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LITERATURA


Libros con gatos:

«El Negro de París» Por Ramón Díaz Eterovic

Osvaldo Soriano (1943-1997), autor de Triste, solitario y final (1973) y otras recordadas novelas, era un reconocido amante de los gatos. En su cuento «El Negro de París» (1989) dice: «Yo los conozco muy bien a los gatos, que como se saben gráciles y hermosos quieren impresionar a la gente con la indiferencia y la coquetería. En el fondo son unos tímidos holgazanes que no saben vivir solos…».

En alguna entrevista, Soriano llegó a decir: «Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo», y hablando de sus novelas, contó: «A mí un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro Veni, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días que escribía A sus plantas rendido un león [1986]. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos separamos. […] Para sentirme más seguro de mí mismo puse un gato negro al comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya pronto serás [1990]. Para decirlo mal y pronto; hay gatos en todas mis novelas». Sin duda, en materia de gatos, Soriano tenía autoridad y muchas historias que contar.

«El Negro de París» trata de la amistad, de los sueños y las ausencias. Su trama es simple: un matrimonio de exiliados argentinos llega a París con un hijo pequeño que añora la casa donde vivía, la barriada de sus juegos y sobre todo a Pulqui, la gata de la familia que se han visto obligados a dejar en Buenos Aires al cuidado de un tío que les envía de vez en cuando alguna foto del animal. El niño debe aprender una nueva lengua y conocer una ciudad que le parece confusa y poco amistosa. Se siente solo y sus padres se dan cuenta. Un día lo llevan a la Sociedad Protectora de Animales de París, donde el niño adopta un gato con «ojos redondos como cacerolas y bigotes largos, como cañas de pescar». El gato necesita un nombre y lo llaman, de acuerdo con el color de su pelaje, «Negro».

El niño y su gato se hacen amigos. El Negro acompaña al niño mientras este hace sus tareas aunque por las noches sale a recorrer los tejados del barrio. Pasan algunos años y los padres hablan de regresar a Buenos Aires. Al niño le muestran mapas y fotos de la ciudad que debieron abandonar y que sus mayores no dejan de añorar. Su padre le cuenta «una historia larga de desalientos y de utopías» y le dice que «debe heredar, sobre todo, la esperanza».

El niño quiere saber más de Buenos Aires y una noche su gato lo invita a un viaje que requiere de la imaginación y la fantasía. Recorren los techos de París y luego trepan hasta lo más alto de la Torre Eiffel. Desde ahí pueden ver Buenos Aires y los lugares que recuerda el niño: su barrio, el estadio de Boca, la calle Corrientes, la Plaza de Mayo. Desde esa noche cambia la vida del niño y solo piensa en volver a su país. Hace planes, saca cuentas. Le promete al Negro que viajarán juntos a la Argentina.

«El Negro de París» es un cuento hermoso, de esos que se leen y no se olvidan. Un libro recomendable para niños de uno a cien años.

  • REVISTA MAYO 2019

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