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Entrevistas


RAMIRO SANCHIZ, ESCRITOR URUGUAYO:

«DESARROLLÉ UNA RELACIÓN MUY CERCANA CON LA GATA DE MI SUEGRA. SE ECHABA A DORMIR A MIS PIES Y SE METÍA EN MIS SUEÑOS O, MEJOR, SOÑÁBAMOS JUNTOS»

Por Pablo Rumel








No toda la mejor literatura contemporánea está llegando a nuestras tierras. El escritor montevideano Ramiro Sanchiz (40), ganador del Premio Nacional de Literatura en Narrativa Édita de Uruguay por El orden del mundo, recientemente ha editado por Literatura Random House La expansión del universo (2018), obra que trata sobre la velocidad del mundo, la música, los videojuegos y el fanatismo por la ciencia ficción. Amplio conocedor de Thomas Pynchon y J. G. Ballard, se dedicó de lleno a la escritura tras abandonar el proyecto de convertiste en el mayor especialista de habla hispana en James Joyce. Considerado como el escritor más prolífico de Uruguay de los últimos cuarenta años (lleva en su haber veintiún títulos publicados), nos regaló su tiempo y conversamos sobre su obra, el arte y sus recuerdos con animales.

      —¿Cuándo podremos ver tus libros (por fin) publicados en Chile?
      —Todos mis libros (con una sola excepción) han sido publicados por editoriales independientes. Naturalmente, a emprendimientos de esta naturaleza les resulta más complicada la cuestión de distribuir internacionalmente. En el caso de las transnacionales, cabría pensar que deberían ser las que se encargan de operar en los circuitos de mayor alcance e impulsar la circulación de la literatura latinoamericana por fuera de los países de origen, pero lamentablemente esto no siempre es así, y hay libros que resultan muy difíciles de conseguir.

      —Si pudieras publicar cualquier novela tuya en Chile, ¿cuál elegirías?
      —Si tuviera que elegir, haría algo tan simple como pensar en mis últimas novelas: La expansión del universo, Verde (Fin de Siglo, 2016), El orden del mundo (Fin de Siglo, 2017) y, en especial, Las imitaciones (Fin de Siglo, 2016), que es mi favorita entre las que he escrito.


      —La ficción especulativa, el uso de la tecnología, el rock, son algunas de las temáticas globales que abordas, pero Federico Stahl, un personaje creado por ti, se ubica al centro de tu obra. ¿Quién es él?
      —Federico es un personaje recurrente en mis ficciones (cuentos y novelas), aunque quizá debería

decir permanente, ya que mi proyecto narrativo desde hace más de diez años es escribir relatos que lo toman como protagonista en una matriz de variaciones. En Perséfone (Estuario, 2009), mi primera novela publicada en Uruguay, es un escritor bloqueado que deviene aspirante a rockstar; en El orden del mundo, es un experto en la historia de la aviación soviética que vive de rastrear por el mundo aviones de la Guerra Fría para un coleccionista; en La expansión del universo es un divulgador científico y científico frustrado; en Las imitaciones es una fusión entre David Bowie, Bob Dylan y Jim Morrison, en un mundo en el que la Segunda Guerra Mundial terminó con un intercambio nuclear generalizado que devastó el hemisferio norte y provocó que la civilización fuera de alguna manera rebooteada en el hemisferio sur a comienzos de la década de los ochenta, tras un cruento invierno nuclear. ¿Quién es, entonces? Nadie, porque es el orden o desorden de sus variaciones; es un nombre y una serie de historias, y en principio no es necesario saber nada acerca de su vida (mejor dicho, de sus vidas) antes de abrir cualquiera de mis libros. Sin embargo, quienes vayan leyéndolos todos (o los suficientes) seguro detectarán coincidencias, simetrías, paralelismos, etc.

      —Háblanos de tus primeros escritos y lecturas.
      —A los once años leí a Isaac Asimov por primera vez, tanto su ficción como su divulgación científica y sus fragmentos autobiográficos, y esa fue mi ignición en la narrativa. Empecé a escribir con cierta conciencia de lo que hacía, sobre todo en términos de escribir ciencia ficción, y eran cuentos muy asimovianos, con algún matiz clarkiano o algo que quería ser esa suerte de enfoque clarkiano de la maravilla y el misterio. Recién a los catorce descubrí los cuentos de Philip K. Dick, y después a Ballard y a la ciencia ficción más experimental de los sesenta y setenta (John Brunner, Brian Aldiss, Robert Silverberg, Harlan Ellison, Joanna Russ, Samuel R. Delany, Philip José Farmer, V. A. Carter, etc.). De esa pretensión de destronar la narrativa por la narrativa misma (la proverbial «historia bien contada») aún no me he recuperado.

      —De tu larga lista de publicaciones, ¿cuáles son tus obras favoritas?
      —En rigor, solo puedo hablar de mis favoritos o de aquellos entre mis libros que, primero, no me dan vergüenza o, segundo, me produzcan cierto placer de lector, y también, por tanto, de los que ya no me gustan y me parecen malos. La vanidad del escritor es pensar que solo publica (o ha de publicar) libros buenos; por mi parte, yo creo que algunos de mis primeros libros son sencillamente malos, en el sentido de que no exploran a fondo sus propuestas, que no desarrollan sus potencialidades o, simplemente, que están escritos con una prosa que yo ahora preferiría no producir. A la vez, debe haber por ahí lectores que están totalmente en desacuerdo con esto, junto a otros tantos también dispuestos a pensar, como yo, que cada libro es una lección diferente y que en el fondo la técnica solo sirve para repetirse o para llamar la atención sobre sí misma (o para dar argumentos a la vanidad del escritor).





      —La mayoría de tus obras no superan las doscientas páginas. ¿No te has tentado a escribir un novelón de quinientas o de mil páginas?

      —Una respuesta posible: en realidad estoy en efecto escribiendo una novela de miles o decenas de miles de página, que por conveniencia narrativa, editorial y mental (soy muy ansioso) he preferido dividir en secciones más cortas que pueden ser publicadas como novelas o cuentos más o menos independientes. Otra respuesta: las novelas largas todavía las tengo inéditas, porque sigo trabajándolas desde hace años, salpicando ese proceso con la escritura de novelas más cortas. Y aun otra: he sido domesticado por el sistema de la literatura uruguaya reciente, que hace de la novela corta (100-200 páginas) el género privilegiado: esto incide en que a la mayor parte de impulsos de escritura (ideas, frases que sirvan de punto de partida, imágenes, etc.) termino resolviéndolos en novelas cortas, y que la respiración de mayor alcance requiera otro tipo de trabajo o esfuerzo, que hasta ahora siempre he dejado en un segundo plano. Espero poder invertir esa figura este año; sin embargo, el problema será, eventualmente, encontrar editor.

      —¿En qué momento decidiste ser escritor?
      —La pregunta es más difícil de lo que parece. Si pienso en el momento en que entendí que no iba a ser otra cosa que escritor, la decisión fue tomada entre 2006, cuando renuncié finalmente a la pretensión de convertirme en un académico experto en la obra de James Joyce, y 2008, cuando renuncié a todo lo demás, a la música en particular. El residuo de todas estas renuncias, o aquello a lo que no pude renunciar, fue la escritura, y siempre lo había sido, pero solo en 2008 me percaté de ello.

      —¿Tienes algún método para escribir?
      —Empiezo con planes y esquemas y dejo que el proceso se retroalimente con sus propios resultados; eso hace que los planes y esquemas vayan mutando. Escribo siempre con música, y en muchas ocasiones dejo que ella se abra camino de alguna manera u otra a lo que estoy escribiendo; también pasa con lo que leo. Hay escritores que se proponen no leer sobre casas embrujadas, pongamos, si están escribiendo una novela de casas embrujadas; yo hago exactamente lo contrario.

      —¿Es posible vivir de la escritura en Uruguay?
      —En un sentido muy amplio de «escritura», sí. Pero eso implica hacer todo tipo de cosas relacionadas con la escritura o la literatura: crítica, traducción, talleres, grupos de lectura, etc. Si pensamos exclusivamente en vivir de derechos de autor, creo que solo siendo un escritor especialmente prolífico de narrativa infantil o juvenil podría funcionar lo de «vivir de la escritura».

      —¿Qué autores uruguayos han sido vitales para tu formación?
      —Mario Levrero, Felisberto Hernández y la combinación (en plan La Mosca) de Gabriel Peveroni y Juan Andrés Ferreira. Levrero, por la manera en que sus textos dejan entrever el proceso que reduce el espesor de su prosa para acomodar mejor el vértigo de su imaginación; Felisberto, por la extrañeza tan fundamental como fluida de su prosa y de la relación entre escritura y memoria; Peveroni y JAF, por la condición de anomalía de sus últimos libros.

      —¿Recuerdas alguna obra que tenga como protagonista a un animal y que haya calado profundo en ti?
      —Siempre me encantó «Roog», el primer cuento que publicó Philip K. Dick. Y amo los relatos de Ciudad, de Clifford Simak, con su mundo canino del futuro en el que los seres humanos son mitos antiquísimos. También creo que, entre las canciones de esa zona protohauntológica que aportó Paul McCartney al Álbum Blanco, «Martha my dear» es mi favorita. Y el álbum que más me gusta de Pink Floyd es Animals, aunque se podría argumentar que en rigor no es un disco que hable de animales. Tampoco sé si incluir Moby-Dick en esta lista o, mejor dicho, lo hago porque creo que es la mejor y mayor novela jamás escrita. Y cómo olvidar a Falkor, de La historia sin fin, o a Smaug, de El Hobbit. O al pajarito de «Diario de un canalla», de Levrero, y al perro Pongo en su novela El discurso vacío.

      —Durante tu niñez y adolescencia tuviste mascotas. ¿Hay algo de esa experiencia en algún libro tuyo?
      —No explícitamente. Tuve dos perros, Calipso (el más pequeño, una masa de pelos mitad pequinés y mitad nervios) y Fígaro (mucho más grande y el animal más bueno que existió jamás, hasta el punto que dejaba que Calipso se comiera su comida sin protestar), pero nunca he escrito sobre ellos. En cualquier caso, sí hay una sección de mi novela El gato y la entropía #12 & 35 (Estuario, 2015) que tiene que ver con la gata mascota de mi suegra. Hace diez años y pico pasé unos días cuidando su casa (la familia se había ido de vacaciones) y desarrollé una relación muy cercana con la gata. Se echaba a dormir a mis pies, en la cama, y se metía en mis sueños o, mejor, soñábamos juntos. De hecho, nunca había sentido una forma de comunicación tan intensa con un animal hasta ese momento, y no he vuelto a sentirla. Después me fui sin despedirme y desde entonces nada fue lo mismo. Cuando unos vecinos nos avisaron de su muerte (mi suegra veraneaba en la playa) sentí que tenía que ser yo quien la enterrara; di con un lugar adecuado, hice el agujero lo más hondo que fui capaz de cavar con las herramientas que pude conseguir (una pala pequeña de jardinería que, en realidad, no servía para nada) y allí están sus huesos todavía hoy, aunque la marca que dejamos con mi esposa ya desapareció.

  • Revista Mayo 2019

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