Lo SAGrado de la Vida
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Lo SAGrado de la Vida
Por Andrea Orellana Díaz-Briceño

Las redes sociales han servido para visibilizar problemas que hasta hace algunos años pasaban desapercibidos para la mayoría de la sociedad chilena. Es así como cada día podemos enterarnos de decenas de animales abandonados a lo largo del país; madres dejadas con sus cachorros en lugares donde no podrán proveerse de comida, pues no hay humanos cerca; camadas de cachorros abandonados a su suerte, a veces dentro de bolsas, con una clara intención de matar; gatos y perros maltratados brutalmente, que rescatistas intentan salvar, muchas veces en vano. Animales heridos, atropellados y luego dejados en las calles con horribles dolores y heridas gravísimas.


En todos estos casos estamos hablando solo de animales domésticos y todas estas son actuaciones de particulares, pero ¿qué pasa cuando un organismo del Estado está involucrado en los maltratos? ¿Qué pasa cuando se trata de animales silvestres? Este es el caso de dos episodios especialmente brutales, en que se ha visto envuelto el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG).


El SAG se define como «el organismo oficial del Estado de Chile, encargado de apoyar el desarrollo de la agricultura, los bosques y la ganadería, a través de la protección y mejoramiento de la salud de los animales y vegetales […]. Otra función del SAG es controlar que los alimentos y medicamentos elaborados para animales sean seguros y no provoquen alteraciones en su salud» (https://www.sag.gob.cl/quienes-somos/que-es-y-que-hace-el-sag ).


En el primero de los siguientes casos esta institución es protagonista por acción y en el segundo, por inacción. El video de un funcionario del SAG, que en compañía de un hombre (ambos individualizados y en libertad) entregó un cachorro de zorro para que los perros cazadores de este lo devoraran, se hizo viral, así como el video de Patudo, mono del zoológico de La Serena, quien aparecía tiritando de frío y buscando comida y que muere al día siguiente de la publicación del material audiovisual, nos hace cuestionar cuán protegidos por nuestras instituciones están los animales silvestres, ya sean endémicos, exóticos o con distintos grados de peligro en su conservación.


Lo cierto es que el SAG fue creado pensando en el bienestar del ser humano, no de los animales, y en la historia de la institución podemos encontrarnos con más situaciones adversas para estos últimos que situaciones que los beneficien. Es verdad: en el caso de Patudo no solo falla el SAG, falla el Estado de Chile que no ha normado los zoológicos, dejándolos en un vacío legal que les ha permitido también ser protagonistas de numerosas tragedias y seguir funcionando. Sin ir más lejos, en el caso del Zoológico Nacional de Chile se pueden recordar los episodios de las cuatro jirafas que murieron quemadas —dos hembras preñadas, un macho y una cría— en 1995 y el de los dos leones —un macho y una hembra— a quienes se les disparó en 2016 luego de que una persona con trastorno mental entrara en su jaula. Pero es el SAG el encargado de fiscalizar estos establecimientos, labor que no se hace o se hace mal, como demuestran estos hechos.


El SAG también se ha visto involucrado en casos de intervención de colonias de animales domésticos, como fue el caso de la colonia de gatos ferales en la empresa Taurus, comuna de Vitacura, que era cuidada y monitoreada por TNR Chile. Como señaló Verónica Basterrica en entrevista con La Gata de Colette: «Se trataba de una colonia numerosa y compleja cuya intervención comenzó el año 2017 y ese año solo pudimos realizar un procedimiento con algunos de sus gatos». El 2018 no trabajaron en la comuna, pero volvieron a hacerlo en 2019. El 18-O y la pandemia volvieron a interrumpir los procedimientos, que solo pudieron ser retomados en septiembre de 2021. En ese momento, un grupo de vecinos se había agrupado para intentar deshacerse de los gatos, contratando una empresa de control de plagas, la que hizo desaparecer al menos quince gatos, cuyo paradero aún hoy es desconocido, entre los cuales se encontraban gatos de la colonia, ya esterilizados y con su correspondiente chip, y gatos del sector que tenían dueños. Entre los vecinos que contrataron la empresa se encontraba una médico veterinario del SAG. Pese a que existió una denuncia contra la funcionaria, el servicio luego de un sumario interno la sobreseyó por estimar que «no había falta administrativa».


¿Qué podemos esperar en estos casos? En el caso del zorro, y tomando en consideración los antecedentes, tal vez al funcionario se lo sancione por ser cómplice del ciudadano austríaco dueño de los perros y que abre la jaula para que estos puedan sacar al zorrito desde su interior, pero lo más probable es que conserve su cargo en el SAG y siga viviendo tranquilamente en la comunidad de Villarrica hasta su jubilación (sin importar que haya sido él quien llevó al animal hasta el lugar y sin importar que no era primera vez que lo hacía).


En el caso de Patudo ni siquiera hubo un pronunciamiento del SAG. Nadie explicó por qué ese zoológico no fue fiscalizado y, lo que es peor, sigue abierto al público hasta la fecha.


No importa que alguien se haya atrevido a grabar un acto de esa crueldad (Villarrica) o que alguien haya registrado a Patudo famélico y en sus últimos momentos de vida. El SAG no es un Ministerio de Bienestar Animal —como el que existe en España— y no garantiza ninguna mejora si no se opera un cambio real en la legislación del país. No solo en ese reglamento que sanciona a los dueños de los perros que hacen caca en las veredas, sino con la intención real de mejorar la calidad de vida de los animales, sin importar si estos son domésticos, silvestres o de producción.