Gatos y divas, divas y gatos
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Gatos y divas, divas y gatos
Por Jaime Coloma Tirapegui

Parece que los felinos y algunas mujeres tienen aspectos en común, una cierta delicadeza que no les resta fuerza, que a ratos hipnotiza y establece una postura orgullosa frente al mundo que los rodea; de hecho, no es difícil ver en las diosas de la pantalla grande este misterioso reflejo.

 

Kim Novak en Me enamoré de una bruja acaricia un siamés de penetrante mirada azul mientras hace un hechizo de amor, hechizo que, claramente, no necesita. Simone Simon transformada en una gran pantera negra en la película de Jacques Tourneur La mujer pantera se solaza asustando mujeres simples y carentes de su gatuno y escurridizo andar. Y Michelle Pfeiffer, haciendo de Gatúbela en la cinta de Tim Burton Batman vuelve, pronuncia el discurso más sexy, onomatopéyico y corto que hemos escuchado en la gran pantalla, un fascinante «miau» luego de hacer explotar una multitienda. Novak, Simon, Pfeiffer y tantas otras me han encantado con su felina presencia en la pantalla grande.

 

Los gatos llegaron a mi vida en forma de mujer. Mujeres de contornos sutiles y firmes, de formas redondas o lineales, siempre sinuosas en sus movimientos, seguras de sí mismas. Ellas tenían gatos, gatos a los que amaban y aman hasta el día de hoy. Y es que ser gato, al igual que ser mujer, genera fascinación y ambivalencia. Porque hay incluso aquellos que, amando mujeres, las odian, como odian y aman a los gatos, porque no los entienden, porque no hacen el esfuerzo de verlos, verlas, porque un gato, al igual que una mujer, exige compromiso, rendición incondicional y, por sobre todo, respeto.

Dijo Neruda que los hombres somos seres incompletos que queremos dominar lo indómito y eso es imposible. Creemos que tanto gato, mujer o diva nos pertenecen y no nos damos cuenta de que nunca han sido nuestros. Esa independencia absoluta es lo que los hace fascinantes. Es lo que nos hace entrecerrar los ojos al contemplar a esa diosa del cine que nos encanta acariciando un gato. Es una relación lógica, perfecta, que nunca dejaremos de admirar, porque en el fondo, y en la superficie, siempre hemos estado bajo su hechizo.

 

He dicho que los gatos llegaron a mi vida en forma de mujer y es cierto. Cada fémina que me gustaba poseía un gato o simplemente tenía en su interior una actitud felina, delicada y completa como la que uno percibe en estos pequeños seres de intensa mirada y cuidadoso andar. Cada una de ellas era perfecta como lo es un gato. Misteriosas, a ratos difíciles. Cada una de ellas un enigma que siempre valía la pena descifrar.

 

Una vez soñé con un gato blanco, redondo y esponjoso de grandes ojos azules. Era un gato misterioso que, en mi sueño, se transformaba en Jean Harlow, Marilyn Monroe, Gloria Swanson, Ava Gardner y Joan Crawford; un gato que era la representación de todas las divas, aquellas que, como los felinos, no necesitaban de otros para satisfacerse, incluso a la hora del término de sus vidas, esa hora en la que simplemente desaparecían mágicamente, sin deteriorarse, dejando en nuestra retina recuerdos de salvaje belleza.

 

Divas eternas como gatos. Cuando se presentan en un lugar es imposible quitarles los ojos de encima. Fascinan a algunos, a otros les generan envidia, pues nadie es indiferente ante un gato, ante una mujer, ante una diva. Nadie es indiferente ante una diosa.