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LITERATURA


1969: «UN MUCHACHO Y SU PERRO»

Por Manuel Rodríguez Yagüe

Un muchacho y su perro es el título de una de las más famosas ilustraciones de Norman Rockwell (1894 - 1978), el pintor del Estados Unidos que nunca existió. Su obra está repleta de escenas entrañables de la Norte América profunda que evocaban un mundo utópico de buenos sentimientos.
      Es posible que Harlan Ellison (1934-2018), autor polémico y provocador como pocos, conociera aquella cariñosa ilustración y decidiera conservar el título, subvertir completamente su espíritu y escribir un relato que hubiera sumido a Rockwell en la más completa depresión.
      «Un muchacho y su perro», obra maestra de Ellison, fue publicada inicialmente en forma abreviada en la revista británica New Worlds en abril de 1969. Tres meses más tarde, ya en su forma definitiva, formó parte de la antología La bestia que gritaba amor en el corazón del Universo, volumen que reunía quince relatos del autor. De su calidad e impacto en los profesionales del medio da testimonio su Premio Nébula a la Mejor Novela Corta.
      El muchacho del título, Vic, y su perro, Blood, sobreviven entre las ruinas de un mundo posapocalíptico en el que la única prioridad es conservar la vida. Y no es una tarea fácil en una pesadilla darwiniana en la que el fuerte y el astuto se alimenta del débil. La comida es escasa y la seguridad inexistente debido a las criaturas mutantes, producto de la radiación, y a la violencia aleatoria ejercida por bandas nómadas dedicadas a exterminarse las unas a las otras.
      Blood es descendiente de los primeros perros sobre los que se realizaron experimentos genéticos, que mezclaban ADN canino y de delfín. El resultado fue perros inteligentes con habilidades telepáticas. Como muchos de sus compañeros, Blood se ha asociado con Vic para sobrevivir, educándole y rastreando para él comida y mujeres; Vic, a cambio, lo protege y lo alimenta. Sin embargo, invirtiendo los papeles, el humano, Vic, resulta ser poco más que un animal. Sí, puede pensar y hablar, pero se deja llevar por sus instintos y la satisfacción de sus impulsos primarios (comida, sexo); en cambio, el perro, Blood, es el estratega de la pareja, el depositario de la experiencia y el conocimiento y, sobre todo, la voz del sentido común.
      Aunque Vic necesita a Blood más que a la inversa, ambos son hijos de un mundo degenerado e inquietante. Recurrir a las armas de fuego, a la violación, es lo frecuente, y todo lo relacionado con un estadio cultural más elevado (arte, religión, filosofía, organización social), ha desaparecido por completo... o casi.
      Porque en el subsuelo se han formado comunidades que se sirvieron de los pocos científicos que sobrevivieron para abrir y hacer habitables grandes cavernas forradas de acero.

De una de ellas, Topeka, procede Quilla June, una chica a la que Vic rescata de ser violada solo para forzarla él mismo. Quilla lo convence para que se vaya con ella a Topeka prometiéndole que tendrá todas las mujeres que desee. Blood, sospechando lo peor, se niega a acompañarlo.
      Vic no tarda en descubrir que Topeka puede ser más seguro y sofisticado que el mundo que él conoce, pero en sus entrañas anida una degeneración similar. A primera vista es una comunidad utópica de clase media, ajena a la ciencia y modelada de acuerdo a los ideales de las ciudades norteamericanas de finales del siglo XIX. Pero en realidad, Topeka está corroída por el cáncer de la hipocresía, la estrechez mental, el fanatismo y la esterilidad sexual y creativa. El acierto de Ellison es desconcertar al lector al ponerlo en la difícil situación de decidir qué mundo es más deseable: si el de la superficie, con abierta violencia y brutalidad, o el subterráneo, agobiante en falsedad, oculta ferocidad e intolerancia.
      La historia es, claro está, una subversión de los tópicos literarios tradicionales: el relato no tiene nada que ver con las ideas que su título despierta (amistad pura y desinteresada); no existe redención ni salvación en el amor entre hombre y mujer; el hombre puede ser más irracional que su mascota y la civilización no es necesariamente una alternativa deseable al caos.
      En relación a esto último, «Un muchacho y su perro» es también una sátira sobre la Norte América de los sesenta: los viejos y enfermizos valores enfrentados a otros nuevos, amorales, sí, pero llenos de vitalidad. Ellison transmite su opinión alta y clara: nuestra libertad individual y capacidad de decisión debe prevalecer sobre el potencial de la colectividad y una visión conservadora e higiénica del futuro. El relato es también una historia de amor sin la menor pizca de sentimentalismo. Si para sobrevivir en un mundo cruel, un chico tiene que elegir entre su perro malherido y su chica, Ellison deja pasmosamente claro cuál será la decisión.

Publicado originalmente en Un universo de ciencia ficción

  • REVISTA MAYO 2019

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