Galopa el caballo en la historia literaria. Parte 4
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Galopa el caballo en la historia literaria. Parte 4
Por Pablo Rumel Espinoza
El caballo en la literatura chilena es una constante: aparece en los primeros cantos de La Araucana, de Alonso de Ercilla, y sigue siendo motivo en nuestras letras con poemas tan emblemáticos como «Al fondo de esto duerme un caballo», de Gonzalo Rojas. Acá una brevísima relación de tan noble animal.

Preliminares El caballo fue clave durante la conquista española en América: permitía desplazamientos veloces, no era costoso de mantener, se adecuaba muy bien a los diversos climas, además de ser un compañero infatigable en las diversas batallas que se libraron contra los indígenas. El soldado español, al conformarse militarmente en caballerías, cubría los terrenos enemigos con mayor velocidad, permitiendo la retirada y el contrataque frente a las infanterías indígenas —que no utilizaban ninguna clase de montura—, armadas principalmente con lanzas, boleadoras y flechas. Hay datos notables respecto a esto último: en el libro La florida del Inca (1605), escrito por el poeta hispano-peruano Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), se narra la expedición de Hernando de Soto en América del Norte, en zonas que comprendían los actuales Estados Unidos, México, Cuba y Bahamas. En esta crónica se nos habla del temor inicial que sintieron los nativos al ver al caballo: 


 Salieron a un campo raso donde los indios, de temor de los caballos, no osaron ofender a los españoles, ni aun esperarles […]. Caminaron con menos pesadumbre por los llanos donde no había malezas, porque los indios, doquier no las había, se apartaban de los cristianos de miedo de los caballos.

No obstante, los indígenas una vez que comprendieron al animal, dirigieron sus ataques al caballo y no al soldado, descubriendo el punto débil de estas tropas: no había que combatirlos en zonas abiertas, donde el caballo pudiese moverse a sus anchas; así comenzaron las emboscadas, refugiándose en espacios cerrados como bosques y ciénagas, terrenos poco propicios para el avance de los jinetes. El mismo poeta cronista resalta la cercanía entre los caballos con los soldados españoles, a grado tal que la muerte del animal era llorada y sentida con mucho pesar, como si hubiesen perdido a un compañero de armas, y que en el fondo sí lo era, pues el noble animal no era visto como mera herramienta, sino como uno de los atributos del buen Dios, probablemente como un resabio griego, pues los antiguos creían que el caballo era obra de Poseidón, un regalo del dios del mar. 

En Chile, la primera alusión por escrito a la existencia de los caballos aparece en La Araucana (1569), de Alonso de Ercilla (1533-1594), siendo nombrado más de cien veces a lo largo del poema, y que guarda muchas similitudes con el impacto que generó en los nativos relatados por Inca Garcilaso. En el primer canto se nos dice: «De pantanos procuran guarnecerse/ por el daño y temor de los caballos,/ donde suelen a veces acogerse/si vienen a suceder desbaratallos». O en el cuarto canto: «Los caballos en esto apercibiendo,/ firmes y recogidos en las sillas,/ sueltan las riendas, y los pies batiendo,/ parten contra las bárbaras escuadrillas», confirmando este gran poema que el caballo y el hombre la más de las veces fueron una unidad. 

La prosa 

Como es sabido, durante la presencia de la Corona española no hubo un desarrollo literario sólido que permita destacar algún autor, pero ya durante el siglo XIX, con el fin de las guerras independentistas, comienza a germinar una nueva camada de autores, que tuvo como su punto más alto a Vicente Pérez Rosales (1807-1886), reconocido en Europa por Miguel de Unamuno como el mejor novelista chileno. Respecto al caballo, en su Ensayo sobre Chile (1859), el autor no pierde la oportunidad de referirse a la genealogía de estos, destacando sus características y que descienden de raza andaluza, y que sin ser de gran estatura, es un animal que descuella por ser ágil, robusto y noble, sobresaliendo su gran capacidad para hacer largas caminatas en un día sin necesidad de tomar agua o alimentos. 

Es Baldomero Lillo (1867-1923), el famoso autor de Sub terra (1904), quien introduce al caballo como motivo central con su cuento Los inválidos, el cual narra una cruel práctica: utilizar caballos en las minas hasta la extenuación. El texto nos habla del ascenso de El Diamante —por medio de poleas y dentro de un gran tambor— caballo que ha sido «dado de baja» debido a su vejez, y que como es un tópico de denuncia de Lillo, uno de los mineros que observa al caballo exclama: «¡Pobre viejo, te echan porque ya no sirves! Lo mismo nos pasa a todos. Allí abajo no se hace distinción entre el hombre y las bestias». 

Ya en el siglo XX es importante señalar a un militar retirado que terminó sus días como escritor: el señor Olegario Lazo (1878-1964). Como anota Alone, esto sucedió tras un accidente mientras cabalgaba cruzando un puente, en el que cayó de manera brutal al suelo, muriendo el caballo y quedando él discapacitado como para continuar en el Ejército. 

El episodio nos recuerda a la caída del caballo que sufrió San Pablo cuando iba de camino a Damasco, epifanía en que sintió la presencia de la Divinidad, pasando de perseguidor de cristianos al más firme defensor de la fe. Pero hay un hecho que no es baladí: en la Biblia no existe ninguna referencia a la caída de un caballo, nunca San Pablo fue descrito como jinete. Entonces ¿de dónde salió este caballo? Posiblemente se lo inventó Cervantes en el Quijote, estableciendo así una genealogía entre el fundador de la Iglesia y la estirpe de los caballeros andantes, aunque fue años antes que Caravaggio pintó la escena. ¿El caballo de San Pablo habrá tenido origen en alguna historia oral? No es este el lugar para responder esta interrogante. 

Pero no nos olvidemos de Olegario Lazo. Dentro de su obra es común encontrarse con hombres de armas a caballo, pero hay un texto titulado «El caballo fantasma», que trata precisamente… de un caballo fantasma. Es un cuento fantástico en la más clásica tradición de apariciones, escrito de forma sobria y elegante, en la que un ser de ultratumba (en este caso un caballo), se le aparece a un centinela nocturno de un regimiento de caballería en lo más profundo de la noche. Los dos primeros testigos describen a un caballo de furiosos ojos llenos de sangre, y no es sino el tercero, que lleno de gallardía enfrenta al caballo, para descubrir cuál es su terrible secreto. No revelaremos el final, pero su factura deja en claro que los escritores criollistas de la primera mitad del siglo XX visitaron de vez en cuando los terrenos de lo imposible. 

En el otro extremo, tenemos a «Lucero», de Óscar Castro (1910-1947), un clásico nacional que nos cuenta la desafortunada travesía del campesino Rubén Olmos junto a su caballo Lucero, quienes al traspasar el Paso del Buitre —insigne por tener una anchura breve, en el que un paso en falso es sinónimo de caer al abismo—, se encuentran con lo inesperado. Como es la costumbre, Rubén saca su revólver y pega dos tiros al aire para no toparse con otro transeúnte en la mitad de ese camino angosto y peligroso. Pero como diría Cicerón: «Vitam regit fortuna, non sapientia» (el destino dirige la vida, no la sabiduría). Y lo que ocurre por la fortuna debe ser resuelto de la misma manera, con una moneda al aire jugando al cara y sello. El perdedor tendrá que arrojar a su caballo al abismo. 

Para terminar con la prosa, no podemos dejar de mencionar Las historias de bandidos, de Rafael Maluenda (1885-1963), cuentos en los que siempre está presente el caballo, pues retrata la vida de los antiguos cuatreros, quienes además de fieros delincuentes, fueron avezados jinetes; o la hermosa novela de Agustín Squella (1944) —que ya reseñamos en La Gata de Colette— Hermano, no tardes en salir (2016), que en menos de cien páginas mixtura la crónica de la hípica viñamarina de los setenta, junto al ensayo y la autobiografía, sin perder un ápice de lo literario. 

La poesía 

Ya nos referimos de entrada a La Araucana, de Ercilla. ¿Qué pasó en los siglos siguientes? No mucho respecto a la poesía. Teniendo una época de reinado español y primeros cien años de independencia, fueron épocas muy pobres respecto a la versificación. Pero ya de entrada al siglo XX, sí podemos hablar de varios autores que entroncaron en diversas corrientes y estilos, que ya sea en comunión o en enfrentamiento, produjeron las más altas cumbres de la poesía chilena.

 Juvencio Valle (1900-1999), en su retrato geográfico con Chile del Sur, no puede olvidar al caballo fusionándolo con los trenes, típica estampa sureña que prevaleció por décadas antes del desarrollo inmobiliario y la abolición ferroviaria. Así, nos regala estas imágenes: «Tus caballos relinchan por el agua/ zozobrando bajo pétalos mojados/ y sus patas de acero desleído,/ al abatirse en las corrientes muertas/ siguen el curso de tus correvuelas,/el tren expreso de tus rieles fríos». 

¿Y los cuatro grandes? Pablo Neruda (1904-1973) escribió «Caballo de los sueños», uno de sus poemas menos luminosos, con referencias a infiernos bíblicos y paisajes desolados cubiertos de muertos, donde hace irrupción un caballo rojo, el cual va desnudo, sin herraduras, pero radiante. ¿Un caballo revolucionario? Neruda escribe: «Atravieso con él sobre las iglesias,/ galopo los cuarteles desiertos de soldados/ y un ejército impuro me persigue». 

En los poemas de Gabriela Mistral (1889-1957) no suelen existir imágenes equinas, no obstante tiene un poema inédito titulado «El caballo salvaje», animal al que imagina con una llama como una rama radiante, y que huele a humus, a leche y a amante. Y remata con estos versos: «Espero para dormir/que apure, descienda y pase/ Aguardo para morir». Ya no se trata del caballo que trae las pesadillas (la yegua de la noche del inglés nightmare), sino que es el caballo de la definitiva muerte. 

¿Coincidencia que los dos premios Nobel relacionen al caballo con la muerte? Vicente Huidobro (1893-1948) lo menciona en su mítico poema Altazor en ocho ocasiones, primero para decir que es un gran poeta «sin caballo que coma alpiste», y luego compara el viaje en paracaídas como el caballo de la fuga interminable. ¿Tendrá relación con alguna pintura ecuestre? Carl Theodor von Blaas, pintor austriaco del siglo XIX, tiene un cuadro muy sugestivo donde escenificaba una loca carrera de caballos sobre una colina, llamado precisamente Fuga de caballos. En el canto I, describe el crujido de las ruedas en la tierra, para anotar en el siguiente verso: «Voy andando a caballo en mi muerte», y luego en el canto III nos sugiere la imagen imposible de un caballo que se agranda mientras se aleja. 

No podemos olvidar al gran Pablo de Rokha (1894-1968). La figura del caballo aparece en múltiples de sus colosales poemas, pero es en «Demonio a caballo», donde el animal protagoniza por entero los versos, y como ocurre con su poesía —sin contención, volcánica y apocalíptica— sus caballos son salvajes, mortales y desbocados: «Porque todos son muertos que conducen muertos, en caballos muertos, en carretas muertas, en avíos muertos, por chilenos muertos, por muertos, entre muertos muertos, muertos». O este, que parece el epitafio de la tumba de un loco: «Siempre para siempre, soñando caballos macabros, que exhiben una gran peineta de ramera en el esqueleto». Y este otro que rivaliza con el de Huidobro: «Ruge la muerte, galopa su sombrío caballo, por adentro de la memoria del mundo».