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LITERATURA


TODOS LOS HERMOSOS CABALLOS

Por Juan Calamares

Según el prestigioso crítico norteamericano Harold Bloom, Cormac McCarthy (1933) es uno de los cuatro mejores escritores estadounidenses vivos (tres, luego de la muerte de Philip Roth; los otros son Thomas Pynchon [1937] y Don DeLillo [1936]), lo que, en palabras de Roberto Bolaño al referirse a Philip K. Dick, equivale a ser uno de mejores escritores del mundo. Heredero de William Faulkner, del Melville de Moby Dick y, por lo tanto, de William Shakespeare, este autor de vida casi eremita, que rara vez ha dado una entrevista, ha sabido plasmar a lo largo de diez novelas un particular universo donde conviven el mal, los espacios inabarcables y un profundo sentido poético, expresado con la urgencia de los escritores bíblicos, mezcla de mito y realidad.
      Todos los hermosos caballos, ganadora del National Book Award de 1992, es una de las novelas que conforma su llamada «Trilogía de la frontera», compuesta por En la frontera (1994) y Ciudades en la llanura (1998). Como el resto de su obra, se sitúa en aquella frontera fantasmal de principios del siglo pasado, entre Estados Unidos y México. Un paraje bíblico, todavía en formación, donde «jinete y caballo y sus largas sombras que pasaban en tándem como la sombra de un solo ser», experimentan la crueldad y una especie de misticismo prereligioso.

...COMO EN TODAS LAS
NOVELAS DE CORMAC,
JOHN HALLARÁ LA
VIOLENCIA Y UN PAISAJE
MONOLÍTICO, ALGUNA VEZ
HABITADO POR NACIONES
INDIAS QUE DEJARON SU
ESTELA DE HONOR Y
SANGRE...

      John Grady, un joven vaquero de dieciséis años, miembro de una familia empobrecida a causa de la crisis del petróleo de comienzos del siglo pasado, emprende junto su primo un viaje sin sentido, que lo conducirá por territorios agrestes, como todo un bandolero, pese a que ningún agente de la ley lo persigue. Recordando a su madre, a la que apenas conoció, una actriz que estudió en las mejores academias de Buenos Aires y Roma, se descubrirá a sí mismo en una tierra dejada a su suerte, junto a su primo y los caballos que los guían hacia el ocaso y son el motor de toda la acción: «Durante los días siguientes cabalgaron a través de las montañas y cruzaron una garganta yerma y detuvieron los caballos entre las rocas para poder inspeccionar el terreno hacia el sur donde las últimas sombras se extendían sobre la tierra antes de que el viento y el sol del Oeste se sumergieran en un rojo sangre entre las nubes superpuestas».
      Como en todas las novelas de Cormac, John hallará la violencia y un paisaje monolítico, alguna vez habitado por naciones indias que dejaron su estela de honor y sangre. Sin embargo, estamos lejos del horror de Meridiano de sangre (1985), la más célebre novela del autor, verdadera escenificación del infierno, representado por la figura del maléfico Juez, misteriosa encarnación del Yago de Shakespeare, que aparece de la nada para dirigir las huestes de una banda de cazadores de cabelleras indias y para repartir su crueldad en partes iguales entre hombres y caballos.

Aquellos sufrientes caballos (que hacían que el propio Bloom se alejara de la lectura para descansar de tanto sufrimiento), que en camaradería con aquellos forajidos caían de barrancos, reciben las flechas de los comanches, muerden de pura desesperación o, heridos, se pudren en vida, sin que ninguna alma caritativa les otorgue el tiro de gracia. Hay escenas espantosas en esta novela, como aquella en la que un novillo es extirpado del vientre de su madre para ser devorado por las salvajes huestes del Juez.
      Pero McCarthy no es un nihilista, ni siente animadversión por los caballos. Todo lo contrario. Si muestra gráficamente su sufrimiento es para de darles cabida en el orden natural de las cosas; su dolor es tan valioso como el humano; Cormac siente aquel dolor y lo expresa.
      La relación con los caballos en la novela que nos ocupa es de un cariz muy diferente. Como en Sutree (1979), del mismo autor, Todos los hermosos caballos transita por aquella picaresca a lo Mark Twain, encarnada por un ocurrente bribonzuelo que a lomo de un caballo robado de una finca, busca unirse a John y a su primo con el único fin de cabalgar hacia el horizonte junto a estos, como en las películas de John Ford ambientadas en Monument Valley: «Cabalgaron a lo largo de la cerca y a través de los pastos abiertos. El cuero crujía bajo el frío de la madrugada. Pusieron los caballos a medio galope. Las luces quedaron atrás... En aquella noche desierta oyeron en alguna parte el tañido de una campana que cesó

donde no había campanas y cabalgaron sobre el redondo dosel de la tierra que era lo único oscuro, sin ninguna luz, y que llevaba sus figuras y las acercaba al enjambre de estrellas».
      Vemos muchos más caballos en este viaje. Caballos a los que el joven apacigua, cubriéndoles los ojos y hablándoles roncamente; caballos que corren libres y que han sido testigos de antiguas batallas. Caballos desbocados, caballos mansos y caballos hermosos que acompañarán a John y a su primo en todos los libros de la trilogía: «Eligió el primero que arrancó, desenrolló el lazo y trabó las dos patas del potro, que cayó al suelo con un tremendo ruido sonoro. Los otros dos caballos se encabritaron y agruparon y miraron atrás con furia. No olían a caballo. Olían a lo que eran, animales salvajes. Sujetaba la cara del caballo contra su pecho y podía sentir en la parte inferior de sus muslos palpitar la sangre a través de las arterias y el miedo. Puso la mano sobre los ojos del caballo y los acarició y no dejó de hablarle en voz baja y serena, diciéndole todo lo que se proponía hacer».
      El caballo pervive en esta novela y en todas las de este autor extraordinario, que ha sabido describir el horror de la experiencia humana como el que más. No son simples animales descritos con desdén. Ellos sufren, vagabundean, guerrean y tienen miedo, como el hombre, pero hay en sus almas algo que «proviene del conjunto de todos los caballos»: una mansedumbre y dignidad muy superior a la humana.

  • REVISTA MAYO 2019

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