En memoria de un gato señorial
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En memoria de un gato señorial
Por Oscar Barrientos Bradasic

Me acompañó por casi veinte años, es decir, un trozo importante de mi vida. Apolo, el gato Kapong, Costa Pinto, Gatusalén, fueron sus principales nombres. Sobre todo, Apolo, el dios de la belleza y el sol. Recuerdo vívidamente cuando una amiga lo trajo a mi casa. Me robó el corazón de inmediato ese gato de meses, rubio, de pecho blanco, cola florida y que olía a leña, ya que venía de una parcela del profesor Humberto Águila. Desde ese día se convirtió en un hijo, un amigo, un compañero. Entre los dos existía una comunicación inquebrantable basada en el cariño y, a su vez, en la contemplación. Nos acompañamos en momentos muy duros. Quienes aman a los animales me entenderán.

 

Con el paso de los años conoció mis cambios de vida y de casa, a mis amigos, a un sector importante de la literatura chilena contemporánea, a personajes de la vida política (incluso al presidente electo) y compartió en regadas tertulias y también en mis jornadas silenciosas de lectura y escritura, donde parecía casi involucrarse con los personajes que urdía mi imaginación. Durante los siete meses que estuve en España, me acompañó en mi trabajo de tesis como si fuese mi ayudante y, en realidad, muchas veces fue mi salvador en esos días de soledad y agotamiento mental en un departamento salmantino. Conoció aeropuertos internacionales, escuchaba música, le gustaba la buena mesa, una sola vez me trajo de ofrenda una pequeña lauchita, ganó el primer lugar en un concurso de felinos realizado en una Compañía de Bomberos.


Apolo maullaba reclamando sus derechos y durmió casi siempre a mi lado, desde cachorro.


Al transcurrir de los años, sobrevivió a otros gatos que le hicieron compañía como Anastasia, Pandita, Mr. Darcy y quien lo sobrevive, la gatita Laura Palmer. Se fue volviendo un tipo señorial y parsimonioso que más de alguna vez planeó y ejecutó fugas al estilo conde de Montecristo. No obstante, pese a ese lado carcelario-novelesco tenía en sus modales algo principesco y tuvo una importante colección de corbatas que lucía con mucha prestancia, emanando cierta luminosidad en los ojos cada vez más acuosos por la senectud. Siempre tuvo tanta donosura que hasta una vez quijotescamente lo armé caballero. En una oportunidad, el escritor Ramón Díaz Eterovic me invitó a una antología de cuentos sobre gatos y yo fabulé que la puertita de su patio era una ventana dimensional a otro tiempo, en el cual Apolo era un señorón radical de bastón y levita en los tiempos del Frente Popular, que se la pasaba en clubes y condumios.


Veinte años es mucho tiempo, aunque nunca se está preparado para soltar a tu mascota. Sé que hay gente que condena que uno humanice a los animales, aunque la mayoría de las veces es al revés: ellos nos terminan humanizando. Sólo agradezco a la vida el que nos hayamos encontrado en un recodo del destino. Nunca lo olvidaré. Ya extraño su presencia en la casa. Gracias por todo. Descansa, niño hermoso.