Pig
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Pig
Por el Reverendo Wilson

La carrera de Nicolas Cage (1964) es una de las más estrafalarias de todas aquellas que hoy se vislumbran entre los glamurosos recovecos de Hollywood. Se introdujo en la industria con un beneplácito incuestionable al pertenecer al mismo linaje que Francis Ford Coppola, que en aquellos años ochenta ya era toda una figura simbólica e inherente para el séptimo arte. Si bien en sus primeros pasos en la interpretación forjó unos inicios erráticos, con vaivenes milimetrados que bascularon especialmente hacia la comedia, sería el decenio de los noventa el que finalmente situó a Nicolas Cage en el mapa del cine norteamericano. Desde su icónico Sailor Ripley de Wild at Heart (David Lynch, 1990), hasta su Oscar por la celebérrima Leaving Las Vegas (Mike Figgis, 1995), se edificaron unas bases que luego quedarían postergadas a partir del mencionado galardón. Es en ese momento, situación compartida con otros actores oscarizados, en el que su filmografía sufre un terremoto que le llevó a ser un action hero para mayor gloria de productores como Jerry Bruckheimer y similares, con unos años posteriores en los que probó suerte, con mayor o menor fortuna, en todo tipo de géneros y vertientes cinematográficas. En los tiempos actuales, Nicolas Cage está a punto de protagonizar, en el momento que estas líneas se escriben, un film en el que se interpreta a sí mismo. Prueba irrefutable de lo que hoy representa a Cage como un adalid de la cultura del meme, además icono del fandom más irreverente, dramatizado ahora en poco menos que una parodia de sí mismo.


De entre sus últimos proyectos —con cintas como Mandy (Panos Cosmatos, 2018), que le ha dado su porción de estrellato en el cine de culto fantástico—, destaca una obra llamada Pig, dirigida el pasado 2021 por Michael Sarnoski. En ella, alejándose en cierta medida de ese tropo de personaje estrafalario visto en sus películas más populares, Cage interpreta a un ermitaño de Oregon con muy pocas conexiones con ese mundo exterior tan alejado de los terrenos rurales donde habita. Un personaje decadente y reservado que vive una especie de condena perpetua por hechos del pasado; un modus operandi vital y monótono en el que solo su cerda trufera, por la cual siente una absoluta devoción, le propone algo de luz en una psique interna repleta de tinieblas. Pero, un día, la desgracia se ceba con Rob, nuestro protagonista; su mejor amiga ha sido robada. Se propone entonces un fin esencial como es el de recuperarla, al precio que fuese, trazando un plan de venganza para quien ha osado interrumpir de manera tan brusca su relación con el mundo animal.

 

Al igual que la ahora exitosa saga John Wick, Pig es un film que utiliza un trasfondo animalista para componer su estética de thriller de venganza con cierto ahínco intimista; si bien escapa a la parafernalia habitual de este tipo de películas, apostando más por una construcción por capas de su personaje, la cinta de Sarnoski escapa del componente superficial para abordar peliagudas temáticas como la pérdida y su consecuente duelo, con una historia de venganza como telón de fondo y con la que se alcanza, en sus lides puramente cinematográficas —el tono dramático utilizado resulta encomiable— una composición trágica y desesperanzadora. Por extraño que parezca, más allá de la personalidad autoral que ha proyectado el cineasta escapando a las ramas más frívolas de este tipo de historias, uno de los principales baluartes de Pig es la propia interpretación de Cage; un Rob apesadumbrado que vive en su conexión animal con su cerda la única rama lumínica en un mundo interior repleto de sombras. El intérprete capta con oficio la tonalidad de la película y explora las diferentes capas de su personaje, bajo las que se abordan coyunturas como la redención y el perdón.

 

Y ya que la comparación es a estos efectos inevitables, Pig juega en su trasfondo en unas líneas muy similares a las ya utilizadas en John Wick. La devoción que siente aquí Rob hacia su cerda, como un concepto equiparado hacia unas estrategias de ficción que se sienten realistas y complejas, es donde el cine se utiliza para lanzar un mensaje entusiasta y emotivo hacia la conexión emocional que bien se pudiera sentir hacia la especie animal; un detonador por el que recorrer los vestigios más habituales de un género aquí encaminado hacia una historia de toques noir acerca de la venganza y todas sus morales consecuencias. Una manera, como ocurre especialmente en la primera cinta de la famosa saga protagonizada por Keanu Reeves, de normalizar el trato animalista, dando prueba de su validez a la hora de asentar una serie de conceptos con los que trabajar una película bajo innegables herramientas cinematográficas.