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LITERATURA


ROCINANTE, EL CABALLO QUE RENACE EN EL DELIRIO

Por Marietta Santi

Todos conocemos a la montura de don Quijote de la Mancha,
símil cuadrúpedo de don Quijote y de un viejo cansado que se
lanza a trotar en busca de aventuras

¡Qué sería de don Quijote sin su fiel Rocinante! En primer lugar, no podría haber cumplido su sueño de convertirse en caballero, porque para serlo se necesita, además de las armas y la búsqueda de aventuras, un caballo. Caballero no significa otra cosa que —atendiendo a su etimología— «hombre montado a caballo». Qué mejor que un viejo rocín para soportar a este hombre flaco y delirante, antihéroe que responde al ideal caballeresco y que pelea contra molinos de viento.

Es cierto que está Babieca, el caballo del Cid Campeador; Bucéfalo, compañero de Alejandro Magno; y Plata, montura del Llanero Solitario. Pero no cabe duda de que el más entrañable, por viejo, delgaducho y leal, es el de don Quijote. Rocinante es el símbolo del caballo mal comido, con los huesos marcados, pero con un empuje y valentía inigualables.

Es, por cierto, la primera idealización de Alonso Quijano antes de convertirse en don Quijote y transformar a la ruda tabernera Aldonza Lorenzo en la gentil Dulcinea.

La construcción del personaje de Rocinante no empieza con su primera mención, sino mucho antes, en los poemas burlescos que siguen al prólogo de la primera parte del libro firmado por Miguel de Cervantes, obra titulada El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. El poema «Del donoso poeta entreverado» está dedicado a Rocinante. Y dice: «Soy Rocinante, el famo / bisnieto del gran Babie».

Cervantes, con gran manejo de la ironía, se refiere a Babieca, el mitológico caballo que acompañó a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, en sus innumerables hazañas. Cuenta la historia convertida en leyenda, que ganó el Cid su última batalla herido y atado a la silla de Babieca. Este galopó e impresionó a sus enemigos.

Nada más lejos de esto Rocinante, descrito por Cervantes de la siguiente manera: «Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que “tantum pellis et ossa fuit”, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban». Rocinante tenía la enfermedad conocida como «cuartos», que como define el Diccionario de la

Real Academia Española (1726): «[Cuartos] Se llama cierta especie de enfermedad que da a los caballos y animales mulares en los cascos, que es una raja que se les hace desde el pelo a la herradura».

No sabemos el color de Rocinante, ya que ni Cervantes ni don Quijote se detienen en ese detalle. Se supone, eso sí, que su nombre deriva de la palabra rocín, que significa «caballo de mala traza, basto y de poca alzada».

También era muy lento, característica detallada en varios párrafos del libro, como este: «Por lo poco que don Quijote caminaba, que no era más que cuatro o cinco leguas cada día; ni aun Rocinante podía hacer mayor jornada, que no le daba lugar para ello la flaqueza y años que tenía a cuestas».

La importancia del cuadrúpedo en la nueva vida que emprende Quijano se evidencia, también, en que lo bautiza antes de nombrarse a sí mismo como don Quijote. «Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo», relata la novela.

Pero hay más. El destino de don Quijote está supeditado a Rocinante ya que, desde la primera salida, el hidalgo no escoge qué rumbo seguir, sino que lo deja a la libre elección de su caballo. «Y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras», podemos leer.

Se repetirá la elección del camino por Rocinante, quien pasa a ser personaje decisivo en la travesía de don Quijote.

Caballo y caballero son tal para cual: viejos, flacos, débiles y cansados. Es por eso que en muchos pasajes Cervantes precisa que las caídas y tropezones de Rocinante dejan mal parado a su jinete.

Tal como su dueño, Rocinante —destinado a morir en la cuadra de su cincuentón amo— conocerá una vida de aventuras fuera de lo común. Caballo y caballero renacen el delirio de don Quijote. Y sus vidas se entrelazarán para siempre.

  • REVISTA ABRIL 2019

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