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LITERATURA


El uruguayo que hizo hablar a los habitantes de la selva

Por Marietta Santi

Horacio Quiroga amaba la naturaleza salvaje y empapó de ella su obra literaria. Sus Cuentos de la selva dan protagonismo a loros, flamencos, rayas, venados y tortugas, entre otras especies, algo impensado en la época en que le tocó vivir.

El año pasado, Cuentos de la selva cumplió cien años desde su primera edición. Período en que, sin ninguna duda, el libro ha gozado del aplauso de varias generaciones que a través de sus páginas han ampliado su imaginario sobre la naturaleza. El mundo ha cambiado mucho en un siglo, pero no lo suficiente como para que este texto —poblado de animales selváticos— deje de ser la puerta de entrada a los misterios de la naturaleza salvaje.
        Su autor fue Horacio Quiroga (1878-1937), un uruguayo flaco y de barba hirsuta perseguido por la muerte desde muy temprana edad: su padre murió en un accidente, su padrastro y su primera esposa se suicidaron, él mismo mató accidentalmente a un amigo y, finalmente, terminó con su vida a los 58 años.
        Atormentado, sensible y de trágico destino, Quiroga amó entrañablemente la selva sudamericana, que conoció en 1903 cuando acompañó al poeta Leopoldo Lugones a una expedición a Misiones. Reclutado como fotógrafo por el argentino, tuvo que documentar las ruinas de las misiones jesuitas, fascinándose por el entorno.
        Atraído por ese paisaje, lo eligió para vivir allí años después junto a su primera esposa, la joven Ana María Cirés. Allí crio a sus dos hijos mayores, cultivó yerba mate y levantó una casa con sus propias manos. Después del suicidio de Ana María regresó a la ciudad, pero no para siempre: casado por segunda vez, se instaló en Misiones de nuevo en 1932.
        Dedicado al cuento breve, del que fue maestro, dejó que su creatividad se impregnara de la exuberante naturaleza donde, al parecer, encontraba calma.

      Juan Carlos Onetti (1909-1994), destacado escritor y coterráneo de Quiroga, señaló: «Todos los cuentos de Quiroga, cualquiera fuera su tema, están construidos de manera impecable. Pero debo señalar que aquellos que se sitúan en Misiones están impregnados del misterio, la pobreza, la amenaza latente de la selva».
      Sobre los Cuentos de la selva, el mismo Onetti afirmó con motivo de su cincuentenario: «Son cuentos tremendos escritos sin tremendismo, cuentos para niños inteligentes que delatan una escondida y rebelde ternura».
     En el libro, de 112 páginas, Quiroga repasa la vida desconocida de los animales no humanos y su relación con las personas. Los ocho cuentos que lo componen destilan humor, drama y cierta cuota de escepticismo.
      Hay historias de amistad y gratitud entre especies distintas. En «La tortuga gigante» una tortuga salva a su amigo humano enfermo, que antes la había rescatado a ella; en «El paso del Yabebirí», las rayas (tipo de pez) de agua dulce conspiran para proteger del ataque de los tigres a un hombre malherido, que antes las defendió de los pescadores; en «El Loro Pelado» un lorito doméstico es atacado por un tigre al que luego repele junto a su dueño humano; y en «La gamita Ciega», una pequeña cierva es picada en los ojos por las abejas y su mamá recurre a una persona para sanarla.
      «Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre» marca la cumbre de la relación hombre-animal: un coatí decide reemplazar a su hermano, que había sido criado por dos niños, solo para que estos no sufran.
      Por último, los relatos «La guerra de los yacarés», «Las medias de los flamencos» y «La abeja haragana» entregan otros puntos de vista. El primero cuenta la lucha que realizan los yacarés por conservar su hogar; el segundo explica de manera fantástica el color de las patas de los flamencos, y el tercero narra la epopeya protagonizada por una abeja que fue exiliada de su colmena por no querer trabajar.

Adelantados a su tiempo

La primera edición del libro vio la luz en 1918 con el título Cuentos de la selva para los niños, editada por la Sociedad Cooperativa Editorial Limitada, en Buenos Aires. Sin embargo, los cuentos que lo conforman habían sido publicados desde 1916 en revistas (como Caras y Caretas) y semanarios bonaerenses.

        La prosa de Quiroga era expresionista, en una época atravesada por el modernismo. También se sumergió en las temáticas fantásticas, como buen admirador de Edgar Alan Poe.
        Llama la atención la crítica social implícita en Cuentos de la selva, que se refiere no a un sistema en particular, sino simplemente a lo que sucede cuando un grupo de seres humanos se reúne. En los relatos, los humanos juntos son sinónimo de matanza animal, malas intenciones y cobardía. Sin embargo, los hombres solitarios y alejados de las comunidades son aliados naturales de los habitantes de la selva.
        Ellos, los parias —siempre del género masculino, por lo demás—, aceptan y viven bajo las reglas de la naturaleza, uniéndose muchas veces a sus vecinos animales para enfrentar la brutalidad de los humanos asociados.
        Es cierto que hay antropomorfización en la mayoría de los cuentos y una manera de enfrentar las problemáticas desde la óptica de los animales humanos, pero no hay que olvidar que se trata de literatura de principios del siglo XX, cuando ni se asomaba la problemática del especismo en la discusión pública.

        Los animales (peludos, con plumas o escamas) son los grandes protagonistas en Cuentos de la selva y eso ya es un aporte importante al imaginario de los lectores. Quiroga hace que los personajes de sus escritos sientan amor de diferente tipo (gratitud, lealtad), lo que vendría a ser un adelanto de lo que hoy es materia sabida: los animales no humanos son seres sintientes, se reconocen, saben del dolor y del gozo, recuerdan, en fin.
        Lo de Horario Quiroga no fue una postura filosófica o política, sino una forma de vida. Era feliz en la selva, plantando y tomando mate, inventando emprendimientos que no funcionaban, volviéndose cada vez más enjuto y moreno. Algo dentro de sí lo arrastraba a insertarse en la naturaleza indómita, a vivir con sus reglas y alejarse de las formas civilizadas. A su primera esposa, por ejemplo, la obligó a parir en una choza.
        ¿A qué se debe la vigencia de esta obra de Quiroga? Difícil pregunta. ¿Será que el llamado de la naturaleza late aún dentro de cada ser humano?, como dice el dramaturgo argentino Gastón Marioni, quien escribió y dirigió una versión de Cuentos de la selva en clave musical en el Teatro Municipal Coliseo Podestá, de La Plata, en 2018: «Me parecieron más que oportunos los universos que despliega, en tanto cualidades, valores e idiosincrasia en tiempos de tanta globalización, individualismo y sectarismo».

  • REVISTA MAYO 2019

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