El loco de los gatos
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El loco de los gatos
Por Jesús Callejo Cabo

Nacer con el labio leporino no ayuda mucho ni en la estética ni para relacionarse con los demás niños. Notaba sus miradas sobre mi labio y no en mis ojos. Tuve todas las papeletas para convertirme en un niño raro e inadaptado. Bueno, creo que lo fui. Era el único varón en una familia de cinco hermanas.

 

Mis padres no me enviaron a la escuela hasta que cumplí los 10 años de edad.

 

—Louis, hijo, expresa tus ideas y tus emociones en estos cuadernos —me dijo mi madre cuando me entregó unas libretas y unos lápices de colores al cumplir los 6 años.

 

Hasta que puede ir al colegio me entretuve pintando, leyendo, paseando por el campo, observando la naturaleza y, sobre todo, los animales que en ella habitaban. Y yo los dibujaba. Me encantaba plasmar en sus más mínimos detalles a todos los bichos que volaban o reptaban.

 

Y no lo hacía mal.

 

Cuando por fin supe cuál era mi verdadera vocación y tuve la oportunidad de inscribirme en la Escuela de Arte de mi ciudad, logré darme cuenta de los defectos de mi técnica y mejoré. Mejoré mucho, hasta el punto de que, con el tiempo, me convertí en uno de los profesores.

 

Me dejé bigote y de esta manera quedaba disimulado mi labio superior. Y dejó de importarme ese defecto y dejó de importarles a los demás.

 

Mi estilo fue cambiando con el tiempo. Conseguí algo difícil: un estilo propio e independiente.

 

Mis animales se reconocían al momento y no solo por mi firma. No me gustó adscribirme a ninguna corriente o movimiento artístico del momento, como hacían mis compañeros. Me parecían muy convencionales. Lo sé porque yo fui convencional en mis inicios hasta que me di cuenta…

 

Mi padre murió. Conocí a Emily, una preciosa mujer que trabajaba de institutriz en mi casa enseñando a mis hermanas. Y pronto dejé de ser profesor. Me independicé de mi familia y de mi Escuela de Arte.

 

Se me daba bien dibujar y pintar paisajes tanto urbanos como rurales. Y también perros, granjas y árboles. De hecho, en algunas ferias agrícolas, me encargaron carteles promocionales en los que ilustraba ganado de diversas especies.

 

Encargos que me daban de comer.

 

Y no lo hacía mal.

 

Me casé con Emily. Yo tenía 24 años y ella diez años más. No me importaba. A los que sí les importaba esta ridícula diferencia de edad era a parte de mi familia y a la sociedad mojigata que no veía con buenos ojos este matrimonio. Me dio igual. Juntos forjamos —o, mejor dicho, dibujamos— unos proyectos vitales. Dibujé mucho para galerías, para ferias, para revistas, para particulares.

 

En mis ratos libres, en los momentos más creativos, prefería dibujar mis animales.

 

Una noche de tormenta, Emily y yo encontramos en la calle un gatito blanco y negro que maullaba refugiándose de la lluvia. Le miramos, nos miró y supimos que estaba destinado para nosotros. Le llamamos Peter. Y lo dibujé. Vamos que lo dibujé.

 

Y no lo hacía mal.

 

Cuando mi esposa cayó enferma fueron tiempos difíciles. Se le manifestó un cáncer de mama, justo a los tres años de casados. La llevé a los mejores especialistas, la acompañé en todo momento y la animé con lo mejor que yo sabía hacer: dibujar a nuestro gato, Peter, en actitudes cómicas para hacerla reír. Y lo conseguí.

 

Mi mundo imaginario estaba habitado por gatos cada vez más listos, más antropomorfos, más gamberros, más extravagantes, más excéntricos.

 

Peter, nuestro gato real, y mis gatos pictóricos fueron un claro apoyo psicológico para Emily durante su corta enfermedad. A menudo, me sentaba en la cama junto a mi esposa y comenzaba a dibujar a Peter en diversos ángulos y retratándolo de las maneras más grotescas que se me ocurrían. Incluso le ponía gafas. Y Emily reía. Y yo veía que mis dibujos, de alguna manera, tenían una función terapéutica.

 

Inspirado por Peter, lo seguí dibujando a nivel profesional. Emily me pidió de manera insistente que llevara esos dibujos a diferentes revistas y publicaciones periódicas. Y algunas me los publicaron. Recibía encargos pagados para que siguiera pintando gatitos en situaciones ridículas y estrafalarias.

 

Emily me decía que era demasiado confiado y me reprochaba que aceptara sin discutir las ofertas que me hacían, no muy beneficiosas para la cantidad de horas que dedicaba a hacer esos dibujos.

 

Y no lo hacía mal.

 

Mis amigos me decían que estaba obsesionado. ¿Obsesionado yo?

 

No era esa la palabra. Estaba fascinado porque sabía, de manera intuitiva, que en los gatos está la auténtica sabiduría.

 

El ser humano encuentra en los perros una forma sumisa de obediencia y afecto. Se requiere de mayor tolerancia, comprensión y apertura intelectual para convivir con un ser que piensa y actúa por cuenta propia. Los gatos son seres mágicos.

 

¿Cómo nadie, salvo quizás los antiguos egipcios, no se ha dado cuenta de que en la mirada de un gato, en su forma de caminar, en el color de su pelo —e incluso en sus ronroneos— se esconde un profundo secreto?

 

Emily no pudo superar su enfermedad. De nada sirvió el tratamiento. Falleció y yo caí en una terrible depresión. Descendí a los infiernos para darme cuenta de que o también moría yo o resucitaba como un nuevo ser, un nuevo pintor, un nuevo Louis.

Me di cuenta de que Peter ya no era Peter, un simple gato callejero, y que ahora Peter era mi gato fetiche que me serviría de conexión para acercarme más a ella, a mi querida Emily.

 

No quise volver a casarme. Peter se volvió mi fuente de inspiración, mi confidente, mi compañero, mi amigo más íntimo.

 

Y sí, reconozco que dibujé más gatos, muchos gatos.

 

Gatos realistas, gatos futuristas, gatos indecorosos, gatos caricaturescos.

 

Fue en ese momento cuando comencé a representar a mis gatos con características más humanas, caminando como personas, vestidos de manera elegante y con expresiones poco felinas.

 

Iba a las plazas públicas y a los restaurantes para realizar bocetos en mi cuaderno, hacía esbozos de gente como si fueran felinos que actuaban como humanos.

 

En mi abatimiento, ese era el medio por el cual intenté ridiculizar a la sociedad inglesa de mi época.

 

Sí, me encantaba representar gatos en diferentes posturas y actitudes: fumando o leyendo o bebiendo té o saludando o jugando al golf.

 

Y no lo hacía mal.

 

La soledad es una fiera terrible. Decidí vivir en casa de mi madre junto con mis hermanas, haciéndome responsable de llevar el dinero al hogar y abastecer a la familia.


No solo me contenté con dibujar y colorear mis gatos. También los moldeé en cerámica y lo hice a mi manera, con mi estilo propio. Eran mis gatitos tridimensionales con vivos colores y poniendo mi firma en cada uno. Parecían gatos, pero no eran exactamente gatos.

 

Mi familia se comenzó a preocupar por mi salud mental. Exageraban. Yo me sentía bien, aunque sufría de ciertos mareos y de vez en cuando tenía ataques de ansiedad.

 

Reconozco que la situación económica iba de mal en peor. No lograba vender ni todas las ilustraciones ni los gatos de loza necesarios para vivir con una cierta comodidad en nuestra casa londinense.

 

Muchos gatos, pero muy pocos ingresos.

 

Pintaba por encargo lo que fuera. Mi nombre era reconocido. Me invitaban a fiestas y actos públicos. Ilustré libros infantiles y calendarios en los que intervenían animales domésticos, trabajo ideal para mí.

 

Y de verdad que no lo hacía mal.

 

Decidí irme a Nueva York para ver si mi suerte cambiaba, para comprobar si allí mi arte era mejor recompensado con unos mayores ingresos, gracias a un contrato con los periódicos de la Hearst Communications. Mis historietas de gatos de ciudad no acabaron de cuajar. Mis ilusiones quedaron frustradas. Regresé de Estados Unidos antes de lo que yo esperaba, más desilusionado y más arruinado.

Mi mundo se teñía de grises opacos. Empecé a tener problemas para distinguir la realidad de mis propias fantasías. Veía cosas que el resto de mis hermanas decían no ver. Caminaba solo por las noches, buscando algo que no sé definir.

 

Y se empezaron a producir más ausencias en mi familia.

 

Mi hermana menor, Marie, fue internada en un psiquiátrico por delirios y allí falleció al poco tiempo. Y más tarde murió mi madre y luego mi hermana mayor, Caroline, por una maldita gripe en medio de la Gran Guerra que asoló a media Europa.

 

Además, un torpedo alemán hundió el barco que transportaba muchos de mis gatitos de cerámica a Estados Unidos.

 

Mi angustia y ansiedad me sumieron en un oscuro pozo que me impidió pintar y modelar durante un tiempo a mis gatitos. Estaba muy unido a mi querida Caroline. Era ella quien me comprendía y tomaba las decisiones en la casa. Era la que se encargaba de administrar la exigua economía con lo poco que yo podía aportar con la venta de mis cuadros y lo que me pagaban por mis ilustraciones en libros de cuentos y revistas.

 

Es verdad que estas muertes tan cercanas me llegaron a hundir anímica y moralmente.

Es verdad que me volví más taciturno. Más retraído y más agresivo.

Es verdad que me expresaba mejor pintando que hablando.

Es verdad que hubo un momento en que mis conversaciones empezaron a ser incoherentes, intentando imitar el lenguaje de los gatos.

 

Y es verdad que hubo un momento en que a los gatos ya no los veía como gatos. Yo veía más allá de su mero aspecto físico. Veía su aura. Veía el alma pura del gato, su auténtica esencia. Los pinté rodeados de halos de distintos colores y con una explosión de radiaciones cargadas de luz y sonido. Yo los veía así. Los oía en mi mente e intentaba reflejar con mis pinceles la energía que desprendían.

 

Mis gatos me pedían ser dibujados, pero no como lo haría cualquier colega mío. No.

Recuerdo estos últimos años de manera un tanto borrosa. Volví a caer en una terrible depresión. Tenía alucinaciones. Me medicaron y creo que mostré bruscos cambios de humor. No recuerdo bien. Prefería la compañía de los gatos a la de los seres humanos.

 

Lo que sí recuerdo es haber acusado a mis hermanas de robarme el dinero o de malvender algunos de mis cuadros.

 

Recuerdo vagamente que no me gustaba la distribución de la casa, me parecía poco armónica, y empecé a mover muebles a distintas horas del día y la noche para alejar espíritus enemigos que me estaban acechando, que se escondían en el interior de algunos muebles y que querían hacerme daño. Menos mal que mis gatos me protegían, aunque Peter ya no estaba allí.

 

Lo que mejor recuerdo es que seguí dibujando formas gatunas, pero ya no eran gatos. Ya os lo he dicho. Eran animales sagrados con formas angulares, gatos geométricos, gatos psicodélicos.

 

Mis gatos iban sufriendo metamorfosis, como yo. Sobre todo, en sus miradas. Quería que sus ojos reflejaran su angustia o su desafío. Y tal vez eran mis angustias y mis desafíos ante la vida que tenía por delante. Utilicé colores más fuertes porque quería que sus rasgos se difuminaran en una infinidad de formas abstractas, de curvas y de fractales.

 

Y no lo hacía mal.

 

Esos ojos… Os revelaré una confesión muy íntima. Mis gatos, una vez pintados, cobraban vida, lo sé, y me susurraban cosas al oído. Me ponían en contacto con Emily, con mi madre, con Marie, con Caroline.

 

Cada noche mis pinceles eran antenas y mi paleta de colores era mi código para que cada gato llevara un mensaje de amor a mi querida Emily.

 

Acabaron internándome en un hospital psiquiátrico, dicen que por agredir a una de mis hermanas; dicen que por decir cosas extrañas. Yo no lo recuerdo así.

 

Fueron ellas y los espíritus los que me agredían a mí y nunca entendieron ni mi arte ni mi forma de expresar la realidad.

 

Mi vida se ha limitado desde entonces a pasar de un hospital a otro. Así llevo muchos años. Eso sí, siempre en compañía de mis gatitos. A todos ellos les he puesto nombre, pero no os los puedo revelar, pues sus nombres serán siempre secretos.

 

Me decían que estaba loco. ¿Qué entenderán mis hermanas y los médicos por locura?

 

¿Acaso dibujar gatos de manera constante es estar privado de la razón? Qué sabrán ellos de todo lo que me han comunicado mis gatos sobre la vida, sobre el mundo y sobre la muerte.

 

Algunos pacientes de este hospital en el que ahora me encuentro me dicen que mis gatos se mueven en el lienzo y que parecen venir de otro planeta. No están muy desencaminados. Lo malo es que ellos sí que están locos.

 

Espero salir pronto de este lugar, espero que este cuaderno no desaparezca para siempre en la bruma del olvido porque aquellos que miren a los ojos de mis gatos verán que realmente no son gatos. Cuando observen esos ojos, comprenderán los profundos secretos del universo que tal vez solo los antiguos egipcios llegaron a entender y por eso momificaron a sus gatos.

 

Y no lo hacían mal.

Nota del traductor:

Este manuscrito fue encontrado de esta manera, sin firma, dentro de un sobre manila junto a un extraño dibujo. Fue localizado entre los dosieres y libros de un médico psiquiatra, el doctor Smith, cuya clínica estaba en la localidad de Hertfordshire. Se atribuyó su autoría al pintor británico Louis Wain (1860-1939), aunque algunos especialistas no están totalmente seguros de que sea así y opinan que es un texto apócrifo que le quieren adjudicar.

 

Lo que sí se sabe es que las hermanas de Wain lo internaron en 1924, a la edad de 64 años, en el Springfield Mental Hospital, un sanatorio para enfermos mentales con pocos recursos económicos. Sin embargo, Louis Wain era ya lo suficientemente conocido en ese tiempo como para que su precaria situación se hiciera pública y, entonces, el primer ministro inglés de la época gestionó su traslado al Napsbury Hospital, al norte de Londres, un sitio mucho más decoroso y confortable con extensos jardines… y con gatos.

 

Louis Wain pasó los restantes quince años de su vida recluido en esa institución, donde siguió pintando extraños gatos hasta su muerte. Lo llamaban «el loco de los gatos». Los expertos en arte han reconocido que su serie de gatos en estos últimos años siguen una secuencia y que poseen una coherencia. No son pocos los que creen que esconden un código oculto que aún no ha sido descifrado.