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CINE


EL GATO CONOCE AL ASESINO (THE LATE SHOW)

(LOS GATOS JAMÁS OLVIDAN)

Por Gervasio Navío Flores. Escúchalo en podcast La Gran Evasión.

«Esta maldita ciudad no cambia, solo cambian los nombres, nada más…».
Ira Wells está fuera de lugar: su ciudad ya no lo reconoce; Los Ángeles de mediados de los setenta ya no es sitio para un sabueso chapado a la antigua, su tiempo ha pasado. Está viejo, medio sordo; cojea como un pato malherido, gracias a una pierna a la funerala, regalo de un escarceo de plomo y juventud; tiene sobrepeso; operado dos veces de una jodida hernia, toma Alka-Seltzer sin parar, otra antigua herida de aquellos años de licor en blanco y negro; ahora, una botella de Bourbon y la niebla de los recuerdos, lo esperan cada noche en un cajón, junto a su cama.
Sobrevive en una habitación alquilada en casa de la anciana y respetada señora Smith, por cuarenta y dos dólares al mes. Ese habitáculo minúsculo es el reflejo de su vida: trajes arrugados; viejas fotos de tiempos mejores; la tele encendida, pero nadie mirándola; un par de camisas blancas; algunos trastos guardados entre trapos y poco más; casi un anciano, casi feliz. Siguiendo las serpenteantes arrugas de su cama deshecha se adivina una vida, en la que ya se vislumbra el final del camino, el último show que representar…
Ira Wells es detective privado, uno de la vieja escuela. Es el mejor, todos lo saben: es listo, no se deja engañar; recibe un encargo y persigue el rastro hasta dar con la verdad. Sabe defenderse, es el tipo al que había que recurrir cuando se complicaba la cosa, cuando había que averiguar algo,

que investigar asuntos sucios, sin aspavientos, discretamente, asuntos importantes, casos que pocos pueden desentrañar. Ira Wells era el mejor…pero eso fue hace mucho tiempo.
Una ajada cartulina verde con el título de Detective Privado es lo que queda de entonces: el peso de los años lo aplasta. Ira Wells es un buen tipo, consciente de que ya ha vivido los mejores años de su vida.
Una tarde cualquiera está tranquilo en su habitación, hojeando un diario, confortablemente apoltronado en su vieja silla, casi tan desvencijada como él. Llaman a la puerta, es la señora Smith: «Señor Wells, tiene una visita».
Lo vemos levantarse trabajosamente, arrastrar esa maltrecha pierna hasta la puerta, abrir y reconocer a su viejo camarada, a Harry Regan, un compañero de verdad, de los de entonces, de los viejos tiempos, cuando eran un par de polis novatos, cuando decidieron ganarse la vida por su cuenta, cuando esta ciudad estaba llena de gente que necesitaba de sus servicios. Buenos tiempos. Harry también está envejecido, otro perdedor perpetuo en busca de una oportunidad.
Ira le devuelve la mirada: «¿En qué nuevo lío te has metido ahora, Harry?». Su amigo tiene el rostro contraído, algo va mal, aprieta su gabardina contra el estómago, intenta hablar y un esputo de sangre y muerte salen de su boca.
Harry Regan muere en la cama de Ira Wells: ha caminado varias manzanas con un disparo a quemarropa —en la barriga, un .45— hasta llegar al cuartucho de su antiguo camarada, apenas escuchamos sus últimas palabras, un susurro: «Íbamos a ir a medias, dinero fácil, lo que siempre habíamos esperado… tú y yo…».
Ira mantiene la calma, tiene experiencia, ha visto a muchos hombres morir así, sabe lo que significa un disparo en el estómago: «Tranquilo, amigo, encontraré al hijo de perra que te ha hecho esto…».
La siguiente situación nos lleva a un cementerio de Los Ángeles, al de Hollywood en concreto. Ira despide a un viejo compañero, no hay mucha gente: estos tipos solitarios, que husmean en los asuntos sucios de gente respetable por veinticinco dólares al día más gastos, no son muy populares.
La chica entra en escena: una muñeca con aires hippies y una lengua incontrolable; viene acompañada de otro personaje pintoresco, un vividor, un perdedor que conoce las calles y saca tajada de lo que puede, cuando puede… Es Charlie Hatter. La chica quiere contratar a Ira Wells: se han llevado a su gato, han secuestrado a Winston.
«No me fastidies, Charlie, yo no me ocupo de esas cosas, déjame tranquilo, muñeca…». Ira va rumiando el asesinato de Harry: por algo es el mejor. No le encaja la aparición de Charlie, sabe que no es casualidad que se haya presentado en el funeral con esa muñeca y su absurdo encargo. No tarda en averiguarlo: su amigo Harry fue el primero en encargarse del asunto y recibió un balazo en las tripas.
No parece un tema baladí, habrá que investigarlo. Apenas hay pistas, solo un testigo, un felino desaparecido. El gato conoce al asesino.
Así comienza esta apasionante película del norteamericano Robert Benton (1932), todo un homenaje, un réquiem por el cine negro, por los viejos tiempos, una mirada socarrona y nostálgica, dedicada a todos esos Philip Marlowe y Sam Spade, surgidos de las teclas furiosas de Raymond Chandler, Dashiell Hammett, James M. Cain…frescos de una sociedad en blanco y negro. Unos tipos debajo de un sombrero que destilaban porte y seguridad; el cigarrillo colgaba de sus labios; el revólver en el bolsillo de la gabardina; no pestañeaban cuando los encañonaban; se movían por los bajos fondos como pez en el agua; tipos duros salidos de las páginas más brillantes de la literatura negra y de los mejores talentos de los viejos estudios de Hollywood… Tipos como Ira Wells.
Con esta premisa, el gran Robert Benton desarrolla esta historia/homenaje al cine negro, tan rocambolesca y melancólica como sarcástica. Es un vistazo a un grupo de outsiders que te hace reír e incluso contener alguna lagrimilla, mientras este viejo zorro plateado da su último show, porque Ira Wells es Art Carney (1918-2003), su intérprete. El viejo actor se confunde con el viejo detective, es un trasunto de todos los sabuesos de las vetustas películas negras, que te transportaban a esa ciudad de cómic, Los Ángeles, repleta de miserias y grandezas por igual. En este año, 1977, ya había fallecido el cine negro como tal, destellos de luz como Chinatown (Roman Polanski, 1974) o este mismo El gato conoce al asesino, eran eso: fogonazos que certificaban una defunción.
Robert Benton es un espléndido guionista y director, con títulos excelsos, que forman parte de nuestra retina cinéfila, no solo Kramer vs. Kramer (1979), también hay que reivindicar En un lugar del corazón (1984), Al caer el sol (1998), o tantos otros y, sobre todo, El gato conoce al asesino, que hoy ilumina los ojos de una gata inquieta.
Esta película no es solo una sentida ofrenda a ese cine negro con el que creció Robert Benton; es su proyecto personal, que escribe y dirige con las tripas, tal y como lleva la investigación Ira Wells: con astucia, con sapiencia, con rigor, dando, sin rencor, algún que otro puñetazo en el bajo vientre de un matón irrespetuoso.
«Solo son negocios, no es nada personal».
Wells y Benton actúan siempre de cara.
Asistimos a esa investigación minuciosa pegados a los talones del detective, viajando en autobús, recibiendo algún trompazo que otro, con disparos y persecuciones no muy limpias pero emocionantes, con ramalazos hippies, histriónicos, de un gánster de medio pelo, que vende baratijas robadas y al que su mujer pone los cuernos con igual impunidad. Un recorrido por la parte oscura de la ciudad de las luces, con tiempo incluso para un amago de último amor, como el Late Show del título, una última oportunidad de compartir lo poco que te queda con una muñeca de armas tomar: «Ira, no me llames muñeca…».
Vemos surgir ese conato de amor entre el otoño y la primavera, entre el viejo Ira y la aspirante a todo, Margo Sperling (una brillante Lily Tomlin), que busca a su gato, entre sesiones de psicoanálisis y algún que otro canuto. Hay complicidad entre ellos, forman un equipo sin rival: un viejo detective averiado y un bomboncito; los dos juntos —experiencia y suspicacia— resuelven una trama retorcida y enrevesada, a rebosar de dólares manchados de bajezas humanas. «El apartamento contiguo al mío está desocupado, podría soportar la compañía…».
Un sabueso pasado de moda y una desequilibrada, vaya combinación.
«Soy un solitario…Siempre lo he sido; de pequeño lo era y cuando me casé, continué siéndolo… No me gusta hablar demasiado, te lo agradezco, pero no creo que resultase…».
Volvemos al cementerio de Hollywood, a completar el circulo; otra despedida. Un anciano y una hippie deslenguada caminan hasta un banco, esperan el autobús; en el respaldo del asiento vemos la publicidad del museo de cera, con los grandes monstruos del pasado, del cine de nuestra niñez, posando estúpidamente en una sala mal iluminada. Vaya metáfora: monstruos caducos como Ira, un vestigio de otra época.
«¿Sigue vacío ese apartamento…?».
«No sueltas prenda, Ira. Necesito saber qué piensas de mí».
«¿Te causaría algún trauma ponerte de vez en cuando un vestido, como Dios manda…?».
Mientras entra la banda sonora de Kenneth Wannberg y el jazz salpica mis sentidos, whisky en mano, dejando que el humo del cigarrillo baile sensualmente con la tibia luz de mi soledad, sonrío. Dejo a esta pareja imposible, me despido de estas dos almas gemelas, dos seres solitarios. Un gatito los espera pacientemente, sin reproches, en un destartalado apartamento. Los gatos jamás olvidan.
Se habla demasiado en este cochino mundo.

  • Revista Marzo 2019

    Cine de culto

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