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LITERATURA


ESCRITORES EN DEFENSA DE LOS ANIMALES

Por Juana Araneda

A lo largo de la historia, muchos escritores se han manifestado abiertamente en defensa de los animales. En esta nota damos algunos ejemplos.
      Marguerite Yourcenar (Bélgica, 1903-1987) fue novelista, ensayista, poetisa y dramaturga, una de las escritoras más respetadas en lengua francesa, cuya obra más famosa es la monumental Memorias de Adriano (1951). La autora dio su apoyo a la Declaración Universal de los Derechos de los Animales, proclamada por la Liga Internacional de los Derechos del Animal en 1978 en la sede de la UNESCO en París y en su amplísima obra, así como en ponencias y entrevistas, manifestó su preocupación sobre la caza, el tráfico de marfil, las granjas industriales, la industria peletera, la matanza de focas y la vivisección. En su ensayo Quién sabe si el alma de las bestias va abajo, nos interpela con las siguientes palabras:
      «Seamos subversivos. Hay que rebelarse contra la ignorancia, la indiferencia, la crueldad que, por lo demás, suele aplicarse a menudo contra el hombre, porque antes se ha ejercitado con el animal. Recordemos, puesto que hay que relacionarlo todo con nosotros mismos, que habría menos niños mártires si hubiese menos animales torturados, menos vagones precintados llevando hacia la muerte a las víctimas de ciertas dictaduras si no nos hubiéramos acostumbrado a ver furgones en donde las reses agonizan sin alimento y sin agua, de camino hacia el matadero; menos caza humana derribada de un tiro si la afición y la costumbre de matar no fueran patrimonio de los cazadores. Y en la humilde medida de lo posible (es decir, mejoremos si es que se puede) la vida».

Isaac Bashevis Singer (Polonia, 1902-1991), fue un escritor judío en idioma yídish. Merecedor de Premio Nobel de Literatura en 1978 y autor de cerca de cincuenta libros entre los que destaca Sombras sobre Hudson (1957).
      Singer fue un vegetariano durante los últimos treinta y cinco años de su vida, y en más de una ocasión incluyó en su obra el tema del vegetarianismo. En su relato de 1967, El matarife, describe el conflicto de un matarife que debe conciliar su compasión por los animales con la labor de darles muerte:
      «Yoine Meir ya no dormía por las noches. Y cuando lo lograba, de inmediato le asaltaban las pesadillas. Las vacas adoptaban forma humana, con barbas y tirabuzones, y yármulkes entre los cuernos. Soñó que mientras él sacrificaba una ternera, esta se convertía en una muchacha. Su cuello latía con fuerza; ella suplicaba que la salvaran y corría a la casa de estudio, donde su sangre salpicaba el patio. Yoine Meir soñó incluso que había sacrificado a Reitze Doshe en lugar de una oveja».
      Declaró que comer carne es negar los ideales de todas las religiones: «¿Cómo podemos hablar del derecho y la justicia si tomamos una inocente criatura y su sangre es derramada?». Al consultársele sobre si se había hecho vegetariano por razones de salud, respondió: «No lo hice por mi salud, sino por la salud de los pollos».
      John Maxwell Coetzee (Sudáfrica, 1940) es un escritor y novelista sudafricano nacionalizado australiano en 2006. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2003. Entre sus obras destaca la novela Desgracia (1999).

      Ha dedicado gran parte de su vida pública a la defensa de los animales, denunciando el sistema de producción al interior de las granjas industriales y proponiendo lo que ha dado en llamar «imaginación compasiva», es decir, la empatía con la que podríamos vislumbrar «las cosas a través de los animales».
      En el año 2003 publicó la novela Elizabeth Costello, protagonizada por una anciana escritora, que viaja por el mundo dando conferencias sobre distintos temas, entre los que destacan los derechos de los animales, en concreto su capacidad de sentir dolor y su consciencia. El personaje aparece en otros libros del autor como Las vidas de los animales (1999), Hombre lento (2005) o Lecciones morales (2017). Entre las muchas reflexiones sobre los derechos de los animales de la autora ficticia, para muchos, trasunto del propio Coetzee, destacamos la siguiente:
      «La esclavización de toda la población ani- mal del mundo. Un esclavo: un ser cuya vida y cuya muerte están en manos de otro. ¿Qué otra cosa son el ganado, las ovejas y los pollos? Nadie habría soñado siquiera con los campos de exterminio si antes no hubieran existido las plantas de procesamiento cárnico.... La matanza de los indefensos se sigue repitiendo a nuestro alrededor, día tras día, una matanza que no es distinta en escala ni en horror ni en importancia moral a lo que llamamos el Holocausto. Pero decidimos no verlo».
      Los animales son constantes en toda su obra. Destacar las palabras de Lucy, una joven dedicada al cuidado de perros y personaje de Desgracia, la más célebre de las novelas del autor: «Ese es el ejemplo que yo trato de seguir: compartir algunos de los privilegios del ser humanos con los animales.

No quiero reencarnarme en una futura existencia como perro o como cerdo y tener que vivir como viven los perros o los cerdos bajo nuestro dominio».
      Luis Fernando Vallejo Rendón (1942, Colombia) es un escritor y cineasta, merecedor de numerosos reconocimientos, entre los que se incluye el Rómulo Gallegos. Es principalmente conocido por su novela La virgen de los sicarios (1994) y por su ensayo La puta de Babilonia (2007). Activista animalista y ateo militante, se ha manifestado duramente contra la crueldad animal. Hermano de Anibal, presidente honorífico de la Sociedad Protectora de Animales de Medellín, ha donado más de medio millón de dólares de sus premios recibidos a los perros abandonados.
      En el año 2003, dio un estremecedor discurso el Premio Rómulo Gallegos, del cual dejamos uno extracto:
      «A mí los que me duelen son los animales. A ver, ¿cuántos hay en los evangelios? Hay una piara de cerdos donde dizque se metió el demonio. Un camello que no pasará por el ojo de una aguja. Una culebra símbolo del mal. Y un borriquito, en el que venía Cristo montado el domingo de ramos cuando entró en triunfo a Jerusalén. ¿Y qué palabra de amor tuvo Cristo para estos animales? Ni una. No le dio el alma para tanto. ¡Cómo va a estar metido el demo- nio en un cerdo, que es un animal inocente! A los cerdos, en Colombia, en navidad, los acuchillamos para celebrar el nacimiento del Niño Dios. Todavía me siguen resonando en los oídos sus aullidos de dolor que oí de niño. El demonio sólo cabe en el alma del hombre. ¿No se dio cuenta Cristo de que él tenía dos ojos como los cerdos, como los camellos, como las culebras y como los burros? Pues detrás de esos dos ojos de los cerdos, de los camellos, de las culebras y de los burros también hay un alma».

  • REVISTA MAYO 2019

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