La Mosca – N24
Home » Cine  »  La Mosca – N24
La Mosca – N24
Por Manuel Rodríguez Yagüe

La mosca

Una noche, la policía de Montreal encuentra el cadáver del científico André Delambre (Al Hedison) con su brazo y cabeza aplastados por una prensa hidráulica. Su esposa, Hélène (Patricia Owens), afirma haber sido la asesina. Días después, el hermano de André, François (Vincent Price), la convence para que cuente a la policía lo que resulta ser una increíble historia.

Este es el argumento de La mosca (Kurt Neumann, 1958) un filme excelente, en el que su veterano guionista, James Clavell, compensa sus lagunas entomológicas construyendo un inteligente thriller lleno de suspense. De hecho, Clavell consigue crear tanta expectación que los efectos especiales de la época no pueden estar a la altura; así, cuando por fin se revela al espectador que la cabeza de André ha sido sustituida por la de una mosca, probablemente se sentirá decepcionado.

El único defecto de ritmo del guion es cuando detiene la acción para insertar un pesado diálogo sobre la ética de la ciencia. Este último es, precisamente, uno de los temas subyacentes de la película: la relación entre el hombre y las máquinas. En este sentido, La mosca es despiadada en su tesis: si la humanidad está dispuesta a construir máquinas capaces de romper nuestra propia biología, también debe estar dispuesta a sufrir las consecuencias. Asimismo, es importante el discurso sobre las repercusiones de nuestros actos sobre otros seres vivos inocentes, ya sea una simple mosca o nuestros semejantes, que se ven envueltos involuntariamente en ruletas rusas tecnológicas. Somos responsables no solo de nosotros mismos, sino de todos aquellos que nos rodean y que carecen de nuestros conocimientos y capacidades.

Los filmes de ciencia ficción tienden a ser excesivamente moralistas. El mensaje más frecuente en sus historias es el de los peligros que conlleva el uso inadecuado de la ciencia o la tecnología, un mensaje compartido por muchas películas de terror clásicas. Era frecuente en estas narraciones la inclusión de la figura del «científico loco», un individuo que realiza experimentos peligrosos en contra del sentido común, siendo finalmente destruido por sus propias creaciones. André podría ajustarse a este arquetipo. Al mismo tiempo, presenta algunas peculiaridades no tan comunes en los filmes de «científico loco» de aquellos años: el núcleo sentimental de la película es un matrimonio bien establecido en lugar de la típica pareja con tensión sexual; André es sociable y cariñoso con su familia y es una buena persona a la que su ansia de conocimiento le hace perder su buen juicio. Se endiosa e, inevitablemente, empieza a jugar con la vida. La primera víctima será el gato de la familia, desintegrado en el proceso y de cuya muerte André guarda silencio. Después, presa de la soberbia, será él mismo quien se someterá a su invento. André no crea un monstruo, sino que él mismo se ha convertido en uno al que debe destruir.

A diferencia de otros filmes «de monstruos» de la época, lo que La mosca nos plantea es una historia íntima, que transcurre alejada de la épica y el drama de grandes dimensiones que ofrecían otros títulos. No hay aquí intervención del ejército, destrucción a gran escala, o persecuciones. La acción se circunscribe casi en su totalidad a la casa del científico. La tragedia afecta exclusivamente a André y a sus allegados más próximos, consiguiendo de este modo una tensión y sentimiento de claustrofobia muy particulares, además de un mayor acento sobre el drama humano.

La película contó con la dirección de Kurt Neumann, realizador de origen alemán que también filmó otros filmes de género en los cincuenta. Aunque Neumann nunca salió de la serie B, era uno de esos profesionales a los que los estudios contrataban buscando resultados económicos más que talento. La mosca fue su mejor película. Y aunque su dirección no puede librarse de ese toque un tanto pedestre tan característico de las producciones de ciencia ficción de los cincuenta, tuvo el acierto de plantear la película como una historia realista y plausible. Neumann, a pesar de las limitaciones presupuestarias con las que hubo de trabajar, consigue momentos brillantes: la apertura, con un gato que busca a su pareja perdida, anunciando la tragedia que va a duplicarse en el mundo de los humanos; el efecto sonoro que reproduce el maullido del gato desmaterializado que nunca llega a reaparecer; la desesperada caza de la mosca con cabeza blanca por el cuarto de estar de la casa; o la más recordada —y parodiada— de todas: la escena final en la que el comisario Charas y François se sientan en un banco del jardín sin oír los patéticos gritos de socorro de una mosca atrapada en la tela de una araña…

Ya he mencionado que los efectos especiales no estaban —no podían estarlo— a la altura del argumento. El maquillador Ben Nye fabricó una especie de cabeza de látex, pintura y plumas de pavo con forma de máscara de gas y una mano-pata que hoy resultan risibles si no se suspende la incredulidad. Más inquietante resulta el maquillaje de André en su estado «mosca», atrapado en la telaraña esperando a ser devorado: envejecido prematuramente debido al corto periodo vital del insecto, con los ojos hinchados por el terror; es el tipo de pesadilla terrorífica que todos los espectadores de los cincuenta esperaban ver en este tipo de películas. Merece asimismo mención el plano subjetivo en el que aparece multiplicado el rostro de Hélène, como si la estuviéramos viendo a través de los ojos multifacetados de la mosca. No es que las moscas vean así, pero sí es interesante el intento de ampliar la percepción del espectador «introduciéndolo» en la piel del monstruo, recurso bastante raro en la ciencia ficción de la época.

Las interpretaciones de los actores, como era habitual en ese tipo de producciones, son correctas sin llegar a ser brillantes. David Hedison se muestra particularmente creativo a la hora de dar vida al infortunado científico André. Vincent Price, con su indiscutible carisma, llena la pantalla con su presencia a pesar de que el suyo sea en realidad un papel secundario y alejado de los personajes villanescos por los que era más conocido. Sin embargo, el peso dramático de la película y el enlace emocional con el espectador recae en Patricia Owens, que resulta razonablemente convincente teniendo en cuenta lo inverosímil que es la historia (quizás en ello tuvo algo que ver la fobia auténtica que sentía por los insectos).

En una época en la que menudeaban los fracasos de las grandes producciones con las que los estudios trataban de ganar prestigio y premios, La mosca se convirtió en un inesperado bombazo de taquilla: con un presupuesto de 500.000 dólares, recaudó tres millones, uno de los mayores éxitos de la 20th Century Studios aquel año, recordando a todos que la ciencia ficción podía ser rentable. Así que no es de extrañar que se diera vía libre a dos —aburridas— secuelas: El regreso de la mosca (1959), que seguía las mismas líneas que su predecesora, y La maldición de la mosca (1965), que desarrollaba la idea original, teleportando a varias personas a Londres, quienes después empezaban a sufrir grotescas mutaciones. Hubo que esperar a 1986 para ver la versión de David Cronenberg, película aún más impactante que la original.

Aunque sea objeto de parodias e injustas ridiculizaciones, La mosca es uno de los crossovers más memorables de los cincuenta entre el terror y la ciencia ficción y hoy está considerado como el clásico de toda una era. Aunque científicamente implausible, fue un intento honesto de hacer algo original en el cine de género de los cincuenta, un intento que culminó con éxito, dejando una huella indeleble en los millones de espectadores que la han visto desde que se estrenó hace casi sesenta años.