Otra Ronda (Elegías de vida y amistad)
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Otra Ronda (Elegías de vida y amistad)
Por Gervi Navio. Escúchalo en La gran evasión

Creo que necesito un trago.
Casi todos lo necesitan, solo que no lo saben.

Charles Bukowski


En esta noche oscura que envuelve al mundo necesitamos, hoy más que nunca, un fogonazo de luz concentrada en un vaso de licor (Druk, en español: Otra Ronda, dirigida por Thomas Vinterberg, 2020).


Esta obra danesa es un coctel de absenta que te deja fuera de combate. Acaba la historia y el espectador se queda, nos quedamos, hundidos en el asiento, sin saber muy bien si hemos asistido a una apología del alcohol, o a un golpe directo al corazón de nuestro modus vivendi, al lubricante social que engrasa nuestras abstrusas vidas, dejando al descubierto todas nuestras carencias.

 

La premisa de partida es muy interesante: cuatro profesores de instituto en la Dinamarca actual, cuatro tipos de mediana edad y buena posición social, en un momento vital complicado.

 

Un profesor de Historia, Martin (Mads Mikkelsen), transitando por un matrimonio que ha caído en la rutina, con desfases horarios e hijos adolescentes, apenas intercambia unas pocas palabras con su mujer, Anika. En clase es distante, tiene fama de duro y exigente, sus alumnos se quejan, les baja la media con los aprobados raspados de Martin y no podrán optar a las carreras universitarias que desean cursar.

 

El profesor de Gimnasia se llama Tommy (Thomas Bo Larsen), viene de un fracaso sentimental, la vida lo ha arrinconado. Es el amigo de juventud de Martin, pasa los días entre aburridas clases y alguna que otra cerveza, solo lo calma el refugio del mar, su barco, su soledad compartida. Su vida se limita a cuidar a su viejo compañero canino, Laban; está muy viejo, ya no puede ni salir al jardín, hay que ayudarlo a mear. Cuidar al que te ha cuidado y acompañado por esta tortuosa senda no es una carga, debería considerarse todo un privilegio.

 

El de Música es Peter (Lars Ranthe), otro solitario empedernido, un solterón, el más sensible, el más introvertido. Sus clases también están muertas, interpretar el himno danés entre adolescentes desganados es todo un suplicio.

 

Y finalmente tenemos a Nikolaj (Magnus Millang), el profesor de Psicología, con un matrimonio en apariencia perfecto, pero sometido a la tiranía de lidiar con niños pequeños y los recados de su esposa; incontinencias urinarias, pañales, fiebres y su juventud que se diluye, como la niebla cuando recibe la visita de la hija de la mañana, la Aurora, de tibios dedos.

Todos aprisionados en el hábito, se supone que están en la institución más importante, la más influyente, la educación, la más sagrada, la enseñanza. Pero algo se ha desvirtuado en el proceso, las expectativas soñadas no se están cumpliendo. Su labor es testimonial, ven pasar generaciones de jóvenes, que encauzan su vida futura sumergidos en fiestas de primavera y excesos fermentados; agua que se escurre entre los dedos.

 

Una cena cualquiera para celebrar un cumpleaños cualquiera y en la euforia etílica protocolaria, alguien comenta una peregrina teoría de un noruego, Finn Skårderud. Este argumenta que nacemos con un déficit de alcohol en sangre del 0,05 %, y que manteniendo ese nivel de forma constante, se supone que nuestra capacidad intelectual y emocional se verá aumentada. Obtendremos, así, la mejor versión de nosotros mismos.

 

Optimizando los beneficios de los primeros efectos del alcohol, el cerebro se suelta y parece que puedes expresar mejor tus ideas, con pasión y elocuencia, la música y la danza entran por los poros, transformándonos. Pero todo tiene un precio, bien lo sabemos.

 

Según Homero, la mente de los sensatos es flexible. Martin toma la iniciativa y después de esa noche de celebración alocada, adquiere conciencia de lo perdido que está y de la negra deriva que lleva su vida. Inicia el experimento y el resultado es positivo, los demás se apuntan sin dudarlo. En las cátedras se vierte el vino que ha de honrar estas hecatombes a los dioses, a la amistad más pura y sencilla, el alcohol fluye por sus venas y todo cobra sentido, absolutamente todo.

 

En la travesía, Vinterberg no esconde nada, no ahorra risas ni lágrimas. Repasamos junto a Martin la presencia del alcohol en los próceres más relevantes del siglo XX, desde Churchill a Hemingway, pasando por el rostro impenetrable de Leonidas Brézhnev, los excesos de Boris Yeltsin, Sarkozy o el infame Boris Johnson.

 

Es divertida y a la vez profunda esta obra de Vinterberg, licor puro que, conforme sube por el alambique, se convierte en la celebración de la vida, un destilado de pasión, camaradería y cine a partes iguales.

 

Cuatro días antes de comenzar el rodaje, un conductor distraído con su teléfono móvil chocó contra la ex mujer del director, Maria Walbom, mientras llevaba a su hija a París, arrebatando la vida a Ida, de diecinueve años. Otra Ronda se mezcla con este golpe mortal; su virtud es no juzgar, solo exponer.

 

Hay relaciones muy poderosas, como la de Peter y el joven estudiante sobrepasado por la ansiedad, Sebastian; o la de Martin y su hijo mayor. Yo me quedo con la relación entre Tommy y su perro, entre el profesor de gimnasia viajando al fin de la noche y Laban. Sí, ellos son unas de las víctimas de esta historia, un accidente de borracho o una lúcida y reflexiva decisión; os toca a vosotros averiguarlo.

 

Acompañamos el deambular (errático o decidido) de estos cuatro amigos, y por el camino reflexionaremos sobre por qué y cómo bebemos: el alcohol ingerido salvajemente por los jóvenes en un contexto social, los excesos de los adultos, totalmente permitidos en los momentos y lugares establecidos, pero reprobables si se salen de las normas de etiqueta.

 

¿Beber por los demás o por nosotros mismos, de forma consciente y solitaria, pasar por la vida o vivirla?

 

Más y más cuestiones que se agolpan con cada sorbo de Otra Ronda, aunque yo sigo volviendo a Laban y a Tommy, a su relación, que va más allá de lo que las malditas palabras pueden expresar. Me sigo quedando con Martin, Mads Mikkelsen se marca una actuación simplemente extraordinaria, con un baile catártico final, de los que hacen historia, al ritmo de la melodía vivificadora de Scarlet Pleasure «What A Life».

 

Habrá que quedarse con esta vida, salvaje y hermosa.

 

Como dijo una sabia caricatura amarilla de cuatro dedos: «El alcohol: causa y solución de todos nuestros problemas».