo invisible, aquel mundo del espejo, que en épocas remotas podía traspasarse. Ellos son los responsables de proteger el tesoro que el héroe obtendrá solo cuando haya completado su viaje. El tesoro, sin embargo, no es la riqueza material, sino su propia alma construida con el sacrificio. Los animales de los cuentos de hadas también son potencias. El gato simboliza la pereza; el perro, la fidelidad; el lobo, la astucia; el búho, la sabiduría; el león, la valentía (para C. S. Lewis [1898-1963], acostumbrado a lo alegórico, es el propio Jesucristo). Para Jorge Luis Borges (1899-1986), el hada también es peligrosa: «Una vez satisfecha su pasión, puede dar muerte a sus amantes». Ese mismo horror, presente en todos los cuentos de hadas, será el elemento esclarecedor de las dudas espirituales del niño que, gracias a ese primer asombro, obtendrá una explicación satisfactoria del mundo que lo rodea. El posmodernismo rechaza la interpretación simbólica del cuento de hadas, pues no concibe una metafísica inherente al ser humano y en su afán deconstructivista aplica diversos lentes deformantes para desactivar su carácter de psicodrama. El cuento de hadas, sin embargo, se resiste al enfoque tendencioso, pues su fuerza es telúrica y en sus entrañas acumula toda la sabiduría de la humanidad. En este número de La gata de Colette hablamos de cuentos infantiles, de animales fantásticos y de relatos animalescos que, de alguna manera, beben del cuento de hadas. También hablamos de Rocinante, el fiel caballo de don Quijote, y de las bestias en la obra de William Shakespeare. Y es que el veintitrés de abril se celebra el Día Internacional del Libro, en conmemoración a la muerte, en 1616, de estos dos titanes. Y no, no murieron el mismo día.

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