Los verdaderos dueños del planeta
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Los verdaderos dueños del planeta
Por Alberto Rojas

La delgada barra vertical se detuvo junto a la última letra de la palabra «nocturna» y permaneció inmóvil mientras parecía palpitar al final de aquella frase inconclusa. Luego, de manera intempestiva, la barra retrocedió borrando dos líneas completas de aquel párrafo.


—No, no es eso… —murmuró Roberto Miranda poniendo ambas manos detrás de su cuello, en un vano intento por relajar en algo la tensión acumulada en su espalda y hombros.


Quedaban solo tres días para entregar el relato que le habían pedido, pero una a una había ido descartando las ideas para aquel breve texto; sabía que no podía darse por vencido. Sobre todo, tomando en cuenta que se trataba de una antología que iba a reunir a una veintena de autores latinoamericanos y que se publicaría en España.


Unos pasos que él conocía de memoria le hicieron levantar la mirada hacia la puerta de la habitación que usaba como escritorio, biblioteca y «zona de videojuegos», como se podía leer en un cartel colgado junto a la ventana, pero que más pronto que tarde acabaría siendo la pieza para una futura guagua. Magdalena abrió la puerta y le sonrió desde el umbral, moviendo su coqueta melena negra.


—¿Todavía trabajando en el cuento? —preguntó dedicándole la mejor sonrisa que pudo.


—Sí, pero ya tengo la idea principal —dijo tratando de sonar creíble—. Es cosa que me concentre y lo termino en una noche.


—No sé si será tan fácil. Llevas dos semanas llegando tarde y muy cansado de la oficina —señaló—. No sé si estás en condiciones de entregarlo a tiempo.


—Bueno, eso me pasa por ser escritor de noche y abogado de día —replicó poniéndose de pie para estirar sus piernas.


—Lo sé y sabes que te apoyo —dijo Magdalena, estampando un beso en su nariz—. Y como sé que mi escritor favorito necesita energía para seguir creando, bajaré a comprar comida china al local de Chen, ¿te parece?


—Me encanta —respondió con una amplia sonrisa—. ¿Lo de siempre?


—Sí, unos arrollados primavera, dos porciones de wantán, carne mongoliana…


Un suave maullido interrumpió la conversación y las miradas de ambos cayeron de inmediato sobre una gata de pelo largo color «té con leche», pero cuyo rostro y patas eran negros, al igual que su frondosa cola.


—¿Qué pasa, Cleopatra? —dijo Magdalena, tomándola en brazos—. ¿Quién es la gata más hermosa del edificio?


El felino clavó sus azules ojos en ella y le obsequió un largo maullido antes de comenzar a ronronear.


—Ya, quédate con el señor escritor y cuídamelo hasta que vuelva —le ordenó al felino—. Voy y vuelvo, pero no te preocupes si me demoro, porque los miércoles es el día de las promociones y sabes que siempre se llena.


—Anda tranquila —dijo Roberto—, yo me quedo con la Cleo.


—Cleopatra —le corrigió su novia—. Se llama Cleopatra.


—Vale, anda con cuidado.


Magdalena le regaló otro beso, salió de la habitación y en pocos segundos Roberto escuchó cómo cerraba la puerta del departamento. Entonces, se dejó caer sobre el asiento, lo giró hacia la ventana y se quedó mirando hacia afuera; desde el piso catorce, la vista de Santiago de noche era casi para un comercial.


—A lo mejor debería dejarlo y ya, ¿no lo crees, Cleo?


La gata avanzó hasta donde él estaba y caminó un par de veces entre sus piernas, maullando suavemente. Luego se detuvo frente a él y lo miró fijamente, en silencio, sin parpadear. El joven abogado la tomó con cuidado y la sentó sobre sus piernas mientras le acariciaba la cabeza.


—Quizás debería buscar una nueva idea, algo totalmente distinto —dijo hablándose a sí mismo—. Después de todo, ¿a quién le interesaría un cuento sobre unos viajeros del tiempo que quedan atrapados en un lejano pasado y terminan construyendo una megaciudad bajo el mar que se transforma en el mito de la Atlántida?


—A mí me gustaría.


Roberto se quedó en silencio, desconcertado, como si no estuviera seguro de lo que había escuchado.


—¿Te das cuenta, Cleo? Ahora imagino voces que me hablan.


—No es tu imaginación —volvió a decir la misma voz suave.


Roberto se puso de pie, avanzó hasta la puerta de la habitación y observó el vacío pasillo.


—¿Magdalena? —gritó hacia el living—. ¿Eres tú? Vamos, ya te pillé. ¿Me quieres asustar?


Pero no hubo respuesta a sus palabras.


Desconcertado, entró nuevamente y se encontró con la gata sentada en su asiento.


—Creo que estoy trabajando mucho —dijo frotándose los ojos—. Debería ir a ver un médico y pedirle algo para…


—No seas tonto, Roberto. Estás perfectamente.


—¡Muy bien! —exclamó el hombre—. ¡Ya me harté! ¿De qué se trata todo esto?


—Roberto, cálmate de una vez. No estás loco y no hay nadie más que nosotros. Yo te estoy hablando. Soy Cleopatra.


Confundido, Roberto se acercó hasta su gata, la observó con detención, como si intentara encontrar algún micrófono escondido entre su pelaje. Cleopatra lo miró con los ojos entrecerrados.


—Está claro que mi suegro debe estar detrás de esto —dijo mientras se sentaba en un futón azul ubicado perpendicular a la ventana.


—No, Roberto. Aquí no hay ninguna broma —volvió a decir la voz—. Soy yo quien te está hablando: la Cleo. Aunque me gusta más cuando me llaman por mi nombre completo.


El abogado y escritor brincó del futón y se arrodilló hasta quedar a la misma altura de su gata, que permanecía en su asiento.


—A ver, Cleopatra —dijo con una tensa sonrisa en su rostro—, ¿y cómo es que puedes hablar si no veo que muevas tu boca?


—Porque la voz que estas escuchando es producto de la telepatía. No necesito labios, cuerdas vocales ni una lengua para que me oigas; solo mi mente conectada a la tuya.


—Entonces, ¿tú eres una especie de ser vivo inteligente y con poderes telepáticos? —le respondió a Cleopatra—. No puedo creer que ahora le esté hablando a mi gata.


—Todos los seres vivos son inteligentes y sensibles —volvió a decir la voz en la cabeza de Roberto—. Y lo que ustedes llaman gatos, solo somos seres vivos más complejos que ustedes.


—¿En serio? Porque no veo que ustedes hayan construido ciudades o inventado los aviones.


—No lo necesitamos —insistió la voz que aseguraba ser Cleopatra—. Hace millones de años nosotros también éramos como ustedes, seres de carne y hueso, en un planeta a 312 años luz de la Tierra. Nos organizamos, poblamos nuestro mundo, libramos guerras, construimos barcos, desarrollamos la ciencia y también la tecnología. Y luego, naves espaciales… Enormes naves espaciales con las que colonizamos cientos de mundos y tomamos contacto con nuevas razas, algunas más antiguas que la nuestra y otras mucho más jóvenes, como ustedes.


—¿Y quieres que realmente te crea? ¡Mi gato es un alienígena! Ese sería un gran título para una novela infantil, ¿no lo crees?


—Vamos, te gusta la ciencia ficción. El librero en esta habitación está lleno de novelas sobre imperios galácticos, viajes en el tiempo, batallas espaciales, robots y mutantes. ¿Tan difícil te resulta aceptar lo que acabo de decir?


—Sigo pensando que esto es solo producto del estrés.


—Entiendo tu confusión e incredulidad —dijo la voz—. Es comprensible en formas de vida menos evolucionadas. Y, por lo mismo, te probaré que lo que he dicho es verdad.


Cleopatra, entonces, cerró los ojos y al instante, todo su pelaje cambió. Ahora, delante de Roberto, había un elegante gato negro de ojos amarillos.


—¿Qué es… esto? —balbuceó su dueño.


La gata volvió a cerrar los ojos y esta vez se transformó en un gato ligeramente más pequeño, de colores blanco, negro y gris, con una cola que parecía tener el diseño de varias flechas, una detrás de la otra. Y al momento siguiente, Roberto estaba mirando un gato de color café, atigrado y de ojos verdes, que incluso evidenciaba cierto sobrepeso.


Confundido, el hombre se sentó en el suelo y retrocedió hasta que chocó con el muro.


—No, no, no… Esto no está pasando… Es solo cansancio…


—¿Y crees que tu cansancio podría explicar esto?


—¿De qué hablas? —dijo Roberto, con una voz aguda que delataba su nerviosismo.


Cleopatra brincó hacia el suelo y avanzó lentamente hacia su dueño. Y mientras lo hacía, la gata comenzó a crecer hasta tocar el techo con su cabeza. Roberto tenía la boca abierta.


—¿Y bien? —dijo Cleopatra, que ahora era casi entera blanca, de pelo largo y fino, con algunos toques de café en su cola y orejas.


—¡Te creo! —chilló Roberto— ¡Te juro que te creo!


La gata asintió con su cabeza y mientras volvía a su tamaño original, se transformó en un delgado gato negro con patas blancas, como si tuviera calcetines, para luego recuperar su apariencia habitual.


—Esto es lo más increíble que me ha pasado —balbuceó el abogado, aún sentado en el suelo—. Y si es verdad que eres un extraterrestre, ¿qué haces en la Tierra?


—Mi raza se hace llamar los kirlak y nuestro planeta de origen es Zoryaw. Es un mundo hermoso, casi tres veces más grande que la Tierra, con cinco lunas de distinto tamaño. Pero fuimos evolucionando, dejamos de ser criaturas físicas y nos convertimos en energía. Y gracias a eso, podemos viajar a través del universo casi de forma instantánea, sin necesidad de vehículos o trajes espaciales. Somos una sola mente, formada por millones de mentes; una unidad que existe a partir de nuestra individualidad.


—Y si eres energía, entonces… ¿no puedes morir?


—Exacto —respondió mirándolo a los ojos—. Somos inmortales porque la energía nunca deja de existir. Podemos elegir esta y otras formas para presentarnos ante ustedes. De hecho, así fue como llegamos a la Tierra en el año 4015 antes de Cristo, en la región que hoy es el norte de África, donde adoptamos la apariencia de simples gatos.


—¿Y en esa época no existían gatos? —preguntó Roberto, intrigado.


—Por supuesto que había gatos —respondió con suavidad—. Ellos ya habían evolucionado de los grandes felinos y habitaban entre los humanos; por eso decidimos mimetizarnos entre ellos.


—¿Y qué hicieron en el norte de África?


—Ayudamos al desarrollo de lo que tú conoces como el Antiguo Egipto. Aunque no lo creas, yo fui de los primeros kirlak en llegar a la Tierra. Y durante siglos viví en el Egipto de los faraones. Fue una época fascinante y debo reconocer que me trataron muy bien. Pero bueno, siglos después, continuamos nuestra expansión hacia otras regiones del planeta.


—¿Y con qué objetivo?


—Al igual que en este mundo, en el universo hay civilizaciones completas que nacen, se desarrollan y mueren. Nosotros, los kirlak, logramos esquivar la autodestrucción y entramos a un nivel diferente de la evolución. Obviamente, no somos los únicos. Razas más antiguas que nosotros marcaron el camino hacia nuestra siguiente etapa. Y con eso, asumimos una gran responsabilidad.


—¿A qué te refieres? No te entiendo.


—No solo existimos para explorar el universo y sus maravillas, libres de las ataduras de la carne —dijo Cleopatra, brincando al escritorio—. También tenemos una misión y esa es ayudar a formas de vida más primitivas, como ustedes, a encontrar su camino hacia el futuro. Y por eso, a partir de nuestra llegada a este planeta, lo convertimos en nuestro protectorado.


—¿Algo así como una colonia? ¿Eso es lo que somos en realidad?


—Digamos que fue una declaración frente al resto de las civilizaciones que habitan esta y otras galaxias —continuó mientras se recostaba sobre el teclado del notebook—. Allá, entre las estrellas, existen miles de razas, algunas son pacíficas y promisorias, pero también hay otras muy peligrosas, que habrían barrido con este mundo en cuestión de minutos.


Roberto guardó silencio, fascinado con el relato que llenaba su mente.


—¿Como los alienígenas de Día de la independencia?


—Peores —dijo la gata—, créeme, mucho peores. Y por eso pusimos este planeta bajo nuestra protección. De hecho, para el resto de la comunidad interestelar, nosotros somos la raza dominante de la Tierra.


—¿Qué…? —exclamó Roberto, pasando del suelo al futón—. ¿Y entonces qué somos nosotros? ¿Mascotas?


—Digamos que ustedes son la raza más evolucionada del planeta, pero solo después de nosotros, los delfines y las ballenas. O, mejor dicho, una raza en vías de evolución; por favor, no te ofendas. Si no fuera por nosotros, aún estarían en la Edad Media o algo similar.


—No, si no me ofendo… ¿Y qué hay de los crímenes, las guerras y toda la crueldad que vemos a diario en las noticias?


Cleopatra cerró los ojos y bajó la cabeza por un instante.


—Ustedes no son una forma de vida fácil de encauzar hacia su mejor versión. Están llenos de miedo y eso los hace muy proclives a sus peores emociones. En ese sentido, debo reconocer que no siempre hemos podido hacerlo bien. A pesar de eso, continuamos en la Tierra.


Roberto se acercó a Cleopatra y le acarició la cabeza por detrás de las orejas.


—Eso me gusta —dijo la gata—. Debo reconocer que es uno de los mayores placeres de mi forma corporal.


—Cleo… Perdón, Cleopatra. Hay algo que no entiendo de todo esto.


—¿Qué cosa? —dijo el felino, ronroneando.


—¿Por qué me cuentas todo esto? ¿Alguien más lo sabe?


—Por supuesto que ha habido personas a lo largo de la historia que han sabido esta verdad, como Leonardo Da Vinci, por ejemplo. Y hoy también. Lo que pasa es que, aunque no lo creas, desarrollamos profundos e intensos vínculos emocionales con ustedes. Y hay momentos, como hoy, en que nos manifestamos abiertamente. No es fácil vivir años comunicándome contigo solo a través de maullidos y ronroneos.


—No lo había pensado de esa manera —dijo Roberto en voz baja—. En muchos aspectos, aunque ustedes sean una raza más evolucionada que nosotros, debe ser frustrante.


—Ahora lo entiendes. Y al hacerlo, aunque no lo creas, cambiaste un poco más, de manera casi imperceptible, hacia una mejor versión de ti.


—Cleopatra, te prometo que todo será diferente de ahora en adelante. Saber lo que me has contado… lo cambia todo. Mi vida, mi percepción del mundo y de la gente. ¡Ustedes son la prueba de que no estamos solos en el universo! Un momento, ¿y Magdalena lo sabe?


—No, aún no he hablado con ella.


—¿No? Imagina cómo se va a poner cuando se lo cuente —dijo levantando sus brazos—. Y entonces tú podrías hacer eso de cambiar de color y tamaño.


—No será necesario.


—¿Por qué lo dices?


—Porque en un instante, ya no recordaras nada de esta conversación y yo volveré a ser solo tu mascota.


—¿Qué…? ¿Acaso me vas a borrar la memoria, como en Hombres de negro?


—Hemos tenido esta conversación al menos una vez al año —replicó Cleopatra—. Y debo reconocer que esta ha sido la mejor y más larga. Y te lo agradezco. Hasta dentro de un año.


El típico sonido de las llaves de Magdalena en la cerradura de la puerta del departamento sacó abruptamente a Roberto de su concentración. Estaba sentado frente a su computador y por un instante se sintió confundido al ver la cantidad de palabras que había escrito.


—Hola, ya llegué —dijo Magdalena en voz alta—. ¿Quién quiere comida china?


Roberto se aseguró de guardar los últimos cambios del texto, cerró el archivo y bajó la pantalla hasta dejarla en un ángulo de 45 grados; más tarde revisaría todo lo que tenía escrito.


—Disculpa la demora, pero como sospechaba, el local estaba lleno —comentó la joven, poniendo los platos y cubiertos en la mesa del comedor—. ¿Y pudiste avanzar en este rato?


—No lo creerías —contestó mientras le daba un beso—. No sé cómo, pero logré dar con el hilo conductor y ya tengo el cuento casi terminado.


—¿El de los viajeros del tiempo y la Atlántida? —dijo Magdalena, mientras le entregaba sus palillos.


—Sí, esa idea que te había comentado. Parece que solo necesitaba dejarla reposar un poco. De hecho, estoy pensando que podría servir hasta para una próxima novela.


Cleopatra maulló dos veces y saltó a la mesa, entre los platos de comida china.


—No, no, no. Nada de eso —dijo Magdalena—. Esta no es comida para ti.


—Vamos, tranquila —la interrumpió Roberto—. Cleopatra se va a portar muy bien, ¿verdad?


La gata le respondió con tres agudos maullidos.


—¿Viste? Si hasta parece que supiera que estamos hablando de ella.