Land of Mine
Home » Cine  »  Land of Mine
Land of Mine
Por Gervasio Navío Flores

Una fila infinita de prisioneros alemanes deambula por una carretera. El sargento Carl Leopold Rasmussen (Roland Møller) la observa desde su jeep. Un destello rojo y blanco capta su atención: es una bandera de su patria, Dinamarca. Ahora es un trapo que un soldado alemán oculta entre sus sucias manos, apretado contra el desgarrado uniforme. El sargento se lo arrebata a gritos y golpea salvajemente al soldado una y otra vez; el chico sangra con profusión, la nariz está destrozada.

«Fuera de mi país, esa bandera no es vuestra». 


El sargento es un tipo duro, un paracaidista veterano y ha visto el horror bien de cerca; el odio y la rabia lo devoran. Se ha hecho daño en la mano al golpear al prisionero alemán, un dolor sordo y punzante que lo acompañará el resto de sus días.


«Malditos seáis, malditos… seáis todos».


Es 1945. Alemania se ha rendido y la Segunda Guerra Mundial ha terminado. Unos imberbes soldados alemanes reciben instrucciones de un capitán danés. Apenas son unos niños, unos adolescentes: caras sucias, almas sucias, flacos como palos, perpetuas lágrimas en esos ojos de mirada perdida que ya no parecen humanos. Deben limpiar de minas alemanas la costa danesa, minas que esperaban una invasión aliada, minas que aguardaban bajo la arena un ajuste de cuentas.


Su instrucción es brutal, aunque se lo merecen por lo que han hecho. Reciben lo que siembran. Impiedad. La mayoría morirá cuando lleguen a la playa y comiencen el trabajo, mientras aprenden a desactivar sus propias minas.


«Si sobrevives, volverás a casa». Ese es el mantra que los mantiene en pie. 


La pantalla devuelve rostros hambrientos y apaleados y nos obliga a convivir con unos niños, con unos soldados que realizan un trabajo inhumano. La experiencia no es gratuita, arrasa. 


Mis lágrimas también se precipitan y se agolpan en los ojos. 


La civilización occidental se fue por las chimeneas del campo de concentración de Dachau, eso ya lo sabíamos, y Land of Mine nos relata cómo los restos que aún quedaban fueron barridos por el viento en una olvidada playa danesa. 


Martin Zandvliet (1971)retrató en 2015 un episodio muy negro de la historia de la Humanidad. Escribe y dirige esta obra con respeto, con distancia e intimísimo, desde las tripas. Mientras nos abruma con la brutalidad del sargento Rasmussen y con las atrocidades del nazismo, hace resonar nuestra conciencia.


El director nos muestra la belleza majestuosa de los parajes daneses, belleza que inspiró a sus pintores más sensibles, como Vilhelm Hammershoi (1864-1916, que tanto influyó en Carl Theodor Dreyer [1889-1968]) o Peder Severin Krøyers, (1851-1909, con su famosísimo cuadro Noche estival en la playa sur de Skagen con Anna Ancher y Marie Krøyer [1893]). Excepcional la fotografía de su compatriota, Camilla Hjelm, que nos desarbola con imágenes magnificas: una casa solariega con las ropas tendidas al viento; el sargento Rasmussen con la mirada perdida, contemplando el atardecer; el horizonte en llamas, con la playa a sus pies y las hierbas altas en primer plano; los prisioneros tendidos boca abajo sobre la arena blanca buscando las minas en una vista cenital cegadora.


Extractos tan increíblemente bellos, como psicológicamente aterradores. La película desprende ese lirismo, cuenta verdades terribles desde lo más hondo del corazón. Land of Mine (Bajo la arena, en español) habla de perdón, piedad, honor, patria, justicia, amistad, amor, sacrificio, muerte, venganza en una playa minada de dolor.


El grupo de prisioneros describe los aspectos de la juventud alemana de su tiempo, representan los errores de la generación anterior, la que puso a Hitler en el poder: la de sus padres. Ellos arrastran esas equivocaciones. Desde el fanático con el uniforme impoluto, que no acepta la derrota de Alemania, el supuesto líder, Helmut (Joel Basman), aunque el líder real es Sebastian (Louis Hofmann), pasando por Ernst y Werner (Emil y Oskar Belton), los gemelos que solo quieren volver a casa a reconstruir su país, hay toda una pléyade de jovenzuelos que soporta el peso de una guerra. La película recuerda a la mítica El puente (Bernard Wicki, 1959) y las escenas de los trenes, a Tiempo de amar, tiempo de morir (Douglas Sirk,1958) en la que vemos estos mismos rostros aniñados partir al Frente. 


Al tratar el conflicto bélico desde el punto de vista de las tropas alemanas, se respira una atmósfera viciada de revanchismo y de castigo. Es una mirada al reverso del espejo. Martin Zandvliet narra esta historia con pasión y sin rencor, es una expiación, un réquiem, más bien; no busca culpables ni inocentes, porque quizás no haya inocentes en una guerra. Su imparcialidad es mostrar hombres, simplemente hombres: viejos y jóvenes; resentidos y dolidos; perdidos y desconcertados. Simplemente hombres.


Un niño pequeño llama a su madre cuando tiene miedo, cuando el dolor aparece. Esa máxima es universal, pero cuando una mina le ha arrancado los brazos y se retuerce en la arena sin saber qué le ha pasado, esa llamada es insoportable.

Dos hermanos gemelos juegan después del almuerzo con un escarabajo admirando la complejidad de la naturaleza, juegos de infancia mezclados con sueños de hombres: fantasear con un trabajo cuando regresen a casa, cuando la guerra termine para ellos.


Ernst, Werner, Sebastian, Wilhelm, Rodolf limpian la playa centímetro a centímetro: «Arrástrate por la arena con cuidado, utiliza la sonda, recuerda el entrenamiento, pronto volverás a casa, lo ha prometido el sargento Rasmussen…».

Friedrich Nietzsche decía que miramos el abismo y el abismo nos devuelve la mirada. El sargento Rasmussen siente esa mirada. Una grandísima interpretación de Roland Møller para captar la evolución de ese rudo guerrero. Su relación con Otto, su perro, es especialmente bella. Con momentos de soledad compartida junto a una pelota de tenis, el vacío insomne de una casa y la mirada comprensiva de un fiel compañero, sentimos esa profunda comunión. 


Sin duda, el corazón de la historia es la intensa conexión del sargento Rasmussen con Sebastian, magistralmente interpretado por el joven Louis Hofmann. Asistimos a una emocionante confrontación, compartimos la vida con el viejo soldado y el joven prisionero, pasamos hambre, hacemos promesas, aliviamos los días de cautiverio y humillaciones hasta que una traicionera explosión vuela por los aires nuestra fe en los hombres. Somos testigos del horror, se difuminan las líneas que separan a los verdugos de las víctimas.


Somos acompañados por una triste y hermosa melodía de Sune Martincomo banda sonora para acompasar la rabia y el dolor de la perdida, para administrar la tensión contenida que destila la película. Esta tierra de minas es sencillamente eso: un relato tan real y duro que no hay suficientes palabras para describirlo, pero sí hay imágenes para sentirlo y, desde luego, yo las siento.


Recuerdo cómo abandoné la sala de cine en su estreno, cual boxeador sonado, con pasos torpes, intentando que mis ojos se acostumbraran a la luz de la realidad. Pero los rostros de los chicos-soldados iban conmigo, saliendo del cine en fila, tal y como empezó la historia, bajo un silencio sepulcral, turbado, horrorizado.


En mi memoria resuenan aún las palabras del sargento Rasmussen. El tipo duro consuela a un chico que quiere salir a buscar a su hermano: ni siquiera otra ampolla de morfina puede apagar el amor. Un sargento danés y un soldado alemán, un padre y un niño cualquiera.


Termino con lágrimas. Creí que ya no me quedaban. Brotan ahora, mientras escribo estas notas, cuando vuelvo a saborear la película. Alguien llorará también dentro de mil años cuando recuerde lo que hemos hecho, lo que la humanidad sigue haciendo. 


Me zumban los oídos, me sangra el corazón. 


La venganza no consuela. Más bien causa un nuevo dolor.