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LITERATURA


LAS MIRADAS MORTALES DE ANIMALES EN TRES CUENTOS LATINOAMERICANOS

Por Pablo Rumel




El basilisco, animal fantástico con diversas representaciones, ha tenido una facultad inmutable: matar con la mirada. Las primeras noticias que tenemos de él se remontan a la época clásica de los griegos. Su nombre procede de la voz βασιλίσκος, ‘basiliscos’, que significa «reyezuelo», llamado así por una mancha que adornaba su testa tal fuese una corona. Tuvo una gran repercusión en la Edad Media y se lo incorporó en múltiples bestiarios, llegando incluso a elucubrarse una teoría de cómo mataba con la mirada: lo hacía porque, según el erudito inglés Alexander Neckham (1157-1217), el ser comprimía y envenenaba el aire, provocando muerte por asfixia. Hay versiones del animal en África, en países nórdicos y, cómo no, también en Chiloé. En la versión chilota, la criatura se esconde en gallineros, emite un canto hipnótico para dormir a sus víctimas y luego las ataca sorbiendo la saliva, lo que a la larga provoca que el afectado merme sus fuerzas.
En esa misma senda fantástica, el escritor chileno Juan Emar (1893-1964) imagina en su célebre cuento «El pájaro verde» (1937) el peculiar destino de un loro capturado por un científico francés en el Amazonas. El animal pasa como herencia a la sobrina del sabio y luego al hijo de esta, un artista francés discípulo de Jean-Baptiste-Siméon Chardin. El artista, interesado en pintar animales (perros, gatos, gallinas, desfilan como modelos), se da a la tarea de retratar a su loro, el que, literalmente, fallece por el arte, pues producto de «las emanaciones de la pintura y la inmovilidad de la pose», su salud decae y muere. Esto sucede —nos dice el narrador— el mismo día que el terremoto del doce de junio de 1934 azota Valparaíso. El loro es embalsamado, lo que desata una extraña sucesión de coincidencias que terminarán en tragedia. El narrador ahora cuenta sus andanzas parisinas con sus compadres, quienes repiten por cualquier motivo —ya sea alegre, infeliz, de suerte o mala fortuna— la letra del tango «Yo he visto un pájaro verde». La frase Yo he visto un pájaro verde se transforma en una especie de santo y seña para aquellos, frase tan repetitiva que una noche de juerga descubren al mentado loro embalsado exhibido en el escaparate de una tienda. Los amigos juntan el dinero y, felices, lo compran. No es un guiño cuando Emar afirma que el loro ha sido colocado durante cuatro años frente a un retrato de Charles Baudelaire: se está prefigurando el horror que conjura la visión de este poeta maldito. El desenlace tiene tintes gore y surrealistas: el pájaro verde realiza algo más macabro que simplemente mirar, algo espantoso que el lector debe descubrir o rememorar si es que ya ha leído la historia.
El escritor mexicano Francisco Tario (1911- 1977), que felizmente podría posar en la misma galería de grandes escritores fantásticos latinoamericanos olvidados junto a Juan Emar, abre con esta frase su memorable cuento «La noche de la gallina» (1943): «Los hombres son vanos y crueles como no tienes idea

—me decía hace casi un siglo una gallina amiga, cuando todavía era yo joven y virgen, y habitaba un corral indescriptiblemente suntuoso, poblado de árboles frutales».
Sí, el cuento se abre con un diálogo entre dos gallinas humanizadas, quienes secretamente llevan una vida igual de compleja que la de las personas (con casamientos, casamenteros y cornudos), con una visión de la gallina hacia los hombres que no se trastorna por el odio hasta que se entera de que cuando crecen y engordan las sacan del corral, y del corral saltan a la cacerola para transformarse en suculentos platos. La gallina, ya desengañada, reflexiona sobre las muertes que les dan los hombres, quienes no valoran que ellas les entregan huevos y los despiertan en las mañanas con su canto. El argumento es infalible: la conclusión de porqué el hombre mata aves y animales pequeños es porque no prestan la utilidad de otros, como el perro, el burro o el gato. La pieza está narrada desde la perspectiva de la gallina, quien ve al cocinero paseándose por el corral con una mirada torva y un cuchillo enorme, y anticipa cuál será su fin y, sí, el de todas sus congéneres. Es por eso que antes de su hora, en el momento en que el cocinero abre la jaula para atraparla, la gallina escapa, pero finalmente el cazador da con su presa. La última línea del cuento aturde, llevándose el galardón al giro más bizarro e inesperado en la historia de la literatura universal.
En la narrativa del brasileño Rubem Fonseca (1925) no abundan los animales: putas, maleantes, corruptos, asesinos a sueldo, locos y viejos, suelen ser sus personajes predilectos. Pero en su cuento «La mirada» (1992), narra la curiosa vida de un escritor apático y snob, vegetariano por lo demás, quien nunca ha sentido placer por la buena mesa, hasta que la invitación de su doctor de cabecera para concurrir a un restorán catapulta su entrada al mundo gourmet, mundo en el cual la crueldad y el gusto por una buena comida son tan cercanos, que sólo la sensibilidad permite distinguir la delgada línea entre ambos. El doctor, descrito como un hombre gordo y aburrido, lleva al escritor a un establecimiento donde el comensal puede escoger la trucha que se va a servir. El protagonista se obsesiona con esta práctica, al punto de que vuelve una y otra vez al recinto para ver cómo lo miran, desde la pecera, las truchas que más tarde se engullirá. El narrador es cruel e implacable a la hora de hacer un juicio sobre el acto de comer, emparentándolo con el arte: «Nunca he visto a un cerdo comiendo, pero supongo que también al comer, aunque puedan parecer más voraces que los otros animales […] demuestran en este acto, como todos nosotros, la fragilidad y belleza esenciales de su singular condición. El arte es hambre». El relato se abre como una reflexión respecto a la mirada, y ese reflejo es el que se remata cuando el autor compra un conejo vivo para satisfacer su sadismo y así observarlo en el momento en que lo ultima. Y la mirada que recibe del conejo en el momento en que está por faenarlo, literalmente, lo destruye.

  • REVISTA ABRIL 2019

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