El caso de Emma
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El caso de Emma
Por Andrea Orellana DB
«La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la manera en que se trata a sus animales» 


Mahatma Gandhi

A diario nos enteramos por los medios de comunicación y redes sociales, de casos de maltrato animal en distintas partes del mundo y de nuestro país. La gran mayoría de ellos nos producen unos minutos de tristeza y rabia, pero luego los olvidamos. Los relegamos porque, por una parte, no hay nada que podamos hacer salvo indignarnos, y por otra, por razones de salud mental. Pero algunos nos causan tanta indignación que decidimos movernos de nuestros asientos, unirnos con otras personas que sienten igual y darlos a conocer. Son esos los casos que llegan a tribunales, con su aún limitado alcance, y que incluso conmueven a aquellos que no sienten una particular empatía por los animales. 


 En esta columna nos referiremos a uno de esos casos, el de Emma, una pequeña gata que alcanzó a vivir poco más de un mes y que en ese corto tiempo, debió conocer la tortura, el dolor y la muerte. 


El día 26 de octubre de este año, dos preadolescentes de Colina decidieron divertirse a costa del sufrimiento de un pequeño animalito. Emma fue quemada con una plancha de pelo, lanzada desde un tercer piso, aplastada y estrangulada por una niña de trece años, mientras su amiga de doce (dueña de la gatita) filmaba con su celular. Una tercera joven, cuya participación aún no está clara, decidió publicar en redes sociales el video que le había sido enviado por sus amigas, logrando con ello que se hiciera público y se viralizara en poco tiempo. Erika Moreno, animalista que no vive en la comuna en que ocurrió el hecho, logró contactarse con una conocida de las autoras, quien le entregó a la gatita, la llevó a una clínica veterinaria, y pese a todos los esfuerzos realizados, no fue posible sacarla de la grave condición en que se encontraba, por lo que murió el día 31 de octubre. 


Las reacciones no se hicieron esperar. Las redes sociales se inundaron de opiniones que solo reafirmaron lo que el hecho mismo había dejado en claro: los niveles de creciente violencia de nuestra sociedad. El debate, en general, partía de una argumentación ética que pone a los seres humanos por encima de los animales, tanto por parte del «animalismo» clásico, que califica al animal no humano como nuestros «hermanos menores», como por parte de aquellos que esgrimen el argumento religioso o moral de superioridad humana incuestionable. 


El segundo grupo, señalaba que aquí el foco debía ponerse en las dos niñas, en su contexto de vulnerabilidad social y afectiva, y en la supuesta enfermedad siquiátrica de la maltratadora (no tocando nunca la evidente condición perturbada de la niña que graba el video). Efectivamente, todos esos elementos pueden estar presentes en un crimen, pero solo un problema de salud mental demostrable es eximente de responsabilidad penal en el caso de ser un humano la víctima. Acá se conjugaban entonces otros elementos; en primer lugar, ambas niñas, por tener menos de catorce años, son inimputables para nuestra legislación, y por lo tanto no susceptibles de ser juzgadas bajo el artículo 291 bis del Código Penal chileno, que sanciona el maltrato animal. En segundo lugar, la pena máxima a la que se puede aspirar cuando la sanción puede ser aplicada, es de tres años y un día, y para conseguirlo se requiere que los testigos reaccionen de forma inmediata cuando presencien o sepan de un delito de maltrato animal. 


Y en este último punto entra el primer grupo. El desconocimiento de las leyes está extendido entre muchos de los que se hacen llamar animalistas. No tenemos policías encargadas de perseguir específicamente la crueldad con los animales, sino una brigada que entre otros delitos considerados como «medioambientales» debe incluir el maltrato animal. Vamos, entonces, a la falta de capacitación, educación y recursos para hacerse cargo de un tema que debería ser inculcado desde la primera infancia, como única forma de combatir comportamientos que pueden estar ocurriendo en el entorno cercano (familia, barrio, etc.) Así como se enseña a los niños a empatizar con sus «iguales», se debe lograr que empaticen con sus «diferentes», siendo capaces de ponerse en el lugar del otro de manera efectiva. 


Esto nos lleva a un tema más complejo y que segrega al mundo del animalismo. ¿Por qué debemos aprender a empatizar con algunos animales y naturalizar el sufrimiento de otros? ¿No sería más fácil evitar la relativización moral que se establece respecto al valor de la vida animal? Y es que muchos dentro del mundo de la defensa de los animales, se limitan a mostrar el sufrimiento de los animales de compañía, pero prefieren no ver el de los animales definidos como productivos. 

Como conclusión, el caso de Emma debería hacernos reflexionar sobre varios puntos. En primer lugar, no podemos repudiar la violencia que se ejerció en su contra legitimando el mismo nivel de violencia contra los maltratadores de animales, pues nos convertimos en lo mismo que estamos rechazando; estos, sin duda, deberían recibir una sanción ejemplificadora, prohibiéndoseles —por ejemplo— el volver a tener animales por el resto de sus vidas. En segundo lugar, deberíamos preguntarnos si lo que entendemos como tenencia responsable de un animal es realmente responsable (esterilización, visitas médicas, resguardo de los peligros, etc.) Y en tercer y último lugar, entender que los animales que comemos sienten el mismo dolor y sufrimiento que nuestros animales domésticos. No queremos ver más casos como el de Emma, pero siguen ocurriendo todos los días, y por lo mismo se requiere un cambio radical en nuestra forma de mirar a los animales. Que el sufrimiento de una pequeña gatita inocente, nos ayude a entender que son muchos los pasos que debemos dar, de manera cohesionada y con un marco ético único, para alcanzar ese objetivo: el respeto genuino de nuestra sociedad por los animales.