Los renos navideños: más allá del mito polar
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Los renos navideños: más allá del mito polar
Por Pablo Rumel Espinoza

La aparición de los renos navideños empujando el trineo de Santa, esos tiernos y diligentes animalitos que tan bien conocemos, tienen su origen en un poema anónimo fechado en Estados Unidos alrededor de 1823, titulado a Visit from St. Nicholas, un poema que describe a este hombre bonachón, cargado de regalos, y viajando en su singular trineo tirado por renos, los cuales originalmente eran ocho, presuntamente por el mito nórdico de Odín y su caballo de ocho patas, el Sleipnir, pero el ocho para el cristianismo remite a la resurrección o a la transfiguración final, al ser el octavo día el que viene después del séptimo de la creación, anunciando la era eterna, el Paraíso y la encarnación de Cristo. Posteriormente se agregó el reno número nueve, Rudolph (o Rodolfo), el más popular por tener nariz roja y ser el más fiel a Santa. Lo cierto es que el poema recaló fuertemente entre niños y adultos, y no hizo más que marcar el inicio de una tradición que sobrevive hasta hoy. 


No deja de ser curiosa la utilización de renos para darle vida a este mito, pudiendo ser estos mamíferos un mero recurso narrativo para entregarle mayor verosimilitud al relato: este hombre mágico, al tener su morada en el Polo Norte, necesita fieles ayudantes que lo ayuden a desplazarse, siendo los renos el medio de transporte más óptimo, aunque no cuesta imaginar la utilización de trineos empujados por lobos o incluso perros. ¿Por qué entonces los renos y no otro animal? Quizá nos equivoquemos y sea más que un recurso narrativo; si estos fueran voladores, Santa no habría podido utilizar mejores animales, pues ellos serían capaces de esquivar con gran precisión los tendidos eléctricos al tener la capacidad de percibir la luz ultravioleta. Esta habilidad especial del reno puede parecernos extrañísima si se analiza en comparación al resto del reino animal, pues esta capacidad de captar radiaciones electromagnéticas de corta longitud de onda es desarrollada principalmente por animales fotófobos, como los ratones, los murciélagos y algunos marsupiales, que la necesitan para poder orientarse en la oscuridad; en el caso de los renos es totalmente diferente, y todo ello nos hace pensar que una habilidad tan específica difícilmente puede darse producto del mero azar o el caos evolutivo. Y es que los renos desarrollan esta visión debido a lo peculiar de su entorno: pensemos en los paisajes polares, compuestos principalmente por tonalidades blancas y grisáceas debido al predominio del hielo y la nieve, y tonalidades verdes como algas y vegetación circundante, por lo cual no es casualidad que los líquenes, su principal alimento, absorban más luz ultravioleta que el resto de vegetación, apenas perceptible para el ojo humano, sobre todo en condiciones de baja luz. Tampoco es casualidad que el pelaje de los lobos refleje también, aunque en menor medida, la luz ultravioleta, y que sea precisamente éste su depredador natural. 


Aterrizando un poco más las fuentes del mito, ¿qué puede tener de cristiana la leyenda de un hombre barbón y gordo que surca los aires en un trineo tirado por renos? La entrega de regalos puede sugerirnos el nacimiento del niño Dios y la venida de los Reyes Magos, incluso algunos afirman que Santa Claus es un trasunto de San Nicolás, obispo cristiano del siglo IV, pero que no andaba sobre trineos ni vivía en una zona polar, aunque sí habría sido barbón (nada inusual para la época), entregaba regalos, especialmente a niños y prostitutas, a las que ayudaba económicamente para que no se desvelaran con su denostado oficio, e incluso con su fortuna habría comprado un prostíbulo para liberar a estas trabajadoras. ¿Y por qué volarían entonces los renos? Probablemente este mito tenga su origen en una tradición ancestral de una tribu de chamanes de Laponia, quienes degustaban en sus rituales hongos alucinógenos, específicamente los amanita muscaria (que son rojos con pintas blancas como los colores pascueros), y en estos trances también les daban de comer a los renos, estableciéndose así una comunión telepática que llevaba a sus consumidores, hombre y animal, a fundirse en un todo cósmico representado por el espíritu de un Gran Reno, el cual permitía que los chamanes pudiesen volar en el incesante fluir del tiempo. La analogía de los hongos y el volar de los renos podemos llevarla un poco más lejos, si pensamos que la amanita crece debajo de los pinos, brotando de forma «mágica», lo cual puede ser equiparado al pino navideño y los regalos, que crecen mágicamente a sus pies de la noche a la mañana.