Guardianes de la eternidad o los animales en la poesía
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Guardianes de la eternidad o los animales en la poesía
Por Julio Pincheira

Han estado siempre con nosotros. Es imposible imaginar la vida sin ellos. Las cotas de civilización que hemos alcanzado, con sus males y bondades, se las debemos. Somos deudores de ellos, cuando lo comprendamos de modo agradecido quizás podamos concebir un futuro distinto al que avizoramos en un mundo que los ignora o los usa de modo inconsciente. El lenguaje y los animales son los aliados que hemos tenido en nuestra evolución y pocas veces les rendimos un merecido tributo; pocas, como las que se dan en el espacio atemporal al que nos lleva la poesía.

Si algo caracteriza el discurso poético es que el lenguaje se vuelca sobre sí mismo para reinventarse y fundar nuevas formas de acercarnos a eso que llamamos realidad, interna o externa (si es que cabe esa diferencia). Unos versos pueden ser siempre actuales, atemporales, no importa ni cuándo ni dónde hayan sido escritos. La poesía nos sitúa en una suerte de «presente extendido», como el de la mirada de los perros, que tienen la facultad, como un buen poema, de ser porfiadamente contemporáneos.

Volver la mirada y aguzar el oído, como si fisgoneáramos furtivamente el encuentro entre el humano parloteo y el silencio de un perro en unos versos, de seguro nos dispara a lo que intuimos como eternidad, donde el tiempo se manifiesta en lo que es de verdad: una ilusión anacrónica de los sentidos y de las convenciones sociales, como en el poema que Neruda dedica a la muerte de su perro:

Mi perro ha muerto.
Lo enterré en el jardín
junto a una vieja máquina oxidada.

Allí, no más abajo,
ni más arriba,
se juntará conmigo alguna vez.
Ahora él ya se fue con su pelaje,
su mala educación, su nariz fría.
Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.
[…]

No, mi perro me miraba
dándome la atención que necesito,
la atención necesaria
para hacer comprender a un vanidoso
que siendo perro él,
con esos ojos, más puros que los míos,
perdía el tiempo, pero me miraba
con la mirada que me reservó
toda su dulce, su peluda vida,
su silenciosa vida,
cerca de mí, sin molestarme nunca,
y sin pedirme nada.
[…]
Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.
Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.”

(Fragmentos de «Un perro ha muerto», de Pablo Neruda)

«Allí, no más abajo,/ ni más arriba,/ se juntará conmigo alguna vez […] con esos ojos, más puros que los míos». Neruda nos pone en el exacto distrito donde pertenecemos todos los seres vivientes: el nicho, con la diferencia de que la inmaculada mirada de un animal siempre ha sido desde el paraíso, en el entendido de que es la zona desde donde los humanos hemos sido expulsados por la pretensión de conocer, de juzgar lo que está bien, lo que está mal, afanes dictatoriales que no tienen estos guardianes de la eternidad.

 

Si hablamos de sensación de trascendencia cuando poesía y perros se juntan, imposible no recordar al longevo y prolífico Premio Nobel de Literatura de 1977, el poeta español Vicente Aleixandre (1898-1984), a quien la mirada y el silencio de Sirio lo conducen a ese no lugar donde el tiempo no necesita palabras:

 

Oh, sí, lo sé, buen «Sirio», cuando me miras con tus grandes ojos profundos.

Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás

y en tu reino me mezclo contigo, buen «Sirio», buen perro mío, y me salvo contigo.

Aquí en tu reino de serenidad y silencio, donde la voz humana nunca se oye,

converso en el oscurecer y entro profundamente en tu mediodía.

Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que nunca se pone.

Un presente continuo preside nuestro diálogo, en el que el hablar es el tuyo tan sólo.

Yo callo y mudo te contemplo, y me yergo y te miro. Oh, cuán profundos ojos conocedores.

Pero no puedo decirte nada, aunque tú me comprendes… Oh, yo te escucho.

(Fragmento de «A mi perro», de Vicente Aleixandre)

Incontables son los textos donde se juntan la imagen de los animales y ese lenguaje que dice más por su forma que por su contenido literal, palabras que nos sacan de los afanes cotidianos y nos instalan ante el misterio de lo eterno, la poesía. Es el caso paradigmático de un poema hecho no para el papel, sino para el mármol de una lápida. Lord Byron (1788-1824), el máximo exponente del romanticismo, conocido por sus innúmeras aventuras, amores, extravagancias, apasionada vida y reconocido por su amor a los perros, mandó a tallar para su terranova una notable sepultura, que se conserva hasta hoy; más que una mascota, un gran amor cuyo noble silencio merecía esta acrobacia retórica del lenguaje:

Cerca de este lugar
descansan los restos de alguien
que fue Bello sin Vanidad,
Fuerte sin Insolencia,
Valiente sin Ferocidad,
que poseyó todas las virtudes del hombre
y ninguno de sus defectos.

Este elogio, que constituiría una absurda lisonja
si estuviera escrito sobre cenizas humanas,
no es más que un justo tributo
a la memoria de Boatswain, un perro
nacido en Newfoundland, en mayo de 1803
y muerto en Newstead Abbey, el 18 de noviembre de 1808.

Cuando algún orgulloso humano regresa a la Tierra,
Desconocido para la Gloria, pero ayudado por su nacimiento
El arte del escultor agota las pompas de dolor
Y los ataúdes conmemoran a quienes descansan allí.
Cuando todo terminó, sobre la tumba se ve
no lo que él fue, sino lo que debió haber sido.

Pero el pobre Perro, en vida el amigo más fiel,
el primero en saludarte, el más dispuesto a defenderte
Cuyo honesto corazón es propiedad de su dueño
Quien trabaja, pelea, vive, respira por él
Cae sin honores, sin que nadie note su valía,
Y el alma que lo acompañó en la Tierra es rechazada en el Cielo
mientras que el hombre, ¡vano insecto!, desea ser perdonado,
Y reclama un Cielo exclusivo para él.

¡Tú, hombre! Débil inquilino de una hora
Desmoralizado por la esclavitud, corrompido por el poder
Quien te conozca bien se alejará de ti con disgusto
¡Masa degradada de polvo animado!
¡Tu amor es lujuria, tu amistad es un engaño,
Tu lengua es hipocresía, tu corazón es una mentira!

Vil por naturaleza, tu nobleza es solo de nombre
cualquier bestia gentil puede hacerte sonrojar por la vergüenza.
Tú, a quien el azar ha traído ante esta simple urna,
sigue de largo, ella no se levanta en honor de nadie a quien quieras llorar.
Estas piedras se levantan para señalar los restos de un amigo;
solo uno conocí y aquí yace.