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Entrevistas


CRISTIÁN VILA RIQUELME

CUANDO VEINTICINCO GATOS NO ES NADA


Por Ramón Díaz Eterovic

Así como Carlos Gardel cantaba «que veinte años no es nada» el escritor y académico Cristián Vila Riquelme podría decir que «veinticinco gatos no es nada», porque su relación con los felinos domésticos supera ampliamente esa cantidad de gatos propios y lo convierten en un buen conocedor de los mininos y de la manera en que estos se relacionan con los humanos.

Cristián Vila Riquelme (64) es narrador, poeta, ensayista y doctor en Filosofía Política por la Universidad de París-Sorbonne. Se exilió en Francia en 1975 y regresó a Chile en 1991. Son numerosos los libros que ha publicado y de ellos podemos mencionar Crónica del niño lobo (novela, 1999), Divertimentos transilvánicos (relatos, 2001), De poetas, bufones y arlequines (novela, 2002). Ha ganado algunos premios, como el Óscar Castro de poesía 1993; el de las Mejores Obras Literarias 1998 en poesía inédita, otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura; y el Premio Municipal de Literatura de Valparaíso a la Trayectoria 2005. Tuvo su primer felino a los cinco años: un gato negro llamado Pantera.

«Cuando volví del exilio me fui a Horcón, después de vivir un tiempo en la casa de mis padres, en Ñuñoa. Estando allí murió “Mago” un gato que había traído de Francia. Viviendo en Horcón, y una noche en que volvía de una ronda de copas con amigos, encontré frente a mi casa una caja con dos gatos cachorros en su interior. Los miré y vi que eran gato y gata —Perlimplín y Belisa, por el retablo de García Lorca— y ellos fueron los primeros habitantes felinos de mi casa horconina, bautizada Bergantín del Irredento. En esa casa llegué a tener veinticinco gatos. Y fue fácil: además de los gatos que tuvo Belisa, comenzamos a adoptar gatos abandonados y a los gatos que llegaban por sí mismos, que seguían el rumor de que había unos tipos que encantados recibían felinos de cualquier pelaje y carácter. A nuestra casa los vecinos le pusieron “la casa de los gatos”, y a veces nos encontrábamos unos cachorros abandonados en la escala de la entrada. Los gatos siempre se llevaron muy bien entre sí, y también con los perros y los humanos con los que debían compartir la casa. Recuerdo que una vez recibimos al escritor Claudio Giaconi (1927-2007), el autor de La difícil juventud, quien mientras observaba la colonia de gatos nos comentó que cada uno de ellos tenía una personalidad y por lo tanto merecía tener un nombre».



NOMBRES QUE NO DAN LO MISMO Y UN HOMENAJE POÉTIC
A lo largo de su vida, los nombres de los gatos de Cristián Vila Riquelme nunca han sido comunes: Plutarco, Gioconda, Nefertiti, Anukis, Homero, Heráclito, entre muchos otros. «Plutarco —nos dice— tenía cara de escribir paralelamente historias de gatos mientras me acompañaba a escribir y preparar clases en mi primera casa serenense. La Gioconda era la gata peludísima de una amiga en cuya casa estuve un año ocupando un cuarto. La gata llegaba todas las noches a dormir casi arriba de uno de mis hombros».
«Nefertiti —agrega— fue la primera gata cromática que tuve en mi altillo del barrio La Colina de La Serena y por exceso de cuidado, una noche saltó a la vida por la ventana de la cocina y fue atropellada varios metros más allá. Fue un gran dolor, sobre todo cuando la encontré entera, pero con un golpe en la cabeza. Anukis, cromática también, se llamó así porque en egipcio antiguo quiere decir “la que abraza”, y ella, desde chiquita, cuando la fui a buscar, se metió bajo mi barba abrazándome el cuello. Heráclito, un gato negro, recibió ese nombre luego de que me dijo que el nombre Mandela le quedaba muy grande. Cuando preguntó si Heráclito era negro, le respondí que no, pero que le decían El Oscuro. Quedó conforme».



A Nefertiti, su gata atropellada, Vila Riquelme le escribió un poema:

Nefertiti
estrechamente vivía
con mi gata, estrechamente,
ella me hablaba como gata,
se aferraba a mí para que yo
no me sintiera mal de aferrarme tanto
a ella,
me miraba con sus ojos redondos
como si yo fuera el mismísimo dios
de los gatos,
solía correr por todas partes
como alma que se lleva al diablo,
ella lo atrapaba como si el maligno fuera
una mosca,
porque nunca creyó en nada de eso,
pero solía pararse de espaldas
frente a mí,
protegiéndome de fantasmas y sabandijas,
era su sino, decía
debo protegerte de ti más que de los otros...
pobre amiga mía,
no te quedó otra que morir
para que yo me salvara de mí.



Gatos literarios y de ficción

Actualmente, Cristián Vila Riquelme vive en Algarrobito y momentáneamente no está acompañado por gatos, pero sí de tres perros que tienen una historia particular. «Mi perra Malena —cuenta—, que canta el tango como ninguna, me trajo a los otros dos perros, abandonados por su dueño por viejos: el Mateo von Regenwurm y el Lucas von Tiritas, que ahora se sienten jóvenes y queridos. Y también convivo con los conejos que corren por el sector».

Al conversar con Vila Riquelme es inevitable relacionar a los gatos con la literatura y preguntarle por los gatos de ficción o literarios que recuerda. «Primero —dice—, están los gatos de los poemas: Baudelaire, claro; el Beppo de Borges; pero también, por supuesto, el gato de Cheshire de Lewis Carroll, que es un gato que sonríe y luego es una sonrisa sin gato. También el Gato con botas y los gatos de Cortázar y los de Poe. Y cómo no recordar a los gatos del cine, como los de una inolvidable película checa llamada Un día, un gato. O los gatos que son nombres de restaurantes o cabarés en diversas ciudades: “Le chat botté” y “Le chat noir” en París, o “Els Quatre Gats” en Barcelona».

«Son raros los escritores que no quieren a los gatos —reflexiona Vila Riquelme—. Me parece que la fascinación, cuando existe, va por el lado de esa característica gatuna de la independencia, del misterio, de esa especie de puesta en cuestión de toda relación que se establece con alguien que no es de los tuyos. Y que para los escritores siempre es un estímulo y una apertura al mundo que se quiere conocer y mostrar en la escritura».

«Un viejo dicho señala que hace miles de años los gatos eran alabados como dioses y ellos nunca se olvidaron de eso —añade—. Y eso es algo que no deberíamos olvidar a la hora de compartir con un gato. También acercarnos a ellos con cariño y curiosidad, porque cada gato es un mundo por descubrir. Hay que aprender a escucharlos. Tienen su lenguaje múltiple, como todos».




Un autor prolífico y todo terreno

Cristián Vila Riquelme es un autor que se ha expresado a través de distintos géneros literarios: poesía, novela, cuento, teatro y ensayo. Hablando de eso y de lo que han sido —y son— sus distintas búsquedas creativas, nos dice: «Lo que no puede decirse en uno de esos géneros nombrados puede decirse en otro. Y lo que no puede decirse en absoluto, bueno, la poesía trata de dar cuenta de eso. Tengo la suerte o la desgracia, no sé, de poder y querer expresarme en cada uno de ellos. El teatro desgraciadamente es un género en que, a pesar de haber escrito dos o tres obras, cuando se llevaron a escena fueron un desastre total. Me creía autor del teatro del absurdo, pero no dominaba para nada el lenguaje escénico y lo único absurdo era yo tratando de escribir teatro».

El año 1999, a poco de volver del exilio, Vila Riquelme publicó una novela que dio mucho de qué hablar: Crónica del niño lobo, publicada por LOM, y que trata de la historia de un niño que crece en medio de un bosque del sur de Chile, al margen de toda influencia civilizatoria. Al comentar esta novela, nos cuenta: «Es una historia real con todo el delirio propio de las cosas que escribo, claro. Vicente Cau Cau fue el primer humano que yo vi al enfocar mis ojos de cachorro humano de pocos meses de edad. Me llevaba en brazos bajo el parrón de la casa de Villa Alemana. Después, los cabros chicos jugábamos con él y nos metía miedo haciendo de cuco escondido detrás de los árboles. Era lo que se llama un niño lobo, criado por una puma (como se supo después), encontrado en los bosques del sur, cerca de Puerto Varas. Aullaba en las noches de luna llena y cuando se enojaba más allá de lo “normal” tiraba su ropa y zapatos arriba del techo, y botaba su colchón a la calle. Tenía que contar, a como diera lugar, esa historia que viví de tan cerca».



Y si una vez llegó a tener veinticinco gatos en un solo lugar, también es posible decir que a lo largo de su quehacer literario ha publicado más de una veintena de títulos, frutos de un trabajo que está lejos de concluir, y que por lo contrario sigue dando noticias. En el pasado mes de junio, en La Serena y en Santiago, presentó su texto (Des)Exilios (poesía incompleta), al que luego se agregarán otros más. «El libro de poesía mencionado reúne toda la poesía que he publicado en Chile desde mi regreso en 1991 —dice Vila Riquelme y agrega—: por otra parte, las Ediciones de la Universidad de La Serena reeditará mi ensayo Ideología de la conquista en América Latina/ Entre el axolotl y el ornitorrinco. Este libro fue publicado el 2002 en ocasión del Premio Internacional de Ensayo Jovellanos. Y, por último, en poco tiempo más publicaré el conjunto de relatos El enano del Hotel Princesa y otros relatos costumbristas, que ganó el Premio Manuel Concha de Narrativa 2018 de la Municipalidad de La Serena”.

Es decir, y por lo que vemos, tendremos Vila Riquelme para mucho tiempo y para muchos gatos.

  • Revista Mayo 2019

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