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LITERATURA


La ley del garrote y el colmillo

Por Luis Saavedra

En el tercer capítulo de la serie de televisión Chernobyl (HBO, 2019) hay una escena de la evacuación de la zona afectada por la explosión. En la toma se ve al perro de alguien persiguiendo un autobús que deja la ciudad. El perro finalmente queda atrás y la cámara capta cuando uno de los soldados lo atrapa y lo saca de la calle. En el capítulo siguiente, una unidad de soldados debe enfrentar la tarea de remover los animales contaminados. El jefe le indica al novato que es una tarea relativamente fácil: «Ellos corren hacia ti y tú les disparas». Además, tiene una regla de oro: «No los hagas sufrir. Si fallas, les disparas de nuevo. Si los haces sufrir, te disparo yo a ti». Con eficiencia y seguridad, las unidades de soldados soviéticos en 1986 procedieron al exterminio de toda vida animal alrededor de Chernóbil, en su mayoría mascotas y animales de granja, yendo de puerta en puerta. Sin embargo, como se comprobó en los años posteriores, los perros sobrevivieron en jaurías asilvestradas, en un claro llamado desde lo salvaje. Se recobraron de las consecuencias de la actividad humana, se recuperaron del caos, del abandono, de la radiación.

De alguna forma, el episodio me gatilló la imagen de una vieja película de los años setenta. La vi en un cine de Puente Alto y era La llamada de lo salvaje (Ken Annakin, 1972). El filme se basaba en la novela corta de Jack London (1876-1916) La llamada de la selva (1903) y en ella estaba el Yukón indómito, los hombres bestiales y el fluir de la sangre. Roja y espesa, la película atravesó mi cabeza de niño de diez años y se quedó allí para decirme que el corazón impulsa la sangre a pesar de todos los avatares que pudieran surgir en la naturaleza.

Animales y hombres luchaban tan solo por sobrevivir un día más. Había pequeños momentos de calma, como el fondo de un vaso de whisky o una cama de heno en la perrera. Buck, el protagonista, es un perro San Bernardo que se ve lanzado a una existencia inmisericorde como perro de tiro; sin elecciones, debe adaptarse rápidamente o morir, como les pasa a varios de sus compañeros y enemigos. Es un viaje de reconocimiento que lo llevará a una liberación agridulce, libre de seres humanos y dueño de sí mismo.

El viaje inverso, como un espejo, lo hace otra novela de Jack London: Colmillo Blanco (1906). De lo salvaje surge el cachorro de lobo que va hacia una existencia entre los hombres, marcada siempre por lo brutal y lo inmediato, por la necesidad de sobrevivir y validarse. En ambas historias, el escenario hermoso y congelado del Yukón se repite como un testigo imparcial, como un dios al que no le está permitido intervenir en la charada de los vivos. El personaje que representa el eslabón más débil vuelve a ser el que gira las ruedas del destino de ambos animales, el único que tiene una verdadera palabra de cariño y asentimiento.

Para Jack London (él mismo un lobo en la sociedad humana que atravesó la pobreza y la precariedad moral) la vida era una batalla constante contra las circunstancias. Según el autor, todo ser humano, todo animal, era un guerrero automático e instintivo, o sino se transformaba en pasto y raíces. Esto es patente en el inicio de Colmillo Blanco, cuando la manada de lobos asedia el trineo de Bill y Henry y predomina la desesperación por ganarle a la muerte. Sin embargo, una vez que Henry comprende la naturaleza de las cosas, deja de huir y fluye, y puede observar una belleza pétrea que viene de la armonía de los elementos y de la eliminación del pensamiento racional. Así asistimos a la arremetida jubilosa, intoxicante, cuando es salvado.

Los personajes de London, un perro y un lobo, son perfectos contrapuntos que observan la raza humana y su patética manía de control sobre los demás, pero también representan lo que el escritor buscó con tantas ganas en cada segundo de su vida: «Yo quería estar donde soplaban aires de aventura». Por todo lo que vio y vivió, se hizo activista por los derechos de los trabajadores y de los animales y fue un modelo para Jack Kerouac y Ernest Hemingway.

En 1903, London nos muestra la comedia de la vida con el libro La gente del abismo. Aunque aquí no hay perros, sino una descripción en primera persona de cómo sobrevivió el infierno del East End, en Londres, en una Inglaterra que ya era uno de los países más ricos en la historia de la Humanidad, pero que albergaba en su seno una miseria humana que era mejor ocultar.

¿Es el hombre el lobo del hombre? London nos deja con la sensación de que estamos equivocados. No podemos utilizar al lobo como excusa para definir una criatura tan espantosamente maravillosa. En alguna parte leí que el ser humano era el único animal capaz de construir hornos y a la vez entrar en ellos con una sonrisa.

Concluyo recordando una hermosa y brutal novela, La leyenda del lobo cantor, de George Stone, publicada en 1975. En el prefacio, el escritor español José María Gironella dice: «El libro es un temblor. Un temblor emotivo y oxigenante. Mi impresión es que cae como agua de mayo [...]». Es justamente la mejor definición sobre esta fábula de lobos que casi no tienen interacción con la sociedad humana. En la novela se narra cómo, en una época en que los lobos han perdido su canto, Lobo hallará la forma de devolver algo esencial a su naturaleza. Lo hará, por supuesto, en medio de cacerías y de la urgencia por aparearse, primero, y de proteger a su camada, después. El relato se inicia con una violencia que me detuvo, que me hizo dejar el libro a un lado para retomarlo otro día, ya repuesto. Mejor armado, llegué exhausto y tembloroso al final del texto, tal como cuando te expones a los libros de Jack London. En estos hay violencia y crueldad, pero de otro tono. A pesar de ello, nada es falso, nada revierte la naturaleza del lobo: todos son libres, sinceros y absolutamente buenos, como dicta la dedicatoria del libro de Stone.

  • REVISTA MAYO 2019

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