La Puertita del patio
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La Puertita del patio
Por Óscar Barrientos

Viajar en el tiempo y el espacio es cosa de gatos, no de hombres.


Difícil sería comprobarlo, pero de algo estoy seguro: el tema, repetido hasta el hastío, del fervor egipcio por los mininos, al punto de que nos disecaban para enterrarnos junto con las momias faraónicas, no se asocia al dios Ra, librado de la mordida de la maléfica serpiente Apofis, sino al gusto gatuno por la ucronía. Estaba en lo cierto Ludwig Tieck: «Si al tratar a los humanos no hubiésemos adquirido cierto desdén por la expresión oral, todos podríamos hablar», contar pasmosas travesías.


Los miaus tenemos una condición innata para cruzar las sinuosas barreras del dios Cronos en reinos cuya naturaleza es tan absurda como ciertos cuadros de Dalí donde los relojes se derriten y los objetos levitan. Agujeros negros pasajeros, brechas interdimensionales, transportación por partículas, son más frecuentes de lo que algunos creen.


Soy un vetusto gato, tengo más de quince años, mi nombre, Apolo, rinde tributo al dios del sol y la belleza; sigo «luminoso», me inculcan mis dueños. De pecho blanco, patas grandes, lomo color de trigo, uso siempre corbatas adquiridas por ellos, para mí, en tiendas de mascotas. Me quedan bien, juegan con mis bigotes, me dan un aire señorial que muchos quisieran.


Hace año y medio trajeron una gatita persa, de miembros cortos; cuerpo macizo; cola de zorro; lomo jaspeado en tonos del colorín al negro; los visos le imprimen beldad encomiable. Su mirar es efusivo; los pelos erguidos, sedosos, de sus cejas, parecen antenas de comunicación con el cosmos.


Nos llevamos bien. La divertida hermanita me inspira afecto paternal. ¡Pero nos respetamos los espacios! Por el apego algo excesivo de los amos a la serie Twin Peaks, la bautizaron con el tétrico apelativo de Laura Palmer. Nunca olvidaré cuando llegó dentro de una caja de zapatos: asomó su cándida, esférica, cabeza, cual cosmonauta que aterriza en un planeta ignoto, resuelto a explorarlo.


Tales amos, dueños, «padres», se autodenominan, es gente cariñosa, prolija en nuestro cuidado: a propósito, podría escribir un tratado si a alguien le interesara. Forman una pareja amable, sin hijos, un poco rara. En honor de la convivencia, Laura y yo tendemos a perdonar sus ridiculeces. ¡Somos los más regalones de Punta Arenas! Huelga discutirlo. ¡Lo dicen con tanta convicción!


No abundaré en rutinas: furtivos asaltos a la despensa; juegos y siestas ora en sillones, ora en el regazo de los «papás»; en fin, modos de gatos. Que agosto representa nuestro mes es puro cuento, embuste de veterinarios capciosos.


A propósito de la temible pandemia del COVID-19, este año todo cambió para medio mundo y de paso, para nosotros. No sé si es prudente decirlo, pero me gustaba más cuando salían a trabajar por la mañana y regresaban a la noche. Ahora están aquí, de punto fijo; ella, telereunida en el comedor; y él lo mismo en el piso de arriba. No sé qué molesta más: su advenediza falta de atención o el escuchar altercados laborales vaya donde vaya.


Sobre las seis de la tarde, mamá ejercita esgrima on-line. Laura y yo nos escondemos debajo de los muebles en evasión de los sablazos; papá escucha invariablemente a Pablo Milanés. A mí también me gusta la voz de miel del trovador cubano, pero todos los días es como mucho. Me tiene hasta la coronilla con «El breve espacio en que no estás» y la glorificación poética de una mujer violenta y tierna que no habla de uniones eternas mas se entrega cual si hubiera solo un día para amar, que no es perfecta más se acerca a lo que él simplemente soñó, en otras palabras, bipolar.


Poco antes del aislamiento se abastecieron de comida y bienes de aseo.


—La cuarentena será larga —concienciaron.


También nos compraron varios implementos: abrevaderos; casitas dormitorios acolchonadas —no las usamos, preferimos cajas de cartón—; puerta PetSafe, cruce de la cocina al patio techado; y en él, un juego de tronquitos. La puerta abatible PetSafe es un cuadrante de cuerpo rígido provisto de cortina plástica. El contorno imantado del dosel permite cerrarla. Sin embargo, los papás ignoran detalles sobre ella.


Uno, cuando desaparecemos por dos horas diarias, ni somos secuestrados ni corremos adrede a ninguna parte. Pero ellos nos vocean, serenos al principio, luego desesperados, y de pronto, sin previo aviso, entramos por la puertita de la cocina como si siempre hubiésemos estado en el patio.


Dos, la fausta tranquera no es tal valla, sino una puerta dimensional. Desconozco dónde compraron el adminículo, carezco de competencia para explicar cómo funciona. Sé que en su amplio abanico espacio-temporal, elige un lapso preciso para dispensarnos, corporeizarnos en otro sitio. Por designios caprichosos del implemento y su creador, la carga flotante, transportadora, nos abre un túnel en el vertiginoso paso del tiempo, entre los crepitantes vectores espaciales de la cuarta dimensión. Así nomás.


Una vez al día surjo a fines de 1938 en Santiago de Chile. Altivo, enérgico a pesar de mis setenta años, suelo llevar cuello italiano, corbatas sobrias, ternos brillosos por el uso y abuso de la plancha. De finos labios, pálidas mejillas, rostro afeitado, anguloso, tirante pelo, cano, otrora rubio, hoyuelo en medio del cuadrado mentón, como buen integrante del Partido Radical me la paso en cenas, cócteles, recepciones, concentraciones… Voy a la logia regularmente para limar la piedra bruta, alcanzar el conocimiento del libre pensador. Soy parte de la activa vida republicana, un respetable bebedor de mostos, padre de familia con hijos y nietos.


Vivo tiempos convulsos. Avalo las bases tributarias de la doctrina de Valentín Letelier, ala progresista, desarrollista. No todos piensan igual en mi tienda política. Apoyaremos, eso sí, sin reservas, a don Pedro Aguirre Cerda, en su afán de ganar la presidencia. Nuestra alianza adelantará los cambios, saciará los apremios de la clase media y los sectores postergados. Por eso me la paso reunido hasta altas horas de la noche, imbuyendo a mis prójimos de una fe inquebrantable: el Frente Popular es lo mejor para el país; la espiga dorada del trabajo, la espada certera de la razón, la palanca acerada del progreso, se impondrán sobre la soberbia y el populismo de ciertos caudillos denostadores de la república.


Sin ir más lejos, hoy almorzamos en el Club Radical junto al candidato Aguirre Cerda, hombre noble, razonable. Si bien deriva de la tendencia fundada en los preceptos de Enrique Mac Iver, leo en sus ojos vivacidad conmovedora, apego volcánico al territorio. El causeo de patitas y el copioso vino de las viñas del aspirante fueron memorables, contribuyó al ambiente cordial, distendido. Luego de las retóricas intervenciones de algunos dirigentes, me dieron la palabra. Fui enfático al denunciar los turbios manejos del general Carlos Ibáñez del Campo, siempre a sombra de tejados, las tropelías del pretendiente Alessandri, titiritero de Gustavo Ross, vulgar marioneta de sus intereses.


—Permítanme citar a Leonardo da Vinci —concluí solemne, asido a la copa de tinto—: «Hasta el más pequeño de los felinos es una obra maestra». Es por ello, un insulto para los felinos que se le apode el León de Tarapacá. Esto último lo digo con absoluta propiedad.


Me miraron como si, equivocado de libreto, hubiese dicho la frase de otra película. Pedí disculpas, excusé ir al baño, pero al entrar al corredor del lavabo, de súbito me redujo un golpe de energía y crucé la PetSafe. Ahí estaba mamá frente al computador, blandiendo la espada en su clase de esgrima; la saludé con un ademán de cabeza; corrí hasta la planta alta para no importunarla. Allí yacía papá, desafinado, emocionado: «Yolanda, eternamente Yolanda».


El caso de Laura Palmer es distinto; no viaja lejos; la maquinita le reserva un destino cercano, aunque contundente: al cruzar de la cocina al patio, emerge airosa, mochila al hombro, a las puertas de la academia de kick boxing, a unas cuadras de aquí, en Maipú esquina Quillota. Morena, de ojos claros, short malva, falda con banderas de Japón, Tailandia y los Estados Unidos, es todo un crack mi hermanita, la estrella del club: pegada de Rocky Marciano, esquive de Nicolino Locche, elongación de Benny Urquidez… De estilo encorvado, heterodoxo, su brutal puño zurdo asoma en el momento más inesperado, seguido de una patada circular propinada con el extremo de la tibia, la pierna semiflexionada, verdadero batazo al rostro del adversario.


Nadie en el ring puede contra su técnica certera, sus maniobras de hormiga atómica. El entrenador está orgulloso, planea llevarla al campeonato nacional. El sentido de sobrevivencia propio de nuestra especie, imprime a sus modos aplomo, energía tenaz, renovadora: los gatos viajeros del tiempo y el espacio estampamos en los humanos las nobles virtudes felinas, aquella particular astucia reflejada en cada movimiento, en el andar precavido, majestuoso.


Cuando la clase llega a su fin, sale de la academia, se esfuma en el aire, cruza la PetSafe, vuelve cansada. Ya en la noche, junto al calentador, mientras lavo su cabeza, me comparte sus gestas deportivas, grandes y mínimos avances en el sagrado arte del full contact. Yo también le descubro las intrigas partidarias propias de mi fugaz corporeidad humana, la trascendencia implícita en el triunfo electoral de nuestra coalición, el alcance de nuestros lemas políticos: «Pan, techo y abrigo». «Gobernar es educar». ¡Cada loco con su tema!


A menudo la vida hace reajustes, juega al azar. Personajes de diferentes obras de pronto coinciden, subsisten cual náufragos en una isla. Somos planetas en soledad, y de repente alguien se pone en nuestra órbita. Nos pasa a todos.


¿Qué tienen en común la esgrima y Milanés? El hecho de existir, ¿es fervor por amores nunca bien entendidos? ¿Acaso pretérito y futuro perfecto comparten un secreto universo de nexos y contrasentidos? ¿Por qué el destino, tornadizo, inopinado como la PetSafe, nos impone viajar a intervalos en el pellejo de otras realidades; junta aquel veterano de la década del treinta del siglo XX con esta novel deportista que toma al alto rendimiento por credo religioso; lanza a Laura hacia una épica solo realizable desde la óptica del vencedor, y a mí me arroja a un Chile ya desaparecido?


Sin duda es un regalo vivir con cariñosos padres, tener un techo para cobijarse. Pero también lo es el transitar por otras existencias. ¡A tanto aspiramos que apenas conseguimos descubrir el abismo entre sueño y vigilia! La máquina me impide invitar a mi hermana a traspasar la multitud agolpada en La Moneda al triunfo en las urnas del Frente Popular, decirle mientras don Pedro pronuncia su discurso palaciego:


—Mira, Laurita, la historia está ocurriendo.


O regalarle un ramo de flores enorme cuando gane su primer campeonato y mientras cuelguen en su cuello la medalla dorada, aconsejarle:


—No sé si el futuro llegue, pero dile a los troncos del patio que un sol redondo y hermoso nos espera.