La última noche de Andrés Bobe
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La última noche de Andrés Bobe
Por Ignacio Fritz

Chica Mint sonríe, como quien no le otorga importancia, dice, la última noche de Andrés Bobe, ¿sabes quién fue? ¿Sabes lo que fue para todas nosotras? Entonces el hombre que irradia una masculinidad manifiesta, sombría, cazadora, modula, ¿algo de un grupo de música que tuvo sus inicios en la década de los noventa? Así es, perfecto, plantea Chica Mint, vestida con una falda beige y una rebeca de color crema, y observa su deliciosa caipiriña a la mitad, los peces de vivos colores en un acuario de vidrio del bar El Rincón de los Rebeldes, y siente, sin duda, siente que las décadas transcurren inexorablemente, como una maldición, como una muerte imperecedera, lenta. Perfecta. Sí, piensa Chica Mint, cada año que pasa es una muerte permanente, y observa la tabla de resina de la barra del bar, iluminada estrambóticamente, y la música, «Tracy Jacks», de Blur, que concluye para dar paso a una banda nueva que se estrenaría en el escenario del local, clarificado con focos y parafernalia acorde al espectáculo. Fue guitarrista y fundador del grupo La Ley, continúa ella, ese con Beto Cuevas de vocalista y Mauricio Clavería y Luciano Rojas. Ese grupo ha tenido mucho éxito, pero el ideólogo detrás fue Andrés Bobe, que falleció en un estúpido accidente de moto el 10 abril de 1994, pero lo que no sabe la gente, los fans, es que el mejor amigo de Andrés Bobe era un delfín. En serio. Un adorable delfín como Flipper, lo juro por Dios, medio gris con celeste, muy inteligente y cariñoso.


El hombre encuentra atractiva, obscenamente, a Chica Mint, con sus ojos de color pipermint, la nariz filuda, no tanto como la de una urraca, de modo que el hombre, Gaudencio Sanfurgo, le pregunta, ¿a qué te dedicas? Una pregunta cliché. De una esquina emerge un humo blanquecino, encima del escenario del bar toca la nueva banda, eximia, sus propias canciones. Un remedo de otros grupos, siempre gringos, con estilo, el estilo del éxito, tal vez, retintines en delírium. Soy médico veterinaria y en 1993 estuve con Bobe en el momento justo en que él se bañaba en una piscina con un delfín, ese delfín del que te hablo. Me parece curioso, claro, ¿qué edad tenías en el noventa y tres? Veintidós años. Había viajado de este Chile con cordilleras de crocanti y chocolate blanco, lista para comerme al mundo y amar a los animales. ¿Ah, sí?, ¿cuánto amas a los animales? La conversación surge por el terreno de las mascotas, piensa Gaudencio Sanfurgo y con un gesto impersonal le pide al barman que le instale un trago fuerte, un whisky on the rocks. No ha probado gota de alcohol en toda la tarde de happy hours, y la plática con Chica Mint amerita cierto relajo: ha roto el hielo entre ambos, impetuosos desconocidos hasta ese momento.


Chica Mint sorbe la caipiriña y enciende un cigarrillo Blackheat de mentol y sabe que Gaudencio Sanfurgo la oye, atento, educado, con la secreta convicción de seducirla al final de la velada. Aunque también puede ser su imaginación y el hombre solo desea escuchar más que hablar. ¿Te gustan los animales? Sí, en efecto, y lo que no te he contado es que Bobe me había contratado para que cuidara a su delfín, en México, donde La Ley estaba arrasando, y yo había llegado a ese país para comenzar de nuevo, dedicarme a lo mío en el Caribe mexicano, cerca de Cancún. Allí el tema de nado con delfines es muy popular. Te dirás que era muy cabra chica para comenzar de nuevo, claro, pero la juventud es muy intensa, yo era una joven intensa, y en algún momento creí que estaba enamorada de Andrés Bobe, de ahí que apelara a decirte eso de todas nosotras. El delfín nos unió, aunque supongo que él nunca se dio cuenta de que estaba enamorada. Prendada. O sea, una médico veterinario en Chile tiende a salvar la vida de perritos y gatitos, pero surgió la posibilidad de trabajar con delfines de atracción y por aquellos días, no recuerdo qué mes en específico, lo conocí. Hay programas de nado con estos animalitos, se cobra dinero, pero en todo se cobra, ¿no…? El barman irrumpe con el Sack Pat en las rocas y Gaudencio Sanfurgo bebe con estudiada discreción y ella lanza una bocanada de humo de cigarrillo con aroma a menta y tabaco.


Aún no se prohibía fumar en los locales.


El recinto irradia la siempre conocida imagen del esparcimiento a base de música y cócteles con alcohol. En suma, diversión y relax. Entonces trabajabas con delfines para no laburar todo el tiempo con gatos y perros, ¿ah? Exacto. Y coincidiste con ese guitarrista en México. ¿Qué más hiciste? Andrés Bobe estaba de moda en esa época, nadie se imaginaba que se nos iba a morir de esa forma tan ridícula, sobre todo cuando él exudaba un talento inusitado, con ideas nunca antes vistas en Chile, donde dedicarse al arte es sinónimo de morirse de hambre. Teclado, voz, guitarra eléctrica, y todo se funde en negro a los treinta y dos años, diez años más que yo, en una peligrosa intersección en la comuna de La Reina, calles José Ortega y Gasset con Monseñor Edwards. Se azotó la cabeza contra la solera, usaba casco, pero lamentablemente se desnucó y falleció, creo, camino al Hospital del Salvador. Todo en la madrugada, luego de una cena debido al éxito de un show en ayuda de la hija de un futbolista que debía sufrir un trasplante. Un show benéfico, claro. Murió en la noche. La muerte siempre aparece en la noche, ¿no…?


¿Intimaron? ¡Qué pregunta es esa!, exclama ella. La Ley venía de realizar el opening de la teleserie Champaña, muy David Lynch… No, qué mal pensado eres, solo nos unía el delfín, creo que mi culpa radica en ese mismísimo delfín, ya que él lo compró y me pidió su cuidado, y de alguna manera mantuvimos un contacto estrecho en base a ese cetáceo inteligentísimo y sensible. Hablábamos siempre por teléfono, yo en México y él en Chile (cuando no andaba de gira) y de alguna manera creo que la culpa de su muerte la tengo yo… ¿A qué te refieres? Un silencio absorbido por el ruido del local aparejaba una sensación de suspenso como si el entramado del diálogo no fuera más que una confesión sincera. Certera. A confesión de parte, relevo de prueba, piensa Gaudencio Sanfurgo. Hace un corte de mangas y se zampa el whisky con seguridad, aspaviento incluido. ¿El grupo que está en el escenario te hizo pensar en Andrés Bobe?, pregunta. ¿O la música de Blur?


De alguna forma intimamos, explica ella. No había celulares en esa época. Él sabía que debíamos hablar una vez a la semana, como mínimo. Y esa noche, su fatídica noche, Andrés Bobe debía hablar conmigo. Lo mantenía al tanto del delfín, de los cuidados. Recuerda que el delfín es un animalito muy lindo y clever. Sensible. Mantenerlo es un gasto excéntrico, y él sabía que nos encontrábamos lejos, que el delfín estaba en México, no en Chile; que me pagaba a mí para atenderlo y que yo debía contarle las monadas y gracias del animal, por así decir. Nuestro vínculo se basaba en al delfín. Aunque, por supuesto, yo era una chica joven y caí, me anduve enamorando de Bobe, como una ilusa. Tampoco como una calcetinera, no confundas. Tengo fe en que no soy una tonta. Tampoco lo son las grupis, cavila Gaudencio Sanfurgo, amparado en la sensación bastarda que implica el desahogo de Chica Mint. A ciencia cierta no sabe si esto corresponde a una confidencia o a una conversación sin mayores intenciones; el tema de fondo era que esta mujer había conocido a Andrés Bobe y en medio había un Flipper simpático que provocó una amistad entre el roquero y la médico veterinaria. Una amistad que implicaba la manutención de un animal acuático en otro país.


Creo que yo lo maté, remata Chica Mint y Gaudencio Sanfurgo retrocede, se asusta, se pasa una película que no es tal. ¿Matar a quién? A Andrés Bobe. ¿Cómo así? Explica. Comencé a mentir, a decirle la falsedad de que el delfín, cuyo nombre era Poseidón, estaba enfermo, y que por eso debíamos hablar seguido, yo contándole los progresos con el cuidado del animal, toda una mentira para hablar más con él y conseguir que viajara a México. Incluso iniciar la posibilidad de que residiera en México y que yo me involucrara más cercanamente con él. Perfecto, dice Gaudencio Sanfurgo, es una chamullera como todos los seres humanos. Esa última noche, Andrés Bobe estaba cansado, y luego de la cena posconcierto, montó en su moto, una Yamaha Enduro, solo porque, agotado, debía hablar conmigo por eso de la mentira que dije sobre el animal, que supuestamente estaba enfermito, con brucelosis. Íbamos a hablar esa mañana, pero sucedió lo que sucedió, tuvo ese tonto accidente, y de alguna manera, quizás yo soy la causante indirecta de su fallecimiento, su absurda muerte que truncó su vida y carrera musical. Él me decía Chica Mint, por el color de mis ojos, qué decir al respecto; las palabras quedan en nada. No sirven… Entonces ella experimenta una espiral de desazón.


Gaudencio Sanfurgo observa otra vez los peces de colores de la pecera, iluminados, y decide cortar la conversación por lo sano y no preguntarle por el destino del delfín Poseidón tras la muerte de Andrés Bobe. Observa con desdén su reloj de pulsera, esgrime la mentirilla blanca de que debe irse, se hace taaan tarde, y planta, como en las películas, el dinero de su whisky y unas monedas sueltas de propina. Bosteza; los huesos están a punto de deshacérsele en estalactitas. Chica Mint se queda muda, porque sabe, sabe que Gaudencio Sanfurgo se retira con una mentira, una vil mentirilla como la que ella empleó sobre el delfín Poseidón, y que tal vez incidió en una preocupación en la última noche de Andrés Bobe, cuando resbaló fatal en esa intersección de la calle de la comuna de La Reina y aparecía la muerte, esa grupi pegote que instalan los años de avance irreverente en los recuerdos difusos del tiempo y la memoria hablada en una tarde seductora de happy hours.