Los ángeles tienen trompa y orejas grandes
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Los ángeles tienen trompa y orejas grandes
Por Julio Pincheira

Los elefantes son contagiosos.

Paul Eluard


Para Aristóteles, la demostración de la redondez de la tierra era que si hay elefantes tanto en el extremo occidental del mundo, las Columnas de Hércules por entonces, como en el extremo oriental, la India, era porque ambas zonas en realidad estaban próximas en el espacio. Así de potente ha sido la figura del elefante en el imaginario cultural y literario de la sociedad occidental, que ni hablar de la oriental.

 

Por su parte, Plinio (23 d. C.-79 d. C.), el fundador de lo que hoy podemos entender como las ciencias naturales, en su Historia Natural (77 d. C.), reserva el primer lugar para el elefante con una elogiosa anotación: «Ellos tienen inteligencia, obediencia a las órdenes y lenguaje de su país, memoria de los trabajos que han aprendido, deseo de amor y gloria, y por otro lado virtudes que son raras incluso en el hombre: bondad, prudencia, moderación».

 

Bondad, prudencia, moderación valores que por siglos hemos considerados propiamente humanos, hoy por hoy la etología los reconoce en la asombrosa conducta de los elefantes. Ellos parecen conservar más misericordia por un semejante que la que se desvanece en nuestro mundo contemporáneo, según la irónica propuesta acerca del mundo académico que hace José Donoso (1924-1996) en Donde van a morir los elefantes (1995), o más contemporáneamente en El elefante desaparece (1993), de Haruki Murakami (1949), una serie de cuentos que retratan a personas a la espera de algo relevante en sus anodinas vidas urbanas, pero al leerlos nos convencemos de que el único «valor» posible hoy día es el absurdo. De bondad o moderación, ni hablar.

 

La poesía ha tomado la imagen del elefante en diferentes metáforas que recuperan las cualidades ancestrales que se le han reconocido. Su tamaño, presencia y movimiento hacen exclamar a Federico García Lorca (1898-1936): «El cielo es un elefante». O le permiten compararlo a la llegada del otoño: «La penumbra con paso de elefante/ empujaba las ramas y los troncos».

 

D. H. Lawrence (1885-1930), el escritor inglés que marca la narrativa y la lírica erótica del siglo XX (autor de la paradigmática y censurada obra El amante de Lady Chatterley), se introduce en las lides amatorias de los paquidermos, como un observador atento que se deja llevar por la ternura gigante y el deseo sin prisa de estos seres:


El elefante, ese enorme y viejo animal
es lento para aparearse;
encuentra una hembra y ninguno parece apurarse,
ambos saben esperar

que la simpatía, lenta, muy lentamente,
en sus tímidos y vastos corazones se asiente
mientras en las riberas vagabundean
y beben y se apacientan

y huyen en pánico entre las malezas
de la selva con la manada,
y duermen en masivo silencio, y despiertan
juntos, sin una sola palabra.

Así, lentamente, los ardientes corazones inmensos
de los elefantes se llenan de deseo
y por fin las grandes bestias se aparean en secreto,
ocultando su fuego.

[…]

(D. H. Lawrence: «El elefante es lento para aparearse». Fragmento.)


La proverbial muerte de estos nobles gigantes, surgida de las historias de los cementerios de elefantes que movieron a los cazadores por África durante el siglo pasado, ha dado pie para incontables metáforas, donde cabe destacar el brevísimo e irónico texto del poeta peruano contemporáneo, Miguel Ángel Sanz Chung (1979), que se refiere a ello en su obra Diccionario Elemental:


BIBLIOTECA.


Cementerio de elefantes

con capilla ardiente.

(M. A. Sanz C.: «Biblioteca».)


En «Epístola a los transeúntes», la secular tristeza de otro peruano, César Vallejo (1892-1938), aparece bajo la forma de elefante: «Reanudo mi día de conejo,/mi noche de elefante en descanso», imagen que habla de la jornada inhumana a la que nos somete la sociedad, como un conejo, que no encuentra reparo en el descanso nocturno, toda vez que los elefantes duermen muy poco y muchas veces de pie, ya que tendidos su vulnerabilidad aumenta. Ese descanso en desasosiego, esa noche de elefante para Vallejo es signo de la alienación en la que vivimos y que llevó a su máxima expresión en su poema «Masa», donde la vida adquiere sentido solo en la entrega por una causa.

 

El derecho a descanso eterno, a morir entre sus pares, que parecen expresar los elefantes, es motivo para una nostálgica analogía como la de Mario Benedetti (1920-2009) para hablar del exilio:

[…]

el trago es más amargo todavía
porque morir de exilio es la señal
de que no sólo a vos sino que a todos
nos han quitado ese último derecho
de abandonar el tren en la estación
donde el viaje empezó / nos han quitado
esa muerte doméstica que sabe
de qué lado dormimos y qué sueños
aportan las vigilias

por eso cuando admito que te vas
sin haber regresado y aun en brazos
de un pueblo que es hermano / te prometo
luchar no sólo por cambiar la vida
sino también por preservar la muerte
la nuestra / que es matriz y nacimiento
morir donde se quiere / como exigen
hasta los elefantes.

(Benedetti, Mario: «Hasta los elefantes». Fragmento.)


Los poetas chilenos no se quedan indiferentes ante la figura y posibilidades líricas que entrega el gran señor de los mamíferos terrestres. Pablo Neruda (1904-1973), a quien no le molestaba que le hicieran notar su parecido con Ganesha, dios de la sabiduría y de las letras, con cuerpo de hombre y una gran cabeza de elefante, no podía dejar menoscabarles una de sus odas, ya que afortunadamente, como alguna vez dijera el Nobel, no son como los poetas: «No se estorban a pesar de su gran tamaño, ni se pelean entre sí».


Espesa bestia pura,
San Elefante
animal santo
del bosque sempiterno,
todo materia fuerte
fina
y equilibrada,
cuero
de
talabartería planetaria,
marfil
compacto, satinado,
sereno
como
la carne de la luna,
ojos mínimos
para mirar, no para ser mirados,

[…]

(Neruda, Pablo: «Oda al elefante». Fragmento.)


Erick Pohlhammer (1955) retoma la mirada noble del animal de «lento paso pero seguro» como afirma, para ponerlo por sobre la estatura de un rey:


Tu puro mirar es amplio y dulce
Ves todo un mar en la verde llanura.

Cómo puede un rey de España ser tan torpe y bruto
De dispararte con un rifle directo a un ojo o al cerebro
Y quitarte la vida
Noble animal de noble instinto

[…]

Paradigma de amor
Modelo de ternura

Bello elefante de trompa retumbante

Ejemplo de templanza
Y autoconfianza
Y memoria genial

Y paciencia infinita.”

(Pohlhammer, Erick: «Defensa del Noble Elefante». Fragmento.)


Y quien sin duda ha hecho de este amable paquidermo un tópico mayor en la poesía nacional es Teresa Calderón (1955), en Elefante (2008), obra que le valiera el premio Altazor de poesía el 2009. Un libro de apariencia sencilla, dividido en tres partes: «Elefante», «Palabra de elefante» y «Hay más». Visto desde lejos pareciera un collage de una extensa memoria fragmentada, pero al cercarnos a él nos percatamos de que detrás de esos epigramas aparentemente inconexos, emerge un largo poema o un poemario unitario. Con un lenguaje coloquial, Teresa va estableciendo nexos entre lo humano y lo paquidérmico, construyendo una telaraña sobre la que se pueden balancear con holgura los elefantes, no así los hombres: «El único elefante estúpido/ los hay hasta en las mejores familias/ vive en Disney World». Al parecer, para la autora el sendero de los elefantes es una trinchera contra la amnesia personal y social que nos acecha como cazador furtivo:

[…]


El año 1944 mi padre tenía 14 años.
Miraba catálogos de las editoriales
en el invierno de Los Ángeles.
Creía saber donde quedaba
el cementerio de los elefantes.” 

En algunos versos se advierte una fusión kafkiana entre lo humano y lo animal, que sin duda nos remite a la imagen de Ganesha:

Es simple
se recuesta
en ese lugar remoto
sobre los restos de sus parientes de ruta
y cierra los ojos
para abrirlos en el cielo de los elefantes.

Teresa Calderón recoge la esencia antigua de la sentencia de Plinio, en versos que van de la mano con los estudios del comportamiento de los elefantes:

Un elefante sabe lo que sabe,
está en su código ancestral,
forma parte de sus derechos humanos.

Un humano no revela enigmas.
Los guarda en su hermético egoísmo.
No respeta siquiera la ley de la selva.

[…]

Un elefante
lleva luto por sus parientes
presenta reacciones dramáticas
ante el cadáveres de otro elefante.

Respeta huesos y restos
de otros ejemplares de su especie.

Un elefante no necesita patio 29


Sí, leyendo a Teresa Calderón todo indica que el viejo Plinio tenía razón, estos majestuosos seres tienen todas esas virtudes que siguen siendo «raras incluso en el hombre: bondad, prudencia, moderación», como si fueran ángeles de trompas y orejas grandes que torpemente quisiéramos domesticar.