Laura Ponce, cosmógrafa fantástica
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Laura Ponce, cosmógrafa fantástica
Por Luis Saavedra

Laura Ponce (1972), escritora y editora argentina, se ha especializado en literatura fantástica. Es directora de la revista de ciencia ficción Próxima y su libro de cuentos Cosmografía profunda (2019) fue publicado en ambos lados del charco con gran éxito de crítica.


Mi pregunta de rigor, ¿cuál ha sido tu relación con el mundo animal en tu vida?


Ha sido una relación paulatina, creciente, como un descubrimiento. Recuerdo que cuando era chica había animales domésticos en mi casa, un gato y un perro, pero nunca los consideré «míos», eran «de la familia» y yo no tenía gran relación con ellos, ni de agrado ni de desagrado. La primera vez que en serio «tuve gato» fue estando ya casada, cuando mi esposo adoptó un gatito y formamos una familia con él. Lo llamamos Dax porque tenía unas manchitas a los lados de la cara, como la comandante trill de Star Trek: Deep Space Nine. Fue el primer animal no humano con el que pude establecer una relación, conocernos, querernos. Nunca lo consideramos una posesión, sino otro ser con quien compartíamos la casa y nuestras vidas, y fuimos muy felices. Eso fue hace más de veinte años. Cuando Dax murió, fue muy doloroso y creí que no iba a querer otro, pero con el tiempo volví a adoptar, y ha sido la mejor decisión posible. He aprendido mucho de los convivientes felinos que he tenido, cada cual con su personalidad. Ahora somos solo Nube y yo, y sé que mi vida sería infinitamente más pobre si no la compartiera con él. Le puse ese nombre porque cuando lo dejaron a mi cuidado era una mota gris esponjosita y ahora es un jovencito, todo un atleta que entra y sale de casa a voluntad.


Cuando incluyes fauna en tus relatos, ¿tienes un código de conducta para representarlos?


Nunca había pensado al respecto. Ahora, repasando mentalmente mis cuentos, veo que no suelo incluir animales en mis narraciones. En uno solo de los relatos que componen Cosmografía profunda hay animales, en «Todo es nuevo en Rognar». Son pájaros y tienen mucha importancia para la trama, ya que son los primeros seres en entrar en relación con cierta forma de vida extraterrestre.


¿Por qué te interesa el género fantástico?


Porque estoy convencida de que los géneros no miméticos dan cuenta de la realidad mucho mejor que el realismo (que, dicho de paso, también es un artificio narrativo). Creo que el género fantástico y especialmente la ciencia ficción poseen herramientas únicas para entrenar el pensamiento crítico y discutir lo dado, extrapolar, prospectar, estirar lo conocido hasta el máximo de sus posibilidades, usar el extrañamiento para cuestionar lo conocido y su condición de única forma posible para las cosas, y generar así pensamiento emancipador. Difícilmente podamos construir un futuro mejor si ni siquiera podemos imaginarlo. Difícilmente podamos imaginarlo si no escapamos de las trampas del realismo.


Tú eres más cuentista que novelista, ¿hay alguna preferencia?


Tengo un par de novelas escritas, pero me gusta mucho más el cuento como estructura, como artefacto, me entusiasma el tipo de desafíos que me representa. El cuento, como lo entiendo, requiere mayor precisión; nada puede estar demás, no puede contener palabras ni ideas ociosas; todo debe estar al servicio de lo que se desea contar, perfectamente ubicado y puesto en relación, como los engranajes de una maquinaria preciosa.


Escribiste para Whitestar (2016), una antología homenaje a David Bowie, ¿cuál es tu relación con la música?


La música es importante en mi vida y en mi narrativa. Muchas veces una canción, un verso, una imagen auditiva me han resultado disparadores para una historia. De hecho, tengo un cuento («Mientras mientes») que habla de la música producida por cierto instrumento creado con tecnología extraterrestre, que provoca los efectos físicos de una droga.


También eres editora y directora editorial, ¿prefieres una profesión por sobre otra?


Me parece que en mi caso están profundamente relacionadas. He disfrutado mucho de ambas, he aprendido mucho y los saberes de una actividad me han nutrido para realizar la otra. Sin embargo, creo que la dirección editorial es más demandante, especialmente en el caso de una revista como Próxima, y en este momento de mi vida prefiero dedicarme a la edición de libros, proyectos que si bien tienen su continuidad en la línea editorial, son muy singulares.


Ahora último tenemos un auge en Latinoamérica de ciencia ficción, ¿por qué no pasó antes?


Mi primer impulso es responderte que sí pasó, pero no lo sabíamos. No nos enteramos porque no estábamos tan comunicados como ahora. Sin embargo, desconfío de esas afirmaciones por las que parece que vivimos un presente sin pasado, como si siempre hubiera que estar empezando desde cero. Cuando vos y yo nos conocimos, hace quince años, ya existía Axxón y varias otras publicaciones digitales en Latinoamérica y España; era un momento de producción efervescente. Quizás su auge sea cíclico. Pero es cierto que en la actualidad parece sumarse un momento de buena producción con su visibilidad.


Y si la ciencia ficción es pensamiento emancipador y construcción de futuro, ¿por qué parece ser cada día más y más pesimista?


Porque también es reflejo de la sociedad que la produce, de sus temores y anhelos y de la idea que tiene del futuro. En la actualidad, la idea sobre el futuro es muy limitada. Es un proceso que se viene dando a nivel mundial, o por lo menos en Occidente desde la caída del Muro de Berlín. Es lo que Francis Fukuyama llamó el «fin de la historia»; lo que Mark Fisher llamó, citando un concepto del filósofo Bifo Berardi, «la lenta cancelación del futuro»; a lo que se refería Fredric Jameson al decir que vivimos una época en la que «parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo». Crece la opresiva sensación de que no hay (ni habrá) nada más, la mismidad ocupa por completo el horizonte de lo pensado. En el inicio de la ciencia ficción había una gran expectativa sobre el «progreso», se imponía una idea positivista de que la ciencia solo podría traer cosas buenas; aunque no se supiera a ciencia cierta cómo iba a ser el futuro, la noción compartida era que, cuando menos, sería diferente. Ahora cuesta pesar esa diferencia. Y se ponen de moda las distopías posapocalípticas, que no son más que escenarios en los que las condiciones de nuestro presente (desigualdad, explotación, ecocidio) se estiran un poco más en su deterioro. Como si no pudiéramos imaginar alternativas, como si estuviéramos frente a un destino manifiesto del que es imposible escapar. Es riesgoso regodearnos en esa autocompasión, porque podemos llegar a acostumbrarnos demasiado a esa idea y transformarla en una profecía autocumplida. Por eso creo que en este momento es particularmente necesario pensar la utopía; utilizar la ciencia ficción como banco de pruebas para ensayar ideas sobre el futuro. Explorar las posibilidades del New Weird, por ejemplo, para borronear los bordes de la realidad para agitar levemente lo cotidiano, e ir hacia un reencantamiento del mundo en el que podamos imaginar el futuro que queramos.


¿Incluirás a tus gatijos en esos próximos proyectos?


Ja, ja, ja. Podría ser. Nunca lo había pensado, pero podría suceder. Este año de pandemia, en el que compartimos más tiempo que nunca, nos ha unido mucho.