parallax background

CINE


LA NOCHE DE LOS MIL GATOS

Por el Reverendo Wilson





               El cine de género mexicano sigue incólume en el tiempo, como una de las grandes muestras de corriente de explotación dentro de la Serie B. Aunque sería injusto no mencionar que un país como México siempre ha mantenido un compromiso de producción con este tipo de cinematografías que llega hasta nuestros días. Lo cierto es que si nos ceñimos al llamado cine fantástico mexicano podemos encontrar iconos (contra)culturales erigidos en mitad del siglo XX que han trascendido más allá de su país de origen, como lo es El Santo, luchador y actor, El Charro de las Calaveras, película de 1965, o La Llorona, leyenda nacional, siendo algunos de estas efigies las que logran esa maravillosa conexión entre el celuloide y el folclore. También es digno de reconocimiento las labores de directores del calibre de Carlos Enrique Taboada (1929-1997), Gilberto Martínez Solares (1906-1997) o Juan López Moctezuma (1929-1995), entre otros muchos, quienes regalaron cintas ya inmortales como Hasta el viento tiene miedo (1968), Satánico pandemonium (1975) o Alucarda, la hija de las tinieblas (1978), respectivamente.
               Pero en esta ocasión toca centrarse en la figura de René Cardona Jr (1939-2003), hijo del reconocido cineasta René Cardona (1905-1988) y que centró su producción desde mediados de la década de los 60 hasta la de los 90, convirtiéndose en uno de los máximos exponentes del cinefantastique del país. Su campo de acción fueron los 70, ese decenio que lo cambió todo y época de efervescencia de las cinematografías de bajo presupuesto, coyuntura en la que se especializó otorgando al cine mexicano clásicos menores de su cinematografía, pero que forman parte de eso que hoy se denomina cine de culto. ¡Tintorera! (1977) o El triángulo diabólico de las Bermudas (1978) son solo unos pocos ejemplos de una vasta filmografía conformada también por otra recordada pieza: La noche de los mil gatos.
               Con estreno datado en 1972, en su título encontramos una directa referencia a nuestros queridos mininos, los cuales tendrán cierto peso argumental en esta película donde Hugo Stiglitz (1940) —íntimo de Cardona y uno de los rostros más populares del cine mexicano— interpreta un playboy millonario de tendencias psicopáticas, que atrae a todas las mujeres que conquista a su elegante mansión de corte gótico. Allí, tras consumar sus coqueteos, las servirá como alimento a una manada de gatos que habita una de las estancias del lugar.
                Cabe destacar que a pesar de las connotaciones terroríficas que se le puedan achacar, ya solo leyendo la mera sinopsis, la aparición de los felinos en esta pequeña gran historia de terror sugiere unas presencias gatunas que adhieren a la cinta un especial exotismo, aun incluyendo un tropo en sí mismo dentro del cine gótico anexado al horror: las apariciones inesperadas de algunos de los animales, o los maullidos orientados a crear una atmósfera que, dicho sea de paso, adquiere una neta importancia en las secuencias de interiores, son el principal potencial escénico del film de Cardona.


               De La noche de los mil gatos pueden extraerse algunos defectos, como pudiera ser el indefinido retrato interior del personaje de Stiglitz o, si volvemos al terreno que más nos toca, una necesaria muestra del carácter felino, en una tonalidad más elegante, cada vez que aparecen los protagonistas que dan título a la cinta. Pero, aun así, Cardona es fiel a ese espíritu de explotación que se enlaza con los entresijos más espirituales de la Serie B. Sus ramalazos de género conectan directamente con una influencia clara del gótico venido de la Hammer Productions, que conforma un preciosista contraste con la buena recreación escénica de las costas de Acapulco, gracias a los vuelos en helicóptero de nuestro protagonista.
               De carácter exótico y con una extrañeza conceptual en su desarrollo que compensa su esquelética trama, el film de Cardona juega también en esa liga del terror que se acerca más al sórdido tratado de lo audiovisual que a una hipotética complejidad en estructura argumental, coyuntura que pudiera ser el principal objetivo de sus detractores, pero que es innegable que añade una personalidad intrínseca a la película que la sitúa entre lo mejor de su realizador.
               El embrujo de su título provocará un interés inmediato a quienes nos consideramos amantes de los felinos, y aunque aquí se utilice la figura del gato como mero recurso a favor de ese cúmulo de inquietantes tropos hacia el misterio, sus apariciones alargan la dimensión de esta obra originando un capítulo donde el minino está nuevamente presente en la historia del cine de terror. Y aquí, más concretamente, lo hace en la cinematografía mexicana de explotación, la cual nunca será lo suficientemente reivindicada.

  • Revista Abril 2019

    Cine de culto

issuu