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MITOLOGÍA


LA «COSA» VA DE CUERNOS

Por Jesús Callejo

Animales con dos cuernos hay muchos y la mayoría son rumiantes. Pero bichos con un único y prodigioso cuerno, que además formen parte de los mitos y la zoología fantástica, no hay tantos. Ya sabemos que el unicornio es sin duda el más famoso de toda esa fauna. Lo curioso es que la virtud y la fuerza radica casi siempre en el marfil de su cuerno, sobre todo para curar envenenamientos, de ahí que fuera codiciado y buscado por príncipes y reyes. De ahí que a muchos buscadores les dieran gato por liebre, es decir, diente de narval o cuerno de rinoceronte por asta de unicornio. En realidad, la mayoría de estas creencias suelen tener un origen común.
        A estas leyendas las encontramos tanto en el Atlántico como en el Pacífico. El Camahueto de la mitología chilota, con su aspecto de gigantesco elefante marino, posee un único cuerno dorado que crece en su frente. Se dice que la raspadura del cuerno tiene poderes curativos y rejuvenecedores, considerándose un valioso remedio contra la impotencia, el reumatismo y las infecciones cutáneas. Vamos, una panacea, un curalotodo, un talismán o la misma piedra filosofal. Lo malo es que encontrar un cuerno auténtico, certificado y garantizado por las autoridades pertinentes, no es cosa fácil. Y no es fácil porque no suelen existir en el mundo real.
        Aquí, en España, contamos con varios ejemplares, a cuál más raro, como el Oricuerno, descrito como un caballo blanco con patas de gamo y cola de león, con un cuerno largo y retorcido en medio de la frente y unas alitas encima de las pezuñas, más como adorno que por utilidad.

Y su gran especialidad es convertir a las mujeres en hombres. Una versión, recogida por el autor Aurelio M. Espinosa en el municipio de Cuenca en los años 20, nos cuenta que una hermosa joven mató al asesino de su novio y para huir de la justicia, se disfrazó y se hizo pasar por un hombre llamado Carlos. Se puso a trabajar en una casa de comercio y la hija del amo se enamoró de él (o de ella). Y la joven no tuvo más remedio que casarse para no levantar sospechas. La novia sabía del engaño, pero el padre recelaba de que no tuvieran descendencia:

        «Así estuvieron viviendo muchos años. Pero como no tenían familia, comenzaron todos a sospechar de que Carlos era mujer. Y dijo el padre:
        —Vamos a dar un banquete y ponemos sillas altas y sillas bajas, que si Carlos es mujer se sentará en una silla baja. Y fueron al banquete. Carlos llegó y se sentó en la silla más alta que había. Conque de eso no sacaron nad. Entonces dijo el padre:
        —Ahora vamos a cazar y luego a los baños, al río, que si Carlos es mujer no se ha de querer bañar. Salieron todos a la caza y después fueron a comer. Y después de comer dijo el padre a los caballeros:
        —Ahora a los baños, a bañarnos al río.
        Entonces dijo Carlos: “Espérenme un poco, que yo tengo que ir a hacer mi necesidad”.
        Conque se fue solo y se sentó en un canto, muy triste, cuando vio venir un bicho con unas astas muy largas. Este se acercó y le dijo que se desnudara. Y se desnudó, y el bicho, que era el Oricuerno, le hizo una cruz con el cuerno sobre el empeine y al momento la moza se volvió hombre. Y desapareció el Oricuerno, y Carlos volvió al río donde estaban los hombres y se desnudó y entró a bañarse, y todos vieron que era hombre».

        En la provincia de León, norte de España, nos encontramos con la tradición de un águila fantástica a la que llaman Alicornio los cronistas locales. Se trata de un águila bicéfala con garras de león y un cuerno sobre cada una de sus cabezas. David Gustavo López nos relata así la leyenda que recogió en el pueblo de Peñalba de Santiago:
        «Hace muchos años las aguas del río Caprada —situado al otro lado del valle del Silencio, en la vertiente del Cabrera— no se sabe por qué malefi¬cio, bajaban envenenadas y provocaban la muerte instantánea a toda persona o animal que de su corriente bebía. Solamente el Alicornio podía beber tranquilo, aun, es más, cuando este lo hacía sus poderes contra la ponzoña se propagaban aguas abajo, momento que aprovechaban los demás animales para aliviar su sed. Pero llegó el día en que el Alicornio murió y sus despojos fueron hallados en la cima del Picón. A verle subieron gentes de todos los pueblos, y cada uno que llegaba tomaba de él una reliquia. En Peñalba, en poder de la señora Marcelina, se conserva lo que se cree fue uno de los cuernecillos de sus cabezas».

        Este animal recuerda poderosamente a aquel otro que Plinio llamaba Tragopan, tan grande como un águila, que tenía cuernos encorvados en una cabezota roja.
        Y por último nos vamos a Extremadura para encontrarnos con una mezcla de caballo, jabalí y toro que tiene en el centro de la cabeza un gran cuerno con el extremo retorcido: el Escornau. Su cuerpo está lleno de escamas, mide unos tres metros de largo y debe su extraña forma a que fue engendrado por una yegua y un jabalí. Es muy violento y ataca, sin previo aviso, a pastores, agricultores y ganado, mostrando una especial saña contra las mujeres. En la ribera del río Palomero, en la Sierra de Santa Bárbara (Cáceres), vivía un Escornau temido en el pueblo vecino de Ahigal. Por más intentos que hicieron para matarlo no pudieron acabar con él, pues su piel era resistente a cualquier tipo de arma. Un día quiso lanzarse hacia un grupo de mujeres que llevaban un estandarte de la Virgen, para ensartarlas con su cuerno, y el Escornau se estampó contra una roca y murió en el acto. Desde entonces ese lugar se llama el «Canchu la sangri» (el peñasco de la sangre) donde quedó una mancha roja que nunca se ha podido borrar del todo. Al verlo muerto, los lugareños le cortaron el cuerno, al que atribuían propiedades curativas, y lo trasladaron a la ermita del Cristo de Ahigal, como si fuera una reliquia. En el siglo XIX, el obispo de la Diócesis de Coria-Cáceres no vio con buenos ojos la adoración de semejante asta, por muy milagrosa que fuera, y desapareció. Una vez más, lo profano no congenió con lo sagrado.

  • Revista Abril 2019

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