Nuestra hora favorita
Home » Cuentos  »  Nuestra hora favorita
Nuestra hora favorita
Por Cristina Mars

Como todos los días, desde que vivíamos juntos, con Agustín nos sentamos frente al ventanal al atardecer en nuestro sofá preferido, para ver el sol caer en la hora crepuscular, que era nuestra favorita. Nos encantaba ver el cielo anaranjado oscurecerse de a poco, hasta que la claridad se iba desvaneciendo, dando permiso a las estrellas para aparecerse en el lienzo oscuro de la noche.

Vivíamos en un edificio en el centro de la cuidad, en el piso diecisiete, y no teníamos ninguna construcción tan alta al frente, así que podíamos observar la maravillosa puesta en escena durante todo el año.

—¿Cómo estuvo tu día? —le pregunté a Agustín mientras me sentaba entre los mullidos cojines.

—Ajetreado —respondió mientras se echaba para atrás en el sofá para acomodarse junto a mí.

—Así parece, tienes el pelo todo desordenado —le dije sonriendo mientras tomaba mi té de rigor a esa hora.

—¿Sabes? Estuve pensando en algo. Me puse a recordar y saqué la cuenta de que este mes cumplimos diez años juntos —dijo pensativo Agustín mirando el arrebol evaporarse lentamente.

—Sí, cariño, yo también me estuve acordando, ¿no es maravilloso? Podríamos celebrar, ¿te tinca?

—¡Claro que sí! Sabes que me encanta que hagamos cosas diferentes de vez en cuando. Hay que salirse de la rutina alguna vez —respondió guiñándome un ojo.

—¡Excelente! —dije con entusiasmo mientras dejaba la taza en la mesita lateral.

—. Mañana mismo voy al súper a comprar algunas cositas para comer que sé que te gustan, quiero regalonearte mucho en esta ocasión tan especial.

Nuestro departamento era más o menos antiguo, de unos veinte años aproximadamente, así que era bien amplio, no como los modernos, que con suerte tenían cincuenta metros cuadrados donde debía encajar todo lo esencial que se necesita para vivir. Tenía un living comedor con grandes ventanales que daban a una terraza bastante espaciosa, donde teníamos muchas plantas y pequeños arbustos porque nos gustaba estar rodeados de verde. Ahí habíamos puesto una mesita con cuatro sillas, la que disfrutábamos gran parte del verano, incluso, algunos años nos daba por estar afuera hasta bien entrado el otoño, si es que el clima lo permitía. No nos gustaban los muebles ostentosos ni la decoración ultramoderna, por lo que el interior lucía sencillo, pero con estilo. En las paredes, varios cuadros de estilo clásico y también más moderno se intercalaban para lograr un ambiente grato y acogedor como el que siempre habíamos querido.

—Soledad, ¿te acuerdas de la primera vez que nos vimos? —me preguntó Agustín mientras dejaba el sofá para salir a la terraza.

—Claro que sí, ¿cómo podría olvidarlo si fue uno de los días más especiales de mi vida?

No pude dejar de emocionarme al recordar la primera vez que lo tuve frente a mí. Sus ojos color miel me cautivaron de inmediato. Todo en él me decía lo maravilloso que sería conocerlo. Sus movimientos cautelosos me llamaron la atención y su caminar mirando hacia lo alto, elegante y con actitud, hicieron que mi curiosidad creciera.

—Me da risa pensar ahora que ese día prácticamente no te puse atención. Solo te miré con indiferencia y seguí caminando para conocer a otras personas que estaban allí, en la cafetería de nuestro amigo Jonah. Pero tú me seguiste por mucho tiempo con la mirada hasta que accedí a acercarme para conocerte.

—Ja, ja, ja, no olvidaré nunca tu inicial indiferencia —le respondí mientras le tiraba un beso en el aire y me levantaba del sofá para ir a la terraza también.

Agustín recorrió el balcón mirando fijamente cada planta. Había momentos en los que se abstraía en sus pensamientos. Yo respetaba su individualidad dejándolo tranquilo por un rato. Me senté en una de las sillas con los pies arriba y las rodillas flectadas, abrazándome las piernas, mientras me adentraba en la inmensidad del crepúsculo. Luego de un tiempo, el que no pude precisar, él se acomodó en la silla que estaba junto a mí para contemplar lo que iba quedando del color naranjo en el cielo de esa tarde.

—Te quiero —le dije al tiempo que acariciaba su cabeza—. ¿Lo sabías?

—Sí, claro que lo sé —contestó mirando al horizonte que se hacía cada vez más oscuro, mientras comenzaban a aparecer las primeras estrellas.

—Voy a la cocina, ¿quieres algo?

—No, querida, esperaré hasta la cena para comer alguna cosa. Hoy comí un par de bocados de más a la hora de almuerzo, así que no tengo hambre todavía.

—Te voy a tener que poner a dieta —le dije riendo mientras entraba y me dirigía hacia la cocina para sacar una bolsita de almendras.

Al volver, Agustín ya no estaba en la terraza. Había entrado al living y miraba atentamente uno de los tantos cuadros con imágenes de gatos que había en la pared. Ese cuadro era la representación abstracta de un gato ginger, un gato colorín. Ojos grandes, casi humanos. Los bigotes eran más largos de lo normal para un gato cualquiera, pero en ese cuadro se merecían tal dimensión. La nariz era un triángulo de color rosa pálido y la boca sostenía una sonrisa digna de la Mona Lisa. Como ya dije, era una figura abstracta, pero para mí tenía una belleza inigualable porque todos los rasgos que puso el pintor en el lienzo, lo hacían parecer casi humano.

—Ese cuadro lo trajo mi mamá cuando recién nos estábamos cambiando, ¿te acuerdas? —le dije mientras me acercaba a él y sacaba una almendra de la bolsita.

—Sí, recuerdo. Tú mamá no me quería mucho en ese tiempo —dijo con un dejo de desprecio mirándome de reojo.

—Ay, Agustín, por Dios, no era que no te quisiera, era solo que no te conocía. Además, ella siempre me dijo que no confiara en los pelirrojos —le respondí tentada de la risa.

—Bahh, ella no sabe lo que es bueno —agregó con una coqueta mirada mientras se daba media vuelta y se dirigía a la cocina.

—¿No era que no tenías hambre? —le pregunté pensando en que iba a buscar algo para comer.

—No voy a comer, Soledad, tomaré agua. No todo en la vida es comida —respondió desde la cocina en un tono que no supe interpretar del todo.

Volví a la terraza y me senté nuevamente mirando hacia el cielo, disfrutando de la suave brisa que corría. Agustín demoró un poco más en volver y se sentó a mi lado para contemplar la noche desde lo alto del piso diecisiete. Nos quedamos en silencio. A veces no hacía falta decir nada, solo disfrutar de la compañía del otro, de estar cerca y saber que el cariño también se demostraba sin palabras.

De pronto se escuchó una llave en la cerradura. La puerta de entrada se abrió y pude sentir olor a flores en el aire.

—Hola, amor, llegué. ¿Estás afuera?

—Sí, cariño, voy al tiro —respondí sin dejar de mirar las estrellas.

Me levanté de la silla y acaricié la cabeza de Agustín. Luego seguí por su espalda hasta llegar a la cola. Me arrodillé para quedar frente a sus hermosos ojos color miel y dándole un beso en su naricita rosa, le dije:

—Te quiero, mi gatito colorín.