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CINE


FULCI Y SU GATO NEGRO

Por Reverendo Wilson. Escúchalo en podcast El calabozo del Reverendo Wilson

Clásico entre los perennes relatos del horror, El gato negro (1843) de Edgar Allan Poe (1809-1849) no solo es una de las creaciones más importantes de su autor, sino uno de los cuentos que ha ido directo a la memoria colectiva del género. Su poso de cotidianidad, la conexión con el horror sobrenatural y la irascible ironía que arrastra su inolvidable desenlace lo convierten en una pieza de amplia importancia dentro del imaginario moderno. Esta historia —la de un joven matrimonio poseedor de un hipnótico gato negro que se contonea con exorbitante encanto a través de los ramalazos de Poe hacia la inquietud— se ha convertido además en una de las más recurridas historias de su autor en la traslación a la gran pantalla. Y si hay un país que quedó embelesado por la sinfonía animal del oscuro felino de Poe, embelleciéndolo con sus armonías mediterráneas, ha sido Italia. Quizá su poderío psicológico o los efluvios folclóricos que se esconden en su ideario del miedo y la enajenación, hizo que los cineastas del subterfugio del cine de géneros italianos pusiesen su mirada en él de manera directa: desde la película de 1972 Il tuo vizio è una stanza chiusa e solo io ne ho la chiave (conocida en España como Vicios Prohibidos) de Sergio Martino (1938), pasando por la adaptación de Lucio Fulci (1927-1996) del año 1981 que será objeto de próximas líneas, hasta el crepuscular Il gatto nero (1989, levemente inspirada, eso sí) de Luigi Cozzi (1947) o siendo el fruto de una de las dos historias que tanto Dario Argento (1940) como George A. Romero (1940-2017) nos presentaban en Los ojos del diablo (1990); como no podía ser de otra forma, de la dupla sería el italiano el que se encargase de las reminiscencias felinas de la obra de Poe. Centrándonos en la adaptación de Lucio Fulci, la propia película anuncia en sus créditos el inspirarse ligeramente en el relato, aunque usurpe su título para dar nombre a la propia cinta. En este caso, cabe decir primero que nos encontramos ante un impasse realmente interesante dentro de la obra del italiano: justo en el momento en el que su carrera viraba al unísono de las tendencias de la industria italiana de los géneros, el director romano abandonaba su reivindicable periplo por el giallo italiano para adentrarse de lleno en el euro-splatter y conseguir sus mayores éxitos comerciales y, de paso, ganarse el apelativo de «el padrino del gore», que hasta el día de hoy comparte con el americano Herschell Gordon Lewis (1926-2016). En El gato negro, Fulci —del que es interesante su entendimiento como paso intermedio en sus maneras entre la estilística del thriller mediterráneo del giallo con los exaltamientos hacia la ferocidad visual— relata la historia de una serie de asesinatos acontecidos alrededor de un siniestro ocultista,

interpretado por el irlandés Patrick Magee (1922- 1982), que será investigado por una fotógrafa que llega al lugar de manera aleatoria (una siempre guapísima Mimsy Farmer [1945]) y por el detective que se encarga de la investigación policial, actuado por el rostro inseparable del cine fulciano David Warbeck (1941-1997). Mixtura fresca y arraigada en el espíritu mediterráneo que se contonea tanto con el poso clasicista de los terrores venidos de la Hammer o del interesantísimo conglomerado de adaptaciones de Poe —auspiciadas por Roger Corman y la American International Pictures— como con ramalazos feroces de sordidez visual que categorizarían posteriormente el cine del italiano, El gato negro esconde además una convergencia muy interesante con su propio protagonista: ese precioso felino negro, que se pasea con hechizante paso en algunos de los momentos de la película, y sobre el que recae una importante presencia en los momentos más siniestros de la historia. Aun así, y utilizando ese recurrido nexo de unión del gato negro con el ocultismo u otras realidades, Fulci se apoya en la efigie felina para confeccionar un encantador y exótico dibujo del terror, que añade aún más encanto a las naturalidades ya tan familiares del gato como exótico y deslumbrante animal. Además, en ello la figura de este oscuro felino guarda para sí una intervención final heroica y metafórica que quien haya leído el relato original de Poe sabrá descifrar. Lejos de ver connotaciones negativas a la aparición del gato negro (asumidas, incluso, por algunos de los personajes de la trama, inevitable recurso de guión), Lucio Fulci demuestra nuevamente el haber concebido en pantalla las encantadoras siluetas y exultantes emanaciones que desprenden los animales en el celuloide

  • REVISTA MARZO 2019

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