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CINE


MATAR A UN RUISEÑOR (TO KILL A MOCKINGBIRD)

Gervasio Navío Flores. Escúchalo en La Gran Evasión

Hacer lo correcto siempre es difícil. Nuestra vida gira en torno a ese tipo de situaciones complejas y a como reaccionamos ante ellas. Podemos elegir mirar para otro lado, seguir nuestro camino o «hacer lo indicado». Mi padre siempre hace lo correcto. Se llama Atticus Finch y es un humilde abogado de un pueblecito perdido en lo más profundo del alma americana, en Maycomb, Alabama. Por cierto, yo me llamo Jean Louise Finch, aunque todos me llaman Scout. Mi madre murió cuando yo era muy pequeña y apenas la recuerdo, aunque siento su calor cada vez que el frío me hace tiritar.
En el verano de 1935 yo tenía casi nueve años y descubrí de primera mano y en primera persona lo difícil que era hacer lo correcto. Mi hermano, Jem, y yo vivimos en una ventosa noche de otoño, en la víspera de Todos los Santos, el viaje de vuelta a casa más largo de nuestras vidas.
Yo iba disfrazada de jamón, volvíamos de una estúpida representación infantil y había olvidado mis zapatos en el teatro de la escuela. La maldad y el rencor humano nos atacaron aquella noche. También llevaban disfraz, en este caso el de un hombre envilecido por el alcohol y la ignorancia. Se llamaba Bob Ewell y casi le arranca el brazo a mi hermano, cuatro años mayor que yo. Pese a que Jem estaba todavía muy canijo igual forcejeó con el señor Ewell, pero no pudo detenerlo. Sin duda este señor habría cumplido con su propósito si un ángel de mirada limpia no hubiera aparecido, si un ruiseñor no hubiera entonado su canto más puro, el canto de salvaguardar la inocencia.

La historia que relata la estadounidense Harper Lee (1926-2016) en su novela Matar a un Ruiseñor (1960) es una de las más hermosas y conmovedoras de la literatura universal. Es un conjunto de páginas que ayudó a cambiar la mentalidad de un país, un libro que forma parte del sistema educativo americano desde su publicación y que proyecta valores de respeto y amor. También fue un grito de denuncia que señaló con el dedo la hipocresía y la moral pacata del país más grande del mundo, y el más mísero al tiempo. Todo esto en esa década rebelde, en la que la gente no solo soñó que podía cambiar las cosas, sino que pasó a los hechos, a las acciones. En esos años sesenta llenos de luz y oscuridad emergió esta novela; y un par de años más tarde, su grandiosa transmutación en imágenes, el filme Matar a un Ruiseñor (1962), dirigido por Robert Mulligan (1925-2008), una película que, en letras doradas, forma parte de la Historia del cine. El filme es una obra que desarrolla el corazón de la novela, que se centra en el juicio por violación a Tom Robinson, un habitante afrodescendiente del pueblo de Maycomb. El punto de vista es el de los inocentes ojos de tres niños que pasan el verano entre juegos y aventuras en un pueblo cerrado, estratificado, estancado en la memoria colectiva, donde el abolengo y la tradición marcan, incluso, las estaciones. El sur de los Estados Unidos: igual de hermoso, igual de emponzoñado.

La película es hija de la llamada «generación de la televisión», aquella camada de directores, productores y guionistas, como Sidney Lumet, John Frankenheimer, entre otros, que se formó trabajando en la pantalla chica. Alan J. Pakula la encabezaba como productor; lo seguía un director magnifico, Robert Mulligan; la adaptación del guion corrió a cargo de otro maestro, Horton Foote; la extraordinaria fotografía, que mezclaba pesadilla y aventura en blanco y negro, es de Russell Harlan; pero, sobre todo la película, y por ende el guion, descansan sobre los hombros de un actor portentoso, más que una figura, más que una voz, más que un rostro, más que un semblante bondadoso: Gregory Peck (1916-2003), que es y será para siempre Atticus Finch.

Este fue elegido el héroe americano de ficción por antonomasia, encarna los valores más puros y profundos, ningún padre resiste comparación con Atticus. Harper Lee, con la voz de Scout, lo describe en apenas unas líneas: «No hacía las mismas cosas que los padres de nuestros compañeros: jamás iba de caza, no jugaba al póquer, ni pescaba, ni bebía, ni fumaba. Se sentaba en la sala y leía».

Un hombre formidable y corriente que mantiene la calma, que explica con paciencia infinita cada duda que sus hijos le plantean, que lleva la cabeza erguida, que soporta el peso desmesurado que la sociedad le encomienda, que intenta evitar lo horrible de este mundo a sus hijos, pero que sabe que eso es imposible; un hombre que no juzga a las personas si antes no se ha calzado los zapatos de estas.

Una figura inalcanzable y a la vez cercana, porque todos los padres tienen algo de Atticus, todos los padres tienen amor y respeto, comprensión, juicio sincero, paciencia, tolerancia. El legado más rico y hermoso que se le puede dejar a un hijo es esa visión de la vida.

La obra es un clásico universal que abre en canal las instituciones sagradas, que cuestiona cómo educar a los hijos y evidencia los bochornosos prejuicios raciales. La sociedad norteamericana de los años treinta queda al descubierto, una sociedad que veía el ascenso de Hitler y sus atrocidades con espanto, mientras que en sus hogares ni se planteaban los derechos de los afroamericanos. Y en especial ataca el corazón del Poder Judicial de los EEUU, el sistema de jurados, que es capaz de condenar a un inocente porque la raíz de la ignominia llega a la profundidad, porque la palabra de una persona caucásica es incuestionable ante la de un afroamericano.



La película de Mulligan hoy emociona como el primer día, quizás más. Gozamos de la inocencia y la apertura al mundo de esos tres chiquillos: de Scout (Mary Badham), una niña que encarna ese viaje al mundo de los adultos, con descaro y una naturalidad asombrosa; de Jem (Phillip Alford), su valiente hermano; y de ese amigo, el impagable Dill (John Megna), el trasunto del Truman Capote ensoñador y palpitante que Harper Lee conoció en su infancia. La narración transcurre mientras vemos a estos niños jugando, inventando historias sobre monstruos que viven en la casa encantada de la esquina, que incluso se encuentran con algún que otro perro rabioso o que se pelean en la escuela cuando insultan a Atticus, aunque no entiendan bien el significado de esas palabras; la vida pasa entre historias de fantasmas y el miedo a lo desconocido. Hasta llegamos a ver, desde lejos, bañados por la mortecina luz de una calle desierta, un Frankenstein caminando con una pequeña de la mano. Ella lo acompaña a casa.
El golpe de realidad social que reciben estos niños, y nosotros con ellos, es abrupto y seco: la palabra de un caucásico contra la de un afroamericano no se cuestiona, aunque el primero sea escoria y las pruebas de inocencia del segundo sean irrefutables. Nunca llegamos a comprender cómo esos doce hombres pueden condenar a un inocente. Al igual que le sucede a Jem en el juicio, nuestra rabia se desata. Esta es otra de las cosas feas de la vida para las que no estamos preparados, y nunca estaremos, pero a las que hay que enfrentarse.
Matar a un ruiseñor es un destello de prístina luz con momentos extraordinarios. La escena de unos niños, a punto de dormirse, rememorando a su fallecida madre, es simplemente inolvidable. Scout apenas la recuerda y Jem describe, como hace casi cada noche, con mimo y detalle los rasgos de su madre. La cámara se retira para no mancillar ese momento de intimidad y retrocede hasta el porche, hasta un balancín ocupado por un hombre y una ausencia. Vemos el rostro de Atticus y sin un solo gesto, sin una sola mueca, el amor y la emoción de ese hombre por su esposa nos arrasa. Solo el cine es capaz de tanta verdad.
También asistimos a la derrota de una turba dispuesta a linchar a un afroamericano, una jauría que es vencida con el arma más simple: la inocencia de una niña que no ve el peligro, que saluda a su vecino, a quien le pone nombre y rostro. «Sr. Cunningham, buenas noches. ¿No se acuerda de mí? Soy Scout Finch, el verano pasado nos trajo unas nueces a casa. Yo estudio con su hijo Walter…»
Cuando el individuo, la persona, el hombre, se desgaja de la masa, carecen de sentido el odio y la rabia. Atticus no traiciona a sus hijos, no traiciona a Tom Robinson, no traiciona su propia conciencia. Para poder convivir con otras personas, primero hay que poder convivir con uno mismo. Esa parece ser su máxima.

Paseamos por ese pueblecito encantador en el sur profundo de la mano de Scout; vemos el crecimiento de Jem; escuchamos las disparatadas historias de Dill; observamos los cambios con los ojos de Calpurnia, la empleada de los Finch, y del reverendo Sykes; nos apoyamos en la honradez del sheriff Tate y del juez Taylor; comprendemos las vergonzantes lágrimas de Mayella Ewell; recibimos las mismas miradas de odio que Tom Robinson.
La obra de Harper Lee analiza las distintas formas de afrontar situaciones de ausencias infinitas, como la de la madre que falta y el hueco insondable que deja. Atticus es un ejemplo: intenta educar a sus hijos en libertad, con respeto, tolerancia y sabiduría. Por su parte, el señor Nathan Radley, padre de Boo (asombroso primer trabajo de Robert Duvall), oculta a su hijo de los ojos del mundo en una mansión encantada y el desgraciado señor Ewell deja a su hija Mayella, la supuesta víctima de Tom Robinson, a cargo de siete pequeños y los abandona en un vertedero. Aunque él tiene whisky y un cheque de la beneficencia en la mano, estos no son suficientes para apagar su llanto.
Como decía Freud: el niño es el padre del hombre. Aquí lo comprobamos a la perfección. Yo me reconcilio con la condición humana cada vez que veo Matar a un ruiseñor. Me llena de vida y mis tribulaciones se vuelven livianas. Cada vez que los afroamericanos del anfiteatro del juzgado se levantan en silencio para ver salir a un abogado que ha cumplido con su deber, yo también me pongo de pie, le guiño un ojo a Scout y le murmuro que se sienta orgullosa de su padre.
«Para los tribunales todos los hombres han nacido iguales…». Palabras vacías y manoseadas, que ya no nos hacen mella, pero que tras una tarde con Atticus, cobran fuerza y sentido. Miro a mi padre y me sonríe Atticus. Soy afortunado por el privilegio de poder cuidarlo. Sus ojos me dicen que a las personas no hay que juzgarlas, sino comprenderlas. «Preferiría que disparaseis contra botes vacíos en el patio trasero, pero sé que perseguiréis a los pájaros. Matad todos los arrendajos azules que queráis, si podéis darles, pero recordad que matar a un ruiseñor es pecado. Los ruiseñores solo se dedican a cantar para alegrarnos. No estropean los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar su corazón, cantando para nuestro deleite.»
¿Escucháis el canto del ruiseñor? Yo sí. Lo escucho mientras la melodía de Elmer Bernstein se mece sobre los tesoros que encontré en el hueco de un viejo árbol: un reloj con cadena averiado; dos figuritas de jabón tallado por un par de niños; dos monedas de cabeza de indio, de las que traen suerte; una vieja medalla olvidada; un imperdible; un dedal de costura...

  • Revista Mayo 2019

    Cine de culto

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