El vuelo de los dragones
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El vuelo de los dragones
Por Luis Saavedra

Hubo un tiempo en que los dragones no eran tan populares ni tan simpáticos como ahora. La sola existencia de Drogon, Viserion y Rhaegal, de la serie de televisión Juego de tronos (2011-2019), levantó tal furia de popularidad mainstream que no hay serie de fantasía que no tenga uno, aunque sea pequeñito. Pero a principios de 1980, los dragones pertenecían a un grupo reducido y aparecían en juegos de rol y películas que circulaban en la medianía de la cartelera de cine.


Una de las que mejor recuerdo es El verdugo de dragones (Matthew Robbins, 1981), de la factoría Disney. Un producto alejado de lo tradicional, en donde las ruedas de piedra de la historia se inclinaban por aplastar lo maravilloso y celebrar el advenimiento del Cristianismo. Realmente una joya que fue parte del hilo de fracasos, junto con Tron (Steven Lisberger, 1982) y El carnaval de las tinieblas (Jack Clayton, 1983), que significó para Disney casi tener que hipotecar el castillo de Cenicienta. Vermithrax Pejorative, el dragón viejo y enloquecido por el dolor de esta película, es recordado por Guillermo del Toro y George R.R. Martin como la imagen icónica de los saurios alados y gigantes. En mi memoria, se desliza silenciosamente entre las nubes de tormenta y ataca de forma aterradora.


Hay otra película que vi más o menos en esta época y que refleja una visión distinta sobre los gigantes voladores. Se trata de El vuelo de los dragones (Jules Bass y Arthur Rankin, Jr., 1982), una aventura animada de Producciones Rankin/Bass.


De ellos ya tenía recuerdos como productores de la serie de animación El dragón chiflado (1970-1971), que cuenta las desventuras de Tobías, un dragón demasiado civilizado rodeado por gente que solo lo quiere eliminar porque su inoportuna alergia a las flores lo hace estotrnudar fuego. El dragón chiflado está basada en el relato para niños de Kenneth Grahame El dragón perezoso, de 1898.


El vuelo de los dragones no está basada en un libro, sino en dos que se complementan muy bien. El primero es un texto especulativo sobre la posible evolución de los dragones, si es que existieran. Fue escrito en 1979 por Peter Dickinson e ilustrado lujuriosamente por Wayne Anderson y pretende dar una respuesta racional a todos las preguntas fantasiosas, como porqué vuelan y porqué tienen un único punto débil. El otro texto es una novela fantástica de la pluma de Gordon R. Dickson, que forma parte de la serie Dragon Knight. El libro, The Dragon and the George (1976), trata sobre las aventuras de un profesor asistente de Historia que debe rescatar a su novia desde un mundo de fantasía, al que llegó por un accidente como parte de los experimentos de proyección astral en los que ayudaba —sí, todo muy sicodélico—. Lamentablemente, al usar la máquina de proyección astral para ayudar a su amada, el profesor se ve atrapado en el cuerpo de un dragón. El cómo logra el protagonista comunicarse y resolver problemas en el cuerpo inadecuado es la parte medular de la novela. Pero esta trama fue parcialmente llevada como la columna narrativa de la película animada. En vez de un historiador, tenemos a un joven científico reconvertido en diseñador de juegos de rol llamado Peter Dickinson. En vez de la trama chico-chica, tenemos personajes que intentan salvar la magia de su mundo, que se encuentra en decadencia debido a que la humanidad se ha decidido por la ciencia y la técnica. La película tiene momentos que me dejaron boquiabierto, como aquel en que se muestran los esquemas biológicos sobre los dragones o cuando se explica científicamente su vuelo. O aquel en que el protagonista, ya convertido en dragón, queda bajo la protección del viejo Smrgol, con quien tiene discusiones sobre cómo los dragones hacen las cosas. A medida que Smrgol explica, Peter los argumenta con principios científicos.


Producciones Rankin/Bass hizo buenas series animadas y sus especiales de navidad, que incluyen Rudolph, the red-nose reindeer (1964) y El niño del tambor (1968), forman parte del imaginario de ciertas generaciones, más de lo que uno creería. Ellos son también responsables de la serie animada original de ThunderCats (1985) con su increíblemente fluída intro. Cuando decidieron externalizar la animación, se inclinaron por dos pequeños estudios japoneses: Topcraft y Pacific Animation Corporation. A la disolución de estos, sus animadores y su estilo pasaron a formar parte de Studio Ghibli.


El vuelo de los dragones lleva inevitablemente a Corazón de dragón (Rob Cohen, 1996), en la que el viejo dragón, con voz de Sean Connery, establece una inesperada amistad con el caballero Bowen, interpretado por Dennis Quaid. Es cierto, la animación es anticuada, incluso para el momento en que se estrenó, pero tiene algo mucho más valioso: la historia se siente fresca y original, aún para esa época en que ya se había visto todo. Y ha generado una colección de fieles adoradores, entre los que me encuentro. Creo que todavía funciona y lo señalo aún cuando no soy la persona más objetiva para hacerlo. Una de las críticas indica que si no creciste después de verla, es mejor que te quedes solo. Creo que es injusta: nadie que la haya visto quiere realmente crecer.


La volví a ver hace poco, en un tour de la nostalgia que incluyó El verdugo de dragones y Las aventuras de Mark Twain (Will Vinton, 1985, que contiene ese oscuro segmento con Satanás). Hacia el final de Corazón de dragón hay una escena en la que el protagonista se enfrenta contra el mago malvado. El héroe viste capa y gafas. «Yo he visto esto en otra parte», me dije. Bueno, también los que leyeron Los libros de la magia (Neil Gaiman y John Bolton, 1988) pueden decir lo mismo. Pero es solo eso: una leve familiaridad y un déjà vu para una historia que ha sido mil veces narrada, aunque la diferencia siempre está en cómo se narra.


Ya para terminar, destaco que la reivindicación de los dragones es un punto importante en las obras mencionadas. Así como con lobos, serpientes y otras criaturas a las que se las ha demonizado, los dragones siempre fueron la encarnación del mal y el fuego, como sucede con Smaug en El hobbit (J. R. R. Tolkien, 1937). Pero también hay un enfoque amable, como el dragón culto y amante de la poesía de El dragón chiflado. La verdad es que prefiero tomar un té con ellos antes que pelearnos en una justa. Aprecio demasiado mi pellejo.